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Bush II: sin herederos?
"...nadie puede ser presidente de Estados Unidos más de dos veces en una vida. La reencarnación es otro tema."

Andrew Johnson, vicepresidente de Abraham Lincoln a quien sucedió cuando aquel fue asesinado, no sólo no fue incondicional a su legado, sino que revocó sus políticas. Auspició el renacer de la oligarquía sureña, permitió que se privara a los negros del derecho a voto, devolvió tierras que se habían otorgado a los esclavos, vetó leyes de derechos civiles, llegando a provocar la adopción de la Decimocuarta Enmienda a la Constitución, que prohíbe la limitación de los derechos de los ciudadanos por su raza. Fue juzgado por el Senado, que lo absolvió por un voto.

Tampoco hubo continuidad entre Franklin Delano Roosevelt, el más reputado estadista estadounidense y Harry Truman, un personaje mediocre y provinciano, compartimentado, al punto de que no conocía una palabra del proyecto Manhattan para producir la bomba atómica, no había visto personalmente a Stalin ni negociado con Churchill.

Es dudoso que Roosevelt hubiera comprometido el enorme prestigio que él y los Estados Unidos habían alcanzado durante la guerra con una acción tan discutible como el bombardeo atómico a dos inermes ciudades japonesas. Truman además, modificó radicalmente el estilo de relacionarse con la Unión Soviética, acogió la Guerra Fría y, por primera vez, involucró a Estados Unidos en un conflicto local que se convirtió en una guerra grande: Corea.

Lyndon Johnson vicepresidente de JFK y su sustituto tras el magnicidio de Dallas, se parece a aquel lo mismo que el huevo a la castaña y aunque dio continuidad a la política a favor de los derechos civiles, se enredó en Vietnam, fue confrontado por la opinión pública y no tuvo madera para sostener el estilo populista de Kennedy.

Para concretar su proyecto global, en cuatro años, Estados Unidos deberá resolver el problema de Irak, complicado no sólo por la mal calculada resistencia iraquí, sino porque entre Sadam Hussein y los Bush, destruyeron las bases de una sociedad islámica tradicional, que si bien no será una democracia del tipo occidental, tampoco podrá ser gobernado al estilo de Arabia Saudita, Jordania o los Emiratos Árabes.

En la perspectiva estratégica, además de atender a esa situación, Bush deberá asumir los costos por haber alarmado a los Ayatolas de Irán, mucho más hostiles de lo que nunca fue Sadam, además de lidiar con Siria y maniobrar frente a Arabia Saudita, ponente de un distanciamiento de Washington que pudiera transformarse en hostilidad.

Punto y aparte será la evolución del conflicto entre Israel y Palestina, cuya solución pasa por la difícil tarea de moderar a Israel, sin ofender al poderoso lobby judío.

A la dudosa hipótesis de que en el brevísimo período de unos años, en el Medio Oriente y Asia Central reinará un ambiente político propicio para el funcionamiento del modelo hegemónico norteamericano, deberá sumarse el cometido de impedir que Rusia recree el control que antes ejerció la Unión Soviética, como intenta hacer en Ucrania.

Las angustias de Bush no terminan con los “estados villanos” y potenciales competidores, sino que están presentes también entre los aliados, algunos de los cuales, ya han tomado distancia y a la menor oportunidad convertirán sus diferencias en beligerancia.

Si bien Alemania y Francia son dudosas como aliados, resultan muy convincentes como adversarios, entre otras cosas porque su tradicional nacionalismo fertiliza las posiciones antinorteamericanas. A todo ello agréguese que China va dejando de ser un enigma para convertirse en un desafío formidable.

Por añadidura, en la medida en que intenta resolver los grandes problemas internacionales, la administración deberá mirar hacía adentro. Es en el interior donde radica el verdadero poder de los Estados Unidos y donde, no los estrategas y los grandes políticos, sino la gente de a pie, con el acto simple de votar, pueden cambiar las prioridades.

Aunque la población y las instituciones norteamericanas, prensa, congreso y sistema judicial incluidos, son parte del proceso de construcción de la hegemonía, con cuya aprobación a las políticas imperiales en el extranjero se cuenta, es probable que no estén dispuestas a ceder las enormes conquistas democráticas que hicieron libérrimos a los ciudadanos y la prensa de los Estados Unidos.

Una cosa es que la derecha fundamentalista asuma que los estadounidenses tienen demasiadas libertades y que ha llegado la hora de poner coto a los excesos que alimentan el liberalismo y otra muy distinta es, que los norteamericanos estén dispuestos a someterse a reglas de convivencia antediluvianas.

Es posible que, en su euforia por haber alcanzado el capital político que proporciona la mayoría, Bush olvide que en Estados Unidos también cuentan las minorías. Probablemente a muchos de los que votaron por él les ocurra la paradoja de aquel que dijo: “Estoy en desacuerdo con sus opiniones, pero daría mi vida por defender su derecho a expresarlas“.

Ninguna reflexión de largo aliento puede obviar la economía por el simple hecho de que las guerras y las políticas se hacen con dinero, que es preciso ganar del único modo posible: produciendo y vendiendo en un Mundo cada vez más competitivo.

La fortaleza norteamericana radica en la originalidad de un modelo que combinó un vasto mercado interno capaz de absorber los resultados de su propia producción, con la capacidad de exportar más capitales que manufacturas a un mundo necesitado de ambas cosas, situación que tiende a modificarse.

De hecho, nadie puede asegurar que los "Tratados de libre comercio" no se convertirán en un bumerang.

Los bienes de consumo fabricados en Asia y América Latina comienzan a ser tan buenos como los producidos en los Estados Unidos y Europa y en la medida en que esas economías sean tan eficientes como la norteamericana, serán también competitivos.

Las elites asiáticas, latinoamericanas e incluso africanas, también se gradúan en Harvard, Yale, Oxford, y Cambridge y el nacionalismo brasileño, argentino, mexicano o chino, no se alimenta de la inconformidad de los círculos anarquistas o de los proletarios convocados por Carlos Marx, sino de las vanguardias ilustradas formadas por las clases altas. El talento como el arte no tienen patria, pero los artistas si.

No se trata sólo de que la administración Bush esté contra las cuerdas, sino de que su estrategia, profundamente comprometida parece inviable, entre otras cosas, porque carece de tiempo.

Puede que los milagros existan, mas no forman parte de la política y el poder tiene límites, uno de ellos es que nadie puede ser presidente de Estados Unidos más de dos veces en una vida. La reencarnación es otro tema.

No existe ninguna razón para pensar que el sustituto de Bush, republicano o demócrata, acceda a convertirse en su heredero político.