Al mismo tiempo que la conquista del poder,
la Revolución acomete la conquista del pensamiento

José Carlos Mariátegui

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América latina tiene mucho para crear y ofrecer al mundo. Si en algún momento las esperanzas andan flojas, el entusiasmo adelgaza, los brazos sienten la tentación del cansancio o alguien piensa en tirar la toalla, siempre surge algo nuevo que nos impulsa hacia adelante. No hay dominación -por más poderosa o absoluta que parezca- que pueda vencer la voluntad de la rebeldía popular organizada.

Cuando algunos pretenden adaptarse al sistema eligiendo una versión más elegante y perfumada de capitalismo -llámese “tercera vía”, “capitalismo con rostro humano”, “capitalismo nacional”, “radicalización de la democracia”, etc.- el Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil eleva su apuesta. Dos décadas después de su fundación y en medio del profundo debate que se ha generado en Brasil ante las evidentes frustraciones del gobierno de Lula, los compañeros y compañeras del MST acaban de inaugurar en la ciudad de Guararema (a 60 km de San Pablo), entre el 20 y el 23 de enero de 2005, la Escuela Nacional de Formación Política Florestan Fernandes (ENFF). Un proyecto estratégico y de largo plazo que seguramente marcará una inflexión política en esta parte del mundo.

La Escuela se construyó con el esfuerzo voluntario de la militancia del MST. Como decimos en la Argentina, ese trabajo fue totalmente “a pulmón”. En ella trabajaron durante casi cinco años y en forma rotativa 1.066 hombres y mujeres de los asentamientos y campamentos, organizados en 25 brigadas de construcción de 20 de estados de Brasil. Estas brigadas de trabajo voluntario demostraron en la práctica que los ideales del Che Guevara están más vivos que nunca.

La Escuela cuenta con un predio de 1.044 m2, con cuatro edificios de alojamientos para quienes allí estudien de 1.133 m2 y con un edificio pedagógico de 2.400 m2. Sin embargo, su radio de acción no está limitado a un edificio físico-material encerrado en un terreno geográfico sino que se extiende a toda la práctica política del MST a nivel nacional.

Más allá del ejemplo moral que demostraron las brigadas, como hecho específicamente político la fundación de la Escuela Florestan Fernandes constituye un aporte invalorable para todo el movimiento revolucionario latinoamericano. Por allí pasarán campesinas y trabajadores urbanos, estudiantes y jóvenes revolucionarios de todo el continente. Un desafío abierto al futuro. Pero no habrá proyecto de futuro sin memoria del pasado. Por eso esta propuesta de formación reactualiza al mismo tiempo las mejores tradiciones que nos antecedieron.

La Escuela del MST, que apunta a transformarse en Instituto de Enseñanza Superior y en la primera Universidad Popular de Brasil, forma parte de una larga tradición pedagógica en la que se inscriben desde la concepción militante de la educación de la Universidad Popular González Prada de Perú (en la cual actuó José Carlos Mariátegui) hasta la Universidad Popular José Martí de Cuba (donde participó Julio Antonio Mella). Ambas herederas, durante los años ’20, de la pedagogía libertaria que inauguraron Deodoro Roca y sus compañeros de la Reforma Universitaria de Córdoba en la Argentina de 1918. Una tradición pedagógica socialista, antiimperialista y libertaria, de la cual Paulo Freire constituye uno de los mejores continuadores en la segunda mitad del siglo XX. Ninguna de esas experiencias precursoras y originales de nuestra América fue un calco ni una copia.

Las críticas radicales a las instituciones de enseñanza oficial formuladas durante el mayo francés -1968-, es decir medio siglo después de la revuelta estudiantil de Córdoba, son seguramente de las más conocidas y difundidas en el mundo, pero no fueron las primeras y ni siquiera las más significativas en este terreno pedagógico.

Con el acto de fundación de la Escuela Florestan Fernandes los hermanos y hermanas del MST, partiendo de los anhelos, sueños y proyectos más queridos de la clase trabajadora brasileña, han recuperado ese inmenso acervo pedagógico latinoamericano. Su propuesta constituye, como nos reclamaba Mariátegui, un nuevo capítulo de la creación heroica.

