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Porter Goss nuevo director de la agencia de espionaje impone la línea neoconservadora

Purga política en la CIA

El conflicto entre la CIA y el presidente de Estados Unidos comenzó a empeorar, hace un año, a partir de la denuncia que el director de la agencia presentó contra la Casa Blanca por revelación ilegal de la identidad de un agente. Después de lograr poner a uno de sus hombres, Porter Goss, a la cabeza de la CIA, George W. Bush esperó el anuncio de su victoria electoral para dar la orden de meter la agencia «a la orden». En unos diez días, Porter Goss despidió a más de 90 cuadros refractarios a la línea neoconservadora y retomó, en particular, el control de la dirección de operaciones, sector que pretende desarrollar.

| Paris (Francia)
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Porter Goss y George W. Bush

A penas proclamado el resultado de la elección presidencial estadounidense, el presidente «elegido» George W. Bush emitió las dos órdenes que se había abstenido de dar hasta entonces: exterminar la resistencia popular en Faluya (Irak) y purgar la CIA. En un duro editorial, el Wall Street Journal comentaba: el presidente Bush combate dos insurrecciones; una en Irak y otra en la CIA.

Mientras que las hordas de la coalición avanzaban casa por casa en la ciudad mártir, Porter Goss, nuevo director de la Agencia Central de Inteligencia reunía en su oficina a sus principales subordinados. Los que aceptaban alinearse bajo el estandarte neoconservador conservaban sus puestos, los demás eran revocados. En pocos días, más de 90 altos responsables de la CIA fueron depuestos o dimitieron. Se trata de la «limpieza» política más grande realizada en la agencia desde la crisis de 1961.

En aquella época, el director de la CIA, Allen W. Dulles, había utilizado informaciones falsas para obtener del presidente John F. Kennedy la autorización del desembarco de bahía de Cochinos. Lo que debió haber sido la gloriosa liberación de Cuba por los exiliados no era en realidad otra cosa que una incursión de mercenarios que se convirtió en fiasco. Kennedy obligó a Dulles a dimitir y encargó a su sucesor, John A. McCone la tarea de limpiar la agencia. Numerosos cuadros fueron revocados, entre ellos el director de operaciones y jefe de la red stay-behind [1], Richard M. Bissell.

El Estado Mayor Conjunto, ampliamente implicado en la fracasada manipulación, pudo escapar a la decapitación gracias a la crisis del sudeste asiático. Kennedy prohibió al general Lyman L. Lemnitzer lanzar una ofensiva en Laos, pero le permitió aumentar la implicación estadounidense en Vietnam. Los oficiales desleales de la CIA y los generales de extrema derecha reunidos alrededor de Lemnitzer urdieron más tarde un complot contra el presidente Kennedy, sin que se sepa hasta hoy a ciencia cierta si llegaron a poner sus planes en práctica o si otros lo hicieron antes que ellos.

Hoy sucede lo contrario. En vez de castigar a la CIA por haberla manipulado, la Casa Blanca la sanciona por no haber participado en sus propias maniobras tendientes a justificar la invasión de Irak. Sin embargo, las consecuencias son las mismas: los excluidos acabarán seguramente uniéndose para actuar contra el presidente. Sólo que, esta vez, el señor Bush, menos escrupuloso que el señor Kennedy, podría tomar la iniciativa para neutralizarlos a ellos.

El comienzo de las hostilidades entre la CIA y la Casa Blanca

Todo comenzó hace un año. El 6 de julio de 2003, el New York Times publicaba un escrito del embajador Joseph Wilson confirmando una información publicada en el diario Los Angeles Times. El Departamento de Estado había encargado a Wilson de investigar en Níger sobre un posible envío de uranio a Irak, y Wilson no había encontrado nada. Su informe había sido transmitido a la Casa Blanca y esta lo había ignorado, a tal punto que el presidente Bush en persona había mencionado erróneamente en una alocución televisada la compra de uranio nigerino por Saddam Hussein. La publicación del escrito de Wilson era pues un rudo golpe para los neoconservadores que, entre otros argumentos, habían utilizado este para justificar la invasión de Irak.

El 14 de julio, el editorialista neoconservador del Chicago Sun y de la CNN, Robert Novak, acusaba al embajador Wilson de haber emprendido una maniobra política y revelaba que, según una fuente de la Casa Blanca, su esposa, Valerie Plame, era agente de la CIA.

