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El modelo neoliberal no puede coexistir con movimientos sociales potentes y movilizados. Uno de sus principales objetivos en esta etapa, tal como lo manifiestan los sucesivos Documentos de Santa Fé, es la neutralización de las sociedades civiles organizadas, que vienen siendo el principal factor de deslegitimación del neoliberalismo.

En el último período, se trata de destruir a los movimientos indígenas, el sujeto social que con más fuerza está desafiando la dominación de las elites latinoamericanas. En este sentido, el año 2004 se cierra con una excelente noticia para los movimientos sociales latinoamericanos: el II Congreso de la Conaie (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador), celebrado entre el 20 y el 23 de diciembre en Otavalo, eligió como nuevo presidente a Luis Macas, para sortear uno de los momentos más delicados en la historia de la organización.

El gobierno de Lucio Gutiérrez lleva adelante la más ambiciosa política para neutralizar a los movimientos indígenas, mediante un triple juego de división, represión y cooptación. El primar paso fueron las donaciones, de forma directa a las comunidades sin pasar por sus organizaciones, muy en particular en la Amazonía y la Costa, para aislar a la organización de la Sierra (Ecuarunari), la más combativa y mejor estructurada. Pero cuando la Conaie rompió con el gobierno de Gutiérrez, acusándolo de haber traicionado el mandato popular -y al propio movimiento indígena, con cuyo apoyo llegó al poder- la respuesta del Estado fue nombrar a un destacado dirigente, Antonio Vargas, como ministro de Bienestar Social.

Con este paso, Gutiérrez intentó cooptar al movimiento pero, sobre todo, dividirlo, ya que Vargas pertenece a la organización amazónica, donde el Estado ecuatoriano y las ONGs al servicio de las políticas imperiales, vienen implementado formas de subordinación para separarla del movimiento nacional. La estrategia tiene su lógica: la Amazonía ecuatoriana es rica en hidrocarburos y allí operan algunas de las más importantes empresas petrolíferas mundiales. El proceso de cooptación no estuvo exento de represión -y hasta de atentados al anterior presidente de la Conaie, Leónidas Iza-, focalizada en los sectores que resistieron la subordinación al gobierno.

El nombramiento de Vargas fue un duro golpe para la Conaie. La organización que, junto al zapatismo y los sin tierra brasileños, es una de las fuerzas sociales más importantes del continente, atraviesa la peor situación en sus casi veinte años de historia: dispersión, desorientación, confusión y división, cortaron de raíz su capacidad de movilización, a tal punto que ha dejado de ser el actor más destacado de la política ecuatoriana. El movimiento indígena, dirigido por la Conaie, protagonizó media docena de levantamientos desde junio de 1990, derribó dos gobiernos, frenó buena parte del paquete neoliberal e hizo entrar en crisis al Estado ecuatoriano.

La Conaie tocó fondo en junio de 2004, cuando convocó un levantamiento contra el gobierno neoliberal, que fue desatendido por la inmensa mayoría de las comunidades. La brecha entre bases y dirigentes nunca había sido tan grande. Pero el tamaño del fracaso fue un toque de atención, que llevó a la organización a convocar su II Congreso para ver el modo de encontrar nuevamente el rumbo. Según el diario El Comercio del 26 de diciembre, el gobierno advertido de que “Luis Macas puede reorientar el rumbo de la Conaie y devolverle su vulnerado poder de movilización social, echó mano de todas sus armas para colocar al frente de la Conaie a un hombre de su confianza”. El objetivo es crear una Conaie paralela con hombres afines al oficialismo.

La elección de Macas -impulsada tanto por las bases como por dirigentes históricos- supone el retorno a las fuentes, de la mano de quien organizó el primer levantamiento en 1990. Pero es también una suerte de “purificación”. El Congreso definió el perfil de los candidatos a ocupar el cargo de presidente: tener aval de las bases, renunciar a cargos en ONGs y fundaciones, no haber participado en el gobierno luego de la ruptura de la alianza, no estar acusado de atentar contra la organización... La Conaie apuesta a recuperar la autonomía y que las bases vuelvan a controlar a sus dirigentes. Macas, rector de la Universidad Intercultural de las Nacionalidades y Pueblos Indígenas, sostuvo durante el Congreso que la Conaie no puede olvidar que “el poder está en la comunidad”, que “se construye desde abajo”, y apostó a reestablecer los “liderazgos colectivos” para oponerse a la cultura política de “las famosas democracias latinoamericanas”, que consiste en “echar el anzuelo y jalar a unos cuantos hacia arriba”.

Pero Macas, que luego de dejar la presidencia de la Conaie, en 1996, se forjó como intelectual apegado a sus tradiciones y su cultura, dio un paso más. Cree que es necesario replantear la cuestión de la participación en las instituciones. Como muchos indígenas, sostiene que el movimiento Pachakutik, brazo político-electoral creado por la Conaie en 1996, es parte de los problemas que afectan al movimiento. En su opinión, la lucha institucional se redujo a “mirar el Congreso Nacional”, y se convirtió en “un instrumento de aprovechamiento de gente que no tiene ninguna posición política”. Eso ha llevado a que los liderazgos colectivos se debiliten, y que se vayan “individualizando cada vez más nuestras formas de percibir a nuestra organización”.

El Congreso de la Conaie supone el comienzo de la regeneración de una de las más importantes organizaciones populares del continente. Ello supone no sólo revertir errores, sino establecer nuevas relaciones con el Estado que no recaigan en las viejas formas de hacer política. Y, en paralelo, ser capaces de construir una política diferente, anclada en la propia cultura. En una entrevista del año 2000, luego del levantamiento que derribó a Jamil Mahuad, Macas recordó que, para los indios quechuas, el poder (ushay) es “la capacidad de desarrollarnos colectivamente”.

Publicado en La Jornada