¡Qué tiemblen los poderosos! ¡Qué tiemblen! Nada más peligroso que ver a los trabajadores revolucionarios y a los jóvenes rebeldes apropiándose del saber histórico de la humanidad. En esta Escuela, odiada por todos los patrones de Brasil -que la atacan sin piedad desde sus monopolios de la comunicación- y despreciada por los millonarios del mundo habrá seguramente entrenamiento y tráfico de armas secretas... ¡Armas! ... ¡Armas! ... ¡Armas!... La Escuela Florestan Fernandes será un centro internacional de armamento subversivo y terrorista.

Que Bush no duerma. Que a los generales y halcones del Pentágono se les quite el apetito. Que las bases militares de EEUU hagan sonar sus alarmas y sus máximos alertas. Que la OTAN tiemble junto con el ALCA, el FMI, Wall Street y la OMC. Que los grandes explotadores del mundo comiencen desde ahora a planear su defensa o su retirada. Aquí habrá muchísimas armas. Muchísimas. No sólo para el pueblo brasileño sino para todos los luchadores y militantes populares del mundo.

¿Qué arma secreta puede ser más explosiva, más demoledora, más temida que un libro empuñado por los trabajadores?. Ni los peores arsenales químicos de las fuerzas represivas norteamericanas son tan corrosivos como la cultura en manos del pueblo laborioso. Cultura y trabajadores, trabajadores y cultura, combinados con los intelectuales orgánicos, son dinamita. Su onda expansiva es más contundente que la más salvaje de las bombas atómicas de los yanquis. ¡Qué se cuiden la Casa Blanca, el Departamento de Estado, la CIA, el FBI, la CNN y todos los marines! Contra las armas del pensamiento crítico y la moral socialista ellos no podrán. Estamos absolutamente seguros. Que tiemblen, que tiemblen. Los grandes monopolios de la comunicación de Brasil ya han empezado a sangrar por la herida, cuando titulan y editorializan que “el MST inaugura una escuela de más de un millón de dólares”. Que sangren nomás y se cocinen en su salsa agria de resentimiento y odio de clase. Se lo merecen. Mezquinos, miserables, elitistas, cortos de mente y de moral. Su perspectiva cultural y su amplitud de comprensión histórica llegan hasta donde se extienden sus bolsillos y sus cuentas bancarias. Pero nunca más allá de ahí. Por eso tanto odio contra esta Escuela de cuadros y formación política.

El nacimiento de la Escuela Florestan Fernandes nos recuerda la falta que nos hace el estudio colectivo sistemático, la formación política, la elaboración de estrategias que vayan más allá del día y la coyuntura inmediata. El sólo hecho de fundarla deja bien en claro la cortedad de miras de los apologistas -¿inocentes?- de la pura “espontaneidad”, de aquellos que nos recomiendan abandonar todo estudio sistemático, ir con la coyuntura del momento pues... “el pueblo no necesita de teorías” ni “grandes relatos totalizadores”. Como si cualquier elaboración de estrategias implicara, por definición, caer en el dogmatismo o en el verticalismo. Como si la “multitud” dispersa y fragmentada pudiera enfrentar eficazmente la dominación mundial del capital.

¿Por qué denominar a la Escuela con ese nombre?

Florestan Fernandes [1920-1995] fue uno de los principales intelectuales socialistas brasileños. Uno de los máximos representantes de la sociología crítica. Este viejo rebelde e inconforme produjo una obra prolífica y voluminosa, donde se destacan sus estudios sobre la formación social brasileña y en particular sobre los problemas de la dominación burguesa y el carácter retardatario de la burguesía de aquel país. Al mismo tiempo, tiene libros publicados sobre el socialismo y la revolución cubana, entre muchísimos otros.

El hecho de designar con su nombre a la Escuela implica todo un gesto de política cultural, donde la recuperación de los clásicos del pensamiento marxista latinoamericano -olímpicamente olvidados o desconocidos por el eurocentrismo, incluso el de izquierda- se torna una tarea fundamental.

Esta inauguración, precedida por un seminario de tres días, que tuvo lugar en enero del 2005, fue una auténtica fiesta. Imposible resumir tantas experiencias de lucha, tanta emoción compartida, tanta alegría colectiva, tanto derroche de solidaridad revolucionaria.