Surgió entonces un verdadero enredo. El director de la CIA, Robert Tenet, reactivando una ley que se había utilizado solamente en una ocasión, para reducir al silencio al ex-agente Philip Agee, presentó una denuncia por divulgación de la identidad de un agente en activo. El secretario de Justicia John Ascroft fue apartado del caso y Patrick Fitzgerald, un fiscal especial traído desde Chicago, fue nombrado para encargarse de la instrucción del caso en Washington.

El periodista Robert Novak se negó a revelar su fuente en la Casa Blanca, aunque toda la prensa mencionó al consejero político del presidente Bush, Karl Rove. El asunto retomó actualidad con la inculpación de la periodista estrella del New York Times, Judith Miller, acusada de haber participado personalmente en la revelación, aunque ella misma no había publicado nada sobre la cuestión. La señora Miller jugó, sin embargo, un importante papel en la difusión de las informaciones falsas de los neoconservadores sobre las imaginarias armas de destrucción masiva de los iraquíes [2].

Durante todo el año, la tensión entre la CIA y la Casa Blanca se fue acrecentando. En las audiencias de las comisiones parlamentarias, los responsables de la agencia no tuvieron reparos en denunciar la falsificación de sus informes por el clan Cheney, denunciaron la utilización de la información de inteligencia en función de intereses políticos y trataron de dar el golpe de gracia con el informe de su Grupo de Inspección en Irak que demostró que Saddam Hussein no poseía armas de destrucción masiva desde 1991.

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Foto izquierda, Richard Lawless, el primero de la izquierda de las tres personas durante un reciente viaje en Corea del Sur. Derecha, James Pavitt en un discurso.

Sin embargo, sólo es posible comprender ese conflicto mediante la observación de lo que verdaderamente estaba en juego al conocerse las actividades secretas de Valerie Plame. La disputa tuvo como consecuencia la de «quemar» la sociedad de consejería Brewster, Jennings & Associates en la que trabajaba la señora Plame y que le servía de cobertura. Este gabinete servía de consejero a la compañía petrolera saudita ARAMCO y es esencialmente a través de él que la CIA vigilaba los intereses estadounidenses en Arabia Saudita. Eso quiere decir que, desde hace un año, la CIA no sabe a ciencia cierta lo que sucede en el seno de la familia real. La señora Plame dependía directamente del director de Operaciones de la CIA, James L. Pavitt.

Contrariamente a la opinión general, los Bush, aunque tienen negocios con los Saud, no dependen de ellos sino que tienen sus propios informantes dentro de la familia real y utilizan a algunos príncipes contra los demás. Los Bush tienen en Arabia Saudita su propio servicio de inteligencia particular, Kellog Brown & Root (KBR) [3]. Por otro lado, no hay que olvidar que Bush padre fue director de la CIA antes de ser presidente de Estados Unidos. Al cerrar el canal de información de la agencia en Arabia Saudita, la Casa Blanca se ponía en posición de tomar cualquier iniciativa en función de sus propios intereses, incluso a espaldas de su propia administración.

Desde hace un año, la agencia ha estado saboteando repetidamente la política antiterrorista de George W. Bush y poniendo en tela de juicio los lazos personales del presidente con la familia real saudita. Un momento importante de esa campaña fue la publicación, en pleno aniversario del escándalo Wilson-Plame, de Imperial Hubris, una obra crítica anónima cuyo autor apareció sin embargo, siempre a contraluz, en numerosos programas de televisión y fue, por consiguiente, rápidamente identificado [4].

Se trata de Mike Scheuer, ni más ni menos que el director del grupo de la CIA encargado, desde hace más de diez años, de la vigilancia de Osama Bin Laden. El mensaje que Scheuer hizo llegar a sus compatriotas se puede resumir de la siguiente manera: el mundo musulmán no envidia nuestro modo de vida, nos odia por nuestra política israelocentrista en el Oriente Medio; la guerra contra el terrorismo es un error estratégico; hay volverse, con todos los medios, contra los sauditas.

La purga

Después de haber obligado al director George Tenet a dimitir, el presidente Bush nombró en su lugar al representante de republicano por la Florida Porter Goss [5]. Las verdaderas intenciones del señor Goss no tienen absolutamente nada que ver con lo que él mismo escribiera en el informe de la Comisión Permanente de la Cámara de Representantes sobre los errores que cometieron los servicios de inteligencia antes y después del 11 de septiembre.

Según nuestras informaciones, Porter Goss llegó a la CIA con metas bien definidas:
- Reorganizar la agencia en función de un criterio de lealtad política hacia el clan Bush-Cheney e impedir toda declaración pública, sobre todo en lo tocante a las informaciones sobre el 11 de septiembre.
- Desarrollar la dirección de operaciones con cuatro objetivos: Controlar los recursos energéticos del Golfo y remodelar el Medio Oriente Neutralizar la Unión Europea desarticulando la coalición que conforman Francia y Alemania Restablecer un cordón sanitario alrededor de Rusia y desestabilizarla.

