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El Lanzallamas

El discípulo de Vargas Llosa

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La noticia apareció el 21 de octubre último, en El País de Madrid. La Fundación Rolex puso en pie una iniciativa que facilita el encuentro entre un autor consagrado y un joven escritor, para que le enseñe los “trucos del oficio”.

El beneficiario de este inusual “taller ambulante” es el colombiano Antonio García Ángel y el maestro, Mario Vargas Llosa. En rigor el novel escritor ya sabe escribir, pero escribe mal -ya publicó una novela bastante mediocre titulada Mi casa es su casa- y por eso, con el sometimiento propio del escolar que no hizo bien la tarea, persigue al autor de La casa verde por todos los continentes para que le corrija la plana. Primero se vieron en Lima, luego en Londres y después en Madrid. García Ángel le presenta cada viernes 10 o 15 carillas y espera -contando las horas en su Rolex- hasta el domingo para que Vargas Llosa le diga, este párrafo no, este adjetivo sí, esto sobra, esto falta.

El proceso va dando resultados, el joven escritor colombiano está aprendiendo -digamos como Edmundo Paz Soldan- a escribir sin inspiración, sin tener casi nada que decir y urgido sólo por el deseo de publicar un libro. Como el mismo explica al cronista de El País: “El método es simple: te sientas y escribes”. Es decir, el grado cero y pendejo de la escritura: te sientas, escribes y pasas a cobrar. Barthes no lo habría podido pensar mejor.

García Ángel encontró el maestro perfecto. Vargas Llosa es un autor que desprecia eso que los románticos llamaron inspiración. En él, toda la realidad puede formar parte de un proceso de literaturización que hay que hacerlo brotar a fuerza de borrones y correcciones, casi a puntapiés.

En la práctica, estos escritores -Paco Umbral dixit- mantienen un sentido delincuencial de la literatura, organizan su obra con pequeños saqueos: un tema que sale de un libro de historia, un cuadro de época tomado de algún antecesor, una estructura adaptada de Faulkner y el resto se lo encarga todo al proceso de escribir y corregir -el método científico de la modernidad: la prueba y el error-, así el texto toma forma definitiva y llega a la editorial.

A la larga, este tipo de autores terminan convertidos en cruzados del ejercicio de escribir, místicos de la escritura y, efectivamente, pueden evangelizar desde los llamados talleres literarios.

En realidad, si apelamos al grado cero de la conciencia, no se puede enseñar a escribir a nadie, pero a fuerza de mistificar el acto de la escritura se llega a trasmitir la seguridad -a uno o varios discípulos- de que con pundonor y ascétismo se alcanza la obra literaria.

Como las clases de cocina, de baile o de masajes, el taller literario es un invento del consumismo propio del siglo XX. El 1914, el boxeador y poeta Arthur Cravan daba el campanazo: “Estoy sorprendido de que a ningún ladrón se le haya ocurrido la idea de abrir una escuela donde enseñar a escribir”.

Hoy, a despecho de Cravan, los talleres literarios funcionan, solucionan los dilemas del escritor, le insuflan la voluntad que le falta -son el viagra del escribiente estéril- y arrojan al mercado magníficas caligrafías, consagradas de antemano. ¿Alguién duda de que el libro que vienen escribiendo García Ángel y Vargas Llosa no será un éxito editorial?

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