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Los estragos causados por el sismo del 26 de diciembre en Asia son gigantescos. Las víctimas son decenas de miles de personas y la cifra no deja de aumentar. Pueblos enteros están devastados, centenares de miles de personas han perdido a sus seres más cercanos y están sin abrigo. Los riesgos sanitarios son considerables.

La ayuda internacional intenta ponerse en marcha. Los Estados Unidos y la Unión Europea han prometido cada uno de ellos una ayuda comprendida entre 35 y 40 millones de dólares, numerosos países se movilizan. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), pide un plan excepcional de varios miles de millones de dólares. Una primera estimación indica que el monto de los estragos podría superar los 10.000 millones de dólares. Esto es lo visible y lo que ofrecen los medios de comunicación.

Junto a esto, la deuda continúa haciendo su trabajo. De forma menos espectacular, menos centrada, pero igualmente devastadora. La comunidad internacional busca cómo ayudar de la mejor manera posible a los países afectados y mientras tanto, los países ricos, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), los bancos privados y los mercados financieros esperan sus reembolsos provenientes de Indonesia, India, Sri Lanka, Tailandia, Malasia y de todos los demás países afectados como las Maldivas, Birmania o África del Este.

Según las últimas cifras publicadas por el Banco Mundial, la deuda externa pública de los cinco países más afectados se eleva a más de 300. 000 millones de dólares. Los reembolsos que implica son gigantescos: más de 32.000 millones de dólares al año, que se dirigen en un 36% hacia las instituciones multilaterales como el Banco Mundial, el 25% hacia los países ricos y el 39% hacia los acreedores privados.

En ese sentido, se habla de miles de millones. ¿Cómo comprender que todos esos acreedores puedan continuar exigiendo reembolsos por parte de países tan gravemente afectados? Son necesarias sumas colosales para socorrer a las poblaciones que han sobrevivido al seísmo y la anulación total de su deuda externa puede proporcionarlas. Los grandes ricos del planeta (G8, FMI, BM, Club de París, etc.) deben dejar de hacer maniobras geopolíticas particularmente fuera de lugar para actuar de verdad.

Pues otros tsunamis más terribles golpean el planeta, y la opinión pública debe tomar conciencia de ello. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), “la muerte de más de 30.000 niños cada día, por razones que habrían podido ser evitadas en su mayor parte, pasa desapercibida. ¿Por qué? Porque esos niños son las víctimas invisibles de la pobreza”.

En el mundo, 2.800 millones de personas, es decir un ser humano de cada dos, sobrevive con menos de dos dólares por día, y 850 millones de personas sufren hambre. Según el PNUD, “a escala planetaria, faltan unos 80.000 millones de dólares por año para asegurar a todos los servicios básicos”, a saber, el acceso al agua potable, una alimentación decente, la educación primaria y los cuidados de salud esenciales.

Ahí también, la deuda hace su trabajo, las poblaciones son desangradas para que su país reembolse a los ricos acreedores del Norte, con la complicidad de los poseedores de capitales del Tercer Mundo. Cada año, los poderes públicos de todos los países en desarrollo reembolsan más de 230.000 millones de dólares a título de la deuda: es una verdadera hemorragia. La ayuda al desarrollo del Norte, cifrada en 68.000 mil millones de dólares en 2003, es a la vez muy insuficiente y mal repartida, tanto más en la medida que beneficia a menudo bastante más a grandes sociedades transnacionales que a las poblaciones más vulnerables.

Ya es hora de exigir de las grandes potencias una verdadera anulación de la deuda externa de los países devastados, y más en general de todos los países en desarrollo, que, cada uno a su manera, sufren un cataclismo social y humano. Reembolsan sumas colosales y no son capaces de garantizar el mínimo vital a sus pueblos. No se trata de caridad: se trata de justicia. La anulación total de la deuda externa pública es ya una exigencia moral mínima.

Traducción: Alberto Nadal