Preparar el enfrentamiento con China

Inicialmente, Porter Goss escogió como director ejecutivo a Michael V. Kostiw, ex-vicepresidente de Chevron-Texaco [6], pero tuvo que renunciar a él después de la revelación de ciertos errores de juventud, aunque le dio de todas formas el cargo de consejero especial.

Porter Goss se rodeó esencialmente de sus antiguos colaboradores parlamentarios, bien conocidos por su actitud partidaria, sobre todo Patrick Murray (jefe de gabinete) y Jay Jakub (asistente especial para operaciones y análisis).

Goss empezó por expulsar personalmente a Mike Scheuer, el locuaz autor de Imperial Hubris [7], antes de apuntar a lo alto de la jerarquía y volar en pedazos toda la cadena de mando de la CIA. En la desbandada, el antiguo segundo de George Tenet, John E. McLaughin, que se había ocupado de la transición de la dirección general durante aquel verano, presentó su renuncia. Tras él lo hicieron sus colaboradores, entre ellos el vocero de la agencia [8].

El nudo del conflicto se cristalizó entonces alrededor de la dirección de operaciones. Esta rama de la agencia no realiza labores de inteligencia sino que se ocupa de las maniobras sucias. Fue la que absorbió las redes stay-behind creadas en los Estados aliados al término de la Segunda Guerra Mundial para garantizar la lealtad de sus dirigentes políticos. El mismo Porter Goss es un ex-responsable de esa dirección y participó, a la sombra de los Bush, en la reactivación de las antiguas redes de la guerra fría.

Según el diario Washington Post [9], los cuatro últimos directores de operaciones (Thomas Twetten, Jack Doping, Richard F. Stolz y, por supuesto, James L. Pawitt) desfilaron por la oficina de Porter Goss tratando de convencerlo de que no debía politizar esa dirección. Pero, fue inútil. En definitiva, se les hizo saber al director de operaciones, Stephen R. Kappes, y a su segundo, Michael Sulick, que tenían el día para recoger sus cosas, devolver sus documentos de acceso a Langley y dejar definitivamente la sede de la agencia.

Los nombramientos tienen lugar tan rápidamente como los despidos, lo que prueba que la purga se preparó hace mucho tiempo. Sin embargo, el nombramiento del próximo director de operaciones se ha convertido en todo un símbolo. El candidato con más posibilidades parece ser Richard P. Lawless Jr., un ex-asistente especial de William J. Casey, convertido en socio de los negocios que tiene en Taiwán el gobernador de la Florida Jeb Bush, además de ser actualmente miembro del equipo de Donald Rumsfeld.

El tiroteo continúa y, entre espías, cualquier cosa puede suceder.

[1] «Las redes estadounidenses de desestabilización y de injerencia» por Thierry Meyssan, Voltaire, 20 de julio de 2001.

[2] «Judith Miller, journaliste d’intoxication massive» texto en francés, por Paul Labarique, Voltaire, 5 de marzo de 2004.

[3] KBR es una filial de Halliburton, la compañía del vicepresidente Cheney. Ver «Halliburton, ou le pillage de l’État» texto en francés, por Arthur Lepic, Voltaire, 16 de septiembre de 2004.

[4] «Quand la CIA communique anonymement» texto en francés, Voltaire, 1ero de julio de 2004

[5] «Porter Goss veut en découdre avec la France», (Porter Goss quiere pelea con Francia) texto en francés, Voltaire, 28 de septiembre de 2004.

[6] «Les remaniements de la CIA en disent long sur ses cibles» texto en francés y «Porter J. Goss préfère l’action au renseignement» texto en francés, Voltaire, 11 y 22 de octubre de 2004.

[7] «Former Chief of CIA’s Bin Laden Unit Leaves» por Dana Priest, The Washington Post, 12 de noviembre de 2004, p. A4. Ver también «CIA whistleblower sees long war», BBC News, 15 de noviembre de 2004.

[8] «Deputy Chief Resigns From CIA» por Dana Priest y Walter Pincus, The Washington Post, 13 de noviembre de 2004, pp. A1 y A8.

[9] «Goss reportedly Rebuffed Senior Official at CIA» por Walter Pincus y Dana Priest, The Washington Post, 14 de noviembre de 2004, p. A6.

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