Red Voltaire
Arabia Saudí-Estados Unidos

El diablo y el agua santa

¿Hasta cuándo seguirán las relaciones peligrosas entre Arabia Saudí y Estados Unidos? La invasión a Irak y el golpe en Venezuela servían para disminuir la importancia de la monarquía wahabita en el ajedrez político energético mundial.

| Caracas (Venezuela)
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Bárbaro Rivas, (El Pasmo y el Cristo de las Aguas) fragmento, 1963

A pesar de los dos fracasos, la alianza entre quien financia el terrorismo y quien afirma combatirlo está oficialmente en crisis. Hasta John Kerry tartamudea que unos cambios serían necesarios. Las últimas noticias son dos. De un lado está el candidato del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos, John Kerry. Éste ventila que, si llegara a la Casa Blanca, modificaría sustancialmente las relaciones entre su país y Arabia Saudí.

Es un argumento de campaña, más que nada por cabalgar en parte las acusaciones que el director de cine Michael Moore hace contra la familia Bush en su película Fahrenheit 9/11. En términos de análisis político, nada indica que la presidencia de Kerry representaría una profunda novedad en temas de relaciones saudí-estadounidenses. Sin embargo, mucho más notable es cómo catalogó el Departamento de Estado -es decir el gobierno del candidato del Partido Republicano, George W. Bush-, a Arabia Saudí en el informe anual sobre la libertad religiosa en el mundo. Según el informe, hay hoy en día apenas dos países en el mundo donde esta libertad no está garantizada: Corea del Norte y Arabia Saudí.

Es una señal importante, por ahora, de que la línea divisoria del llamado "islam moderado", el islam amigo, está en riesgo. Más que nada porque cada día aparece más clara la desconfianza de Estados Unidos hacia el reinado saudí en la lucha contra el terrorismo. Este reinado es hoy tan frágil en su interior por la fuerza de un fundamentalismo que el propio gobierno ha alimentado en las últimas décadas y que ha llegado a involucrar miembros de la misma familia real. Si Estados Unidos desconfía ahora es también porque materialmente el juego iraquí ha vuelto a barajar sus cartas reabriendo todas las partidas.

En la primera guerra del Golfo la mayoría chíita iraquí -considerada apóstata desde el punto de vista doctrinario por los wahabitas- sufrió terriblemente su supuesta cercanía al Irán komeinista y vio prevalecer la opción de la continuidad sunita -en aquel momento encarnada por Saddam Hussein- en el gobierno en Bagdad. Todo ha cambiado ahora, y la crisis de la relación con Arabia Saudí es otra cara de la guerra iraquí, tanto como el hecho de que los sunitas, que siempre gobernaron Irak, ahora están entre la espada y la pared. Algunos comentarios hablan de guerra de Estados Unidos contra los sunitas.

Son probablemente exagerados, pero lo cierto es que el único hombre al cual Estados Unidos está lanzando señales realmente positivas -y atacar a Ryad es música- está en Najaf y es el ayatolá chiita Al Sistani. Éste supo hasta ahora contener las intemperancias juveniles de Moqtada al Sadr e impedir que Irak se precipitara en una guerra general, algo muy apreciado por George W Bush que intenta, a pocos días de su probable reelección, mostrar los aspectos menos negativos del desastre iraquí.

Relaciones carnales

Reconocer que en Arabia Saudí no hay libertad religiosa es un bofetazo pesado, considerando que es un país al cual Estados Unidos en los últimos 60 años concedió todo como a nadie desde que, el 14 de febrero de 1945, un general estadounidense acogió "de rodillas" al fundador del reino saudí Abdulaziz Ibn Saud, a bordo del crucero de combate Quincey, para el histórico encuentro con Franklin Delano Roosevelt. Desde aquel día -en nombre del petróleo- Estados Unidos cerró los ojos sobre todos los crímenes que en aquel reino se cometían.