Trazando una semblanza política e ideológica de Florestan, director honorario de la Escuela, el profesor Antonio Cándido se explayó sobre su figura y su trayectoria vital por medio de una entrevista grabada. No fue el único testimonio sobre el sociólogo brasileño. También estuvieron presentes algunos de sus hijos y sus nietos, visiblemente emocionados, así como compañeros suyos y su biógrafo.

¡Qué orgullo para un intelectual latinoamericano que su nombre se convierta en sinónimo colectivo de pensamiento rebelde, pensamiento militante, pensamiento crítico! ¡Qué honor! Un reconocimiento que las Academias tradicionales únicamente prodigan a los intelectuales comprometidos... comprometidos con el poder de turno. Un reconocimiento que se cuidan bien de otorgar a los rebeldes, iconoclastas y disconformes, a los que sacan los pies del plato, a aquellos y aquellas que reflexionan, crean o enseñan contra el poder y el orden establecido. ¡Qué orgullo para Florestan y para los que como él eligen defender el punto de vista político de las clases subalternas y explotadas!

¿Cuándo fundaremos en Argentina escuelas de formación política del movimiento piquetero o de las fábricas recuperadas que lleven el nombre de Silvio Frondizi, Raymundo Gleyzer o Ernesto Guevara?

Si estuviera vivo -de algún modo lo está, no físicamente pero sí a través de sus enseñanzas, de sus libros y del cariño que el pueblo brasileño siente por él- seguramente Florestan se acordaría de aquella reflexión del joven Marx, según la cual cuando la teoría prende en las masas y el pensamiento teórico penetra en las raíces del suelo popular ambos se convierten en una poderosa e imparable fuerza material. Precisamente eso es lo que está sucediendo en la Escuela de Formación Política del MST. Junto a la recuperación de los intelectuales revolucionarios y del pensamiento marxista en la inauguración de la Escuela circuló la palabra rebelde de las humilladas y los condenados de la tierra. En los idiomas más diversos -como en una renovada torre de Babel del siglo XXI- ellas y ellos vuelven una y otra vez a enseñar el mismo camino: solidaridad, resistencia, unidad, lucha, antiimperialismo, socialismo.

Sí, fue una fiesta. En todas las acepciones del término. Por la alegría y también por sus protagonistas. Porque si hubo una protagonista destacada ella fue la juventud. Una juventud que vivió y disfrutó de las canciones, los bailes, la música, la alegría, siempre entrecruzados con el estudio y la militancia. Unida a una increíble disciplina (auto)consciente, militante, revolucionaria, por la cual una masa gigantesca de jóvenes se podían quedar cantando o festejando hasta cualquier hora de la madrugada y a las ocho de la mañana estar listos para el debate sin que nadie obligue ni coaccione a nadie.

¡Qué distinto se vive el estudio cuando no es fruto de una imposición formal ni está guiado por una disciplina heterónoma destinada a obtener un título o una matriculación sino que está motivado por la necesidad vital de crecer, de formarse, de militar y así contribuir a cambiar el mundo!

Y entonces, en medio de debates y festejos, de abrazos y alegrías, se entonaron numerosas veces esos versos gloriosos de la Internacional, esa canción de lucha que hace erizar la piel hasta las lágrimas. La Internacional, cantada junto con una masa gigantesca de rostros transparentes y esperanzados, de manos curtidas, de gente brava y levantisca acostumbrada a la lucha contra la crueldad del capitalismo y sus cuerpos represivos, a la solidaridad y hermandad de clase. Sí, la Internacional, en medio de incontables banderas rojas y una gigantesca pintura con el retrato de grandes líderes revolucionarios de los cinco continentes.

Y en el centro del retrato la cara dibujada de Lenin, mirando de frente con los ojos bien abiertos. Sí, Lenin. ¿Otra vez Lenin? ¿Lenin en la América Latina del siglo XXI? ¿Lenin rodeado de rostros morenos, piel oscura y manos curtidas? Sí, Lenin. Y el Che Guevara. Y Carlos Marighella y Rosa Luxemburg, entre muchos otros más.

Pero... ¿cómo? ¿Todo eso no es viejo? ¿No pertenece al pasado? ¿No pasó de moda? ¿No estaremos relatando una vieja película? No, no era una película. No se trataba de recuerdos nostálgicos ni impotentes añoranzas del pasado.