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El Fondo de Protección a la Vida Silvestre (wwf, por sus siglas en inglés), una de las más poderosas organizaciones ecologistas del mundo, publicó un informe donde recomienda a los consumidores de los países ricos "que beban agua del grifo, para bien del medio ambiente y de su propio bolsillo".

El estudio señala que el producto embotellado no es mejor ni más seguro que el agua que llega por cañería en Suiza, Estados Unidos o Alemania. La gran diferencia está en el precio: hasta mil veces más caro. El estudio no lo menciona, pero en Venezuela, el precio de un litro de agua envasada equivale al de 10 litros de gasolina, mientras que en Argentina los costos son similares.

Asimismo, el semanario brasileño Gazeta Mercantil informó que "beber agua embotellada (mineral, spring y purificada) se ha tornado un fenómeno social global. Es el negocio más dinámico en toda la industria de alimentos y bebidas, dominado por dos gigantes como Nestlé y Danone. El crecimiento es de 7% anual y el margen de lucro de hasta 30%. La facturación total del sector fue de 22 mil millones de dólares el pasado año".

Enildo y Gerardo Iglesias, autores de un artículo difundido por el Servicio Informativo de la Rel-Uita, Sirel, explican que según Catherine Ferrier, de la Universidad de Ginebra -autora del estudio encomendado por wwf-, "la explosión que evidencia este sector es el resultado de un enorme marketing, alimentado por grandes gastos en publicidad, que llegan a 15% del precio de una botella". Ferrier caracteriza la producción en tres tipos: agua mineral, agua spring (protegida de contaminación, pero no tratada con minerales) y agua purificada (tratada para el uso humano).

Hoy, las empresas miran a Asia/Pacífico, donde las previsiones de crecimiento son de 15%. América Latina figura con el 7% del mercado mundial y el consumo promedio per cápita es de 12 botellas por año. El informe señala asimismo que 75% del mercado global está en manos de empresas locales: "en Estados Unidos, son 700. A nivel internacional, la empresa líder es Nestlé. En 67 fábricas, producen Perrier y Vittel (Francia); Arrowhead, Poland Spring y Calistoga (Estados Unidos); Buxton (Gran Bretaña); Furst Bismarck Quelle y Rietenauer (Alemania), y San Pellegrino (Italia). Por su parte, Danone amenaza de lejos, con un 9% del mercado y una facturación de 1,5 mil millones de dólares, apoyada en marcas como Evian, Volvic (número tres del mundo) y Badoit".

Con respecto a la producción y distribución de agua potable, Sirel señala que la falta de eficacia y medios en el manejo y necesidad de inversiones, son las claves del pensamiento del Banco Mundial en este tema. Pensamiento que, ¡oh casualidad! -exclaman los autores del artículo-, coincide con aquellos que aseguran que gran parte de la crisis del agua pasa por la contradicción entre empresas públicas y privadas. Las empresas públicas, argumentan, además de su ‘natural ineficiencia’, mantienen los precios artificialmente bajos por causa de las presiones políticas y como el precio de esa mercancía llamada agua se mantiene bajo, no genera ganancias suficientes para realizar nuevas inversiones. En consecuencia, la solución es privatizar.

Y las compañías privadas nos hacen el favor de asumir el control del agua porque el Estado, es decir todos nosotros, no somos capaces de hacerlo eficientemente. Con ese criterio es que la inglesa Aguas del Támesis se encarga del agua en Turquía. La francesa Lyonesa de Aguas es la encargada de suministrar agua y alcantarillado a Buenos Aires (prácticamente todo el suministro de agua en Argentina está en manos privadas). La misma Lyonesa y la también francesa Générale des Eaux, junto a la portuguesa Aguas de Portugal, participan en concesiones municipales en Brasil, mientras otras están sondeando ese mercado, entre ellas Thames Water (inglesa), Aguas de Barcelona (española) y Berliner Wassen (alemana). Las experiencias de la privatización del agua en Argentina y algunas localidades de Uruguay (para tomar dos ejemplos) no han solucionado ninguno de los problemas existentes, por el contrario los han agravado.

Sylvie Paquerot y Emilie Revil son rotundas: "Las grandes corporaciones compiten para explotar la creciente penuria del precioso líquido y, junto a algunos países poseedores de ese recurso, se ven a sí mismas como ‘la opep del agua’, fingiendo ignorar que en este caso se trata de un recurso vital". Y agregan que "el Toronto Globe and Mail, de Canadá, ya preveía en 1991 que la privatización del agua sería la megaindustria de la siguiente década. El Wall Street Journal anunciaba en 1998 que, luego del teléfono, la energía y el gas, el agua sería el próximo servicio donde se desarrollaría la competencia internacional".

Mientras la población canadiense se inquieta por el peligro que los acuerdos comer-ciales como el Tratado de Libre Comercio (TLC) implican sobre los recursos hídricos, las grandes firmas de ingenieros y de transporte esperan tranquilamente el día en que finalmente puedan organizar el comercio mundial del agua, como el del petróleo o el de la madera...

Los gobiernos, ya de por sí sometidos a las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), se verían impotentes en la zona de librecambio de Alaska a Tierra de Fuego (Area de Libre Comercio de las América, ALCA), donde la preponderancia de las normas del mercado libre sería aun mayor.

El TLC ya impone a sus estados miembros limitaciones mucho mayores que la OMC: en virtud de su capítulo 11, los inversionistas, ahora dotados del estatuto de sujetos de derecho internacional, anteriormente sólo reservado a los estados, pueden iniciar acciones legales directamente contra los gobiernos (...)."Si el gobierno canadiense decidiera reservar las extracciones masivas de agua, su exportación o incluso la gestión de los servicios de distribución a compañías privadas canadienses, podrá ser objeto de acciones judiciales por parte de las compañías de otros países del tlc a las que deberá indemnizar".

Paquerot y Revil finalizan su artículo opinando que "si la vida no es una mercancía, es necesario volver a encontrar urgentemente el sentido y el espacio de un bien colectivo, de un patrimonio común de la humanidad que en ningún caso puede quedar sometido a los imperativos del mercado. En una lógica donde la escasez determina el precio, o donde el valor se fija según la ley de la oferta y la demanda, una computadora vale más que una vida, pues la ‘demanda’ de los ecosistemas no será jamás ‘solvente’, ni tampoco la de millones de seres humanos ‘iguales en dignidad y derechos’, como sin embargo se afirmaba solemnemente hace apenas medio siglo. Excluir el agua de todas las transacciones internacionales, colocarla fuera del campo de la Organización Mundial del Comercio y de los tratados sobre las inversiones internacionales y, además, pensar en organizar la forma de compartirla a nivel mundial, sería un primer paso simbólicamente esencial. Excluir el agua de las transacciones comerciales, y por supuesto el conjunto de bienes comunes -la educación, la salud, el conocimiento y la información- que hacen de la humanidad lo que ella es, significa intentar preservar el derecho a la vida".