Así, durante décadas Washington fingió no ver el totalitarismo ideológico wahabita y el uso indiscriminado de la tortura, la pena de muerte, las mutilaciones, los horrores de las lapidaciones y del doble juego con el cual el reino jugaba con la potencia occidental que garantizaba estabilidad y riqueza, al tiempo que representaba el símbolo mismo del infiel para una de las clases dirigentes más oscurantistas del mundo. Tampoco Estados Unidos vio o no fue capaz de ver que en las madrazas -las escuelas coránicas- el clero más reaccionario del mundo estaba educando a una generación de fanáticos.

Cuando en 1979 la Unión Soviética se metió en el pantano afgano, fue la alianza con Estados Unidos la que armó a los muyaidín entre los cuales estaba un joven saudí hoy mundialmente conocido como Osama bin Laden. Y cuando el gobierno francés mal aconsejó a los militares de Argelia que dieron un golpe de Estado contra la victoria electoral de los islamistas moderados del FIS, fueron otra vez Estados Unidos y Arabia Saudí los que respaldaron a los terroristas. Éstos llevaron adelante una guerra civil que costó 200 mil muertos y horrores innombrables en un conflicto que, siguiendo el conocido modelo de la recién terminada Guerra Fría, era en realidad una guerra por interpósita persona entre Estados Unidos y Francia, que competían por las enormes reservas de gas natural en el país del Magreb.

Mientras la población argelina vivía en el terror de las carnicerías, resultaba imposible decir quién estaba usando a quién. Lo cierto fue que el wahabismo y su sucursal paquistaní estaban ganando posiciones en todos los frentes, desde Bosnia a Chechenia, hasta por supuesto el Afganistán talibán. ¿Hasta cuándo el Departamento de Estado siguió pensando en Pakistán, Arabia, el mismo Irak baathista como peones de su política?

En la primera Guerra del Golfo los sauditas y los otros emiratos petroleros del Golfo, temiendo a Saddam Hussein, abrieron sus puertas al infiel beneficiándose de la virtual desaparición iraquí del mercado petrolero. Bases militares, flujos de dinero, hacían irreversible la presencia de occidentales en la península arábiga. Ni siquiera el 11 de setiembre abrió plenamente los ojos a Estados Unidos. O no los podía abrir. Demasiados intereses económicos y estratégicos impidieron leer claramente que detrás de las Torres Gemelas estaba antes que nada Arabia Saudí y mucho menos el medieval gobierno talibán del mulá Omar que Estados Unidos respaldaba junto al dictador paquistaní Pervez Musharraf. Tantas contradicciones no podían no salir a la luz. Tarde, ya que el yihadismo es hoy una realidad capaz de golpear desde Bali hasta Marrakesh, como también lo demuestra la persecución al cristianismo que el wahabismo ha proclamado en todos los países islámicos.

Fragilidad

Los príncipes saudíes, blanco indirecto de la guerra a Irak, hasta ahora se han salvado haciéndose indispensables, bombeando petróleo como nunca. Al fin y al cabo, detenidas las mayores reservas mundiales, son los únicos que pueden realmente controlar el precio del crudo. La monarquía vende ahora el cuento de que Estados Unidos, fuertemente implantado en territorio iraquí, desmantelará sus bases en Arabia Saudí, liberando el territorio del infiel. Ninguno de estos asuntos es cierto. La guerra va mal.

Ni Estados Unidos está seguro de sus posiciones en Irak, ni es seguro que desmantelarán sus bases en el Golfo, ni es segura la monarquía wahabita, más bien es cada vez más frágil, dividida entre su extremismo dogmático, su realismo económico y el incendio desatado en la región por la guerra. Al Qaeda, hija y fruto de la política saudí y de la vista gorda de Estados Unidos hasta el 11 de setiembre, está lejos de ser derrotada. Por ahora ni Estados Unidos ni la monarquía saudí pueden renunciar el uno al otro. Si es cierto que el Irak inestable de hoy en día impide que se ensanche el quiebre, las cosas se pusieron en movimiento y después de 60 años el binomio Estados Unidos-Arabia Saudí ya no es inquebrantable.

Gennaro Carotenuto

Periodista Italiano. Analista Internacional

 
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