JPEG - 4 KB

El corsario decidió que Lotson no había muerto. Guardaba en su larga espera una alegría ansiosa de encuentro. Su corazón sentía, aunque refundido en la maraña del devenir, los latidos del corazón de Lotson. Estaba sentado en la orilla equivocada, eso pensó cuando vio con cuanta turbulencia las olas arrastraban la embarcación menguada por la sal y los arrecifes, pero sabía que el sendero de la vida los llevaría a un punto de encuentro inconfundible y no se alejaba mucho de esa realidad. Lotson, agarrado a una porosa tabla, había logrado cruzar el océano y ahora, después de muchas lunas estaban frente a frente. Leyendo el uno la mente del otro, límpidos los ojos, trasparente el alma, como dos viejos amigos que han vivido pulsando el uno el corazón del otro.

Atrás quedaban las noches de insomnio, en las que Lotson trasegaba las playas llevando en alto la bola de cristal que el corsario le regalara el día en que firmaron su pacto de fidelidad. "Para que me encuentres, estés donde estés", había sentenciado el corsario.

JPEG - 5.9 KB

Sin importar cuántas veces aumentó la frecuencia o cambió los colores, las primeras veces Lotson naufragó en su intentó de comunicarse. Ahora sabían la razón. El corsario en un desesperado intento por obtener una de las botellas con mensajes que decoraba la cueva de las anémonas le había entregado el intercomunicador a la anémona gigante. Después hubo otros fracasos, pero fue Lotson el responsable.

Ahora, me han encargado contar la historia, apoyándome unas veces en los relatos orales del corsario y otras en el diario que Lotson intentaba escribir más como desahogo que como recuerdo. Para mi comodidad contaré pequeños capítulos que desde luego no tendrán un cierre o una continuidad convencional , pues aquí lo importante son las palabras, una por una, y eso a veces, traiciona la coherencia de una historia. Alguna tarea habría de dejarles a ustedes que serán quienes hagan volar, cual surtidor, la fantasía de la memoria para pintar con sus recuerdos. (Todos tenemos un Lotson y un corsario dentro) los episodios que en cada entrega lean.

Episodio uno

Las botellas

JPEG - 6.6 KB

Hoy el Corsario encontró tras una roca, a la entrada de una guarida, una extraña colección de botellas verdes y en una de ellas una historia que yo referiré al pie de la letra. Pero antes, debo decir que la vieja guardiana, que por supuesto era una venerable anémona, le contó al corsario, a cambio del intercomunicador, el cual le parecía un excelente adorno para sus pliegues, la historia sorprendente de la curiosa colección de botellas: «En una isla cercana poblada toda por una infinidad de mariposas supremamente hermosas, la reina perdió a una de sus hijas cuando se adentró, embrujada por el color del mar, hacia las profundidades en busca de la razón de ese color, que según la tradición provenía de un insondable abismo donde un monstruo segregaba una mezcla de azul y verde indefinibles para atrapar a los ingenuos que partían de las islas y los continentes en busca de respuestas. Sólo la sabia reina conocía la suerte de los aventureros, por ello, para atraer a su hija, empezó a escribirle historias hermosas que luego introducía en las botellas. Por supuesto, con las olas, las botellas terminaron arrastradas hacia la oscura cueva de las anémonas. Ahora, ella, la venerable anciana, las coleccionaba en un rincón de la caverna en espera de una oferta inesperada».

Ya referí el curioso hallazgo del corsario, ahora verán ante sus ojos la corta historia de Helena:

Helena quería aparecer en las páginas de la Historia como la más hermosa, así que se dejó cazar por un coleccionista. Él la inmortalizó en un portarretratos. Cuando la vieron los especialistas enmudecieron por unos instantes y luego con veneración exclamaron: Nunca habíamos conocido una mariposa tan hermosa, ¡es única!

Historias coleccionables

Volvemos a esta página con una serie de historias (algunas ya publicadas en números anteriores) entrelazadas con otra que sirve de eje y que se titula El diario de Lotson.

Esta historia nace de la necesidad de hacer una reflexión sobre la cotidiana contradicción que conjuga el espíritu humano. Es ambiciosa la propuesta pero poco el esfuerzo por tomármela demasiado en serio. Por ahora, es un ejercicio escritural que busca un camino, mientras entrega tras entrega pretende oír otras voces, sentir otros sentires y quizá aprender a contar con mayúscula los hondos secretos del alma.

Gracias a desde abajo por la invitación y a sus lectores por hacerme saber su parecer

Julia Pacheco

[email protected]

JPEG - 2 KB