Por Mariano Cereijo Gelo La luz de emergencia de los grupos ecologistas se ha encendido. El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, pretende aprobar un Real Decreto, que tolerará y legalizará la contaminación genética en nuestros cultivos y alimentos. El gobierno socialista imita los pasos del popular, al relanzar la colonización transgénica, en detrimento de la soberanía y seguridad alimenticia de la ciudadanía española.

Los transgénicos: un claro ejemplo de irresponsabilidad corporativa y gubernamental

Las transnacionales biotecnológicas apostaron fuerte. Sus cultivos transgénicos iban a ser lo mejor de lo mejor. Lo nunca visto. Producciones más grandes, cantidades menores de agroquímicos y alimentos más sanos y nutritivos, que se acabarían traduciendo en una mejora progresiva de la situación económica y social de millones de pobres en el mundo. Evidentemente, esta innovadora revolución verde no conllevaría impactos negativos en las personas y el medio.

Este nuevo avance tecnológico era perfecto. Nunca se aceptó el término medio, ni tan siquiera un ápice de duda. En el espectro corporativo, el paraíso narrado en el Génesis, estaba compuesto por animales y plantas transgénicas.

Pero los años han pasado y no en vano. Científicos independientes y sociedad civil de todo el mundo, agrupada en organizaciones de diversa índole, han venido denunciando el derrumbamiento de las profecías corporativas, acerca de las bienaventuranzas de los transgénicos. Hoy en día, existen numerosos documentos que discrepan clara y contundentemente. Se han documentado cosechas transgénicas que rindieron menos que las convencionales, así como cultivos transgénicos que precisaron más agroquímicos. El peculiar formato de propiedad privada de las semillas transgénicas, las alejan de cualquier conato solidario. Se ha constatado la contaminación genética en varios puntos del planeta, y existen fuertes dudas acerca de la seguridad de los transgénicos en las personas. Las dudas no se transforman en afirmaciones, por la inexistencia de estudios serios, rigurosos e independientes.

Y es aquí donde radica la mayor irresponsabilidad del gobierno socialista, al permitir el avance de los transgénicos sin la existencia de pruebas contundentes de su inocuidad, mientras hacen caso omiso a los numerosos estudios que advierten de los riesgos . Al igual que las corporaciones, el gobierno no da lugar a una posibilidad intermedia, que es defendida por la sociedad civil y las organizaciones, en donde la perspectiva de los transgénicos no es tan blanca inmaculada como indican los intereses corporativos y sus gobiernos cómplices (el español incluido).

Por eso la decisión socialista es arriesgada. Porque el blanco, con una pizca de negro se convierte en gris. ¿Qué sucedería si los cultivos transgénicos no se desarrollaran de una forma normal? ¿Y si requieren más agroquímicos? ¿Y si alimentos contaminados genéticamente invadieran masivamente nuestra cadena alimenticia? O la pregunta del millón, ¿Quién garantiza que los cultivos y alimentos transgénicos sean seguros para nuestra salud? ¿Por qué se nos quiere proteger de los cigarros, mientras se nos obliga a comer transgénicos? Zapatero, ¿Y tú con quién estás?

La efervescencia, más temprano que tarde desaparece

El ejecutivo socialista, debería analizar mejor la victoria que obtuvo en las elecciones de marzo. Más que un logro socialista, fue una derrota conservadora, por el apoyo fundamentalista a la ocupación imperialista en Irak y la deprimente gestión y desinformación efectuada por el gobierno popular de Aznar, en los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004.

La ciudadanía se sintió engañada e indignada. Sin apenas tiempo a digerir lo sucedido, optó por el voto útil. La victoria de Zapatero se cimentó en la fidelidad del electorado socialista de toda la vida, pero cuajó gracias a miles de personas que tradicionalmente se abstenían o votaban a partidos minoritarios.

Por lo tanto, la mayoría socialista es débil e inestable. Corre el peligro de derrumbarse, si el ejecutivo no promueve cambios y mejoras estructurales, a través de políticas soberanas y progresistas.

Con decisiones como la de tolerar la contaminación genética en cultivos y alimentos normales y ecológicos, el gobierno socialista deja ver a quién defiende y apoya. Cada vez está más claro, que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) es una mera caricatura de su propio nombre. Que detrás de la fachada progre setentera, se esconde un corazón burgués que se pliega a los intereses multinacionales.

A nueve meses y medio de la victoria de Zapatero, ya he oído algún comentario de gente decepcionada, que no piensa volver a otorgar ninguna confianza a los socialistas. Desde hoy me uno a ellos. Seguro que no voy a ser el único. A este paso, apuesto a que el PSOE no aguanta la mayoría para el 2008.