Pero resulta que ahora el Partido Social Cristiano y la Izquierda Democrática, secundados por la dirección de Pachakutik, cumplen la función de “agitadores políticos” al apelar y financiar la movilización callejera en las dos principales ciudades del país, para defender a la anterior Corte de Justicia corrupta y recuperar los espacios perdidos en dicha institución, así como en el Tribunal Constitucional y en el Tribunal Supremo Electoral. A estas facciones políticas de la burguesía ahora les interesa agudizar la crisis política, para crear un ambiente en el que puedan manipular el descontento popular existente frente a un gobierno que los traicionó, y conducir tal estado de ánimo a favor de sus intereses políticos. Conscientes de su debilidad para generar un movimiento político nacional que reivindique la restitución de sus puestos en el TSE, TC y la CSJ, han dirigido sus esperanzas en la presión extranjera, en la intervención de la OEA, de la ONU y, por supuesto, del gobierno norteamericano. El señor César Montúfar, que financia su actividad con fondos de la USAID, clama por el intervencionismo estadounidense -es decir de quien lo financia-, al igual que lo hace Blasco Peñaherrera, representante de las Cámaras de Quito. Sin embargo, en esta coyuntura también se ponen en juego otros intereses. Tanto el PSC como la ID aspiran a presentarse como la cabeza de la oposición burguesa y así avanzar en el proyecto de institucionalizar el bipartidismo, a usanza del sistema político yanqui. Por su lado, el PRE buscó, en Guayaquil, aparecer como la fuerza contendora del socialcristianismo para subir bonos electorales, pero no hizo otra cosa que mostrar flaquezas. Similar suerte ha corrido Sociedad Patriótica y el gobierno. El PRIAN, en tanto, ha centrado su actividad al recinto parlamentario. En general, las “poderosas” fuerzas electorales están dejando al descubierto que su fuerte no es precisamente la capacidad de movilización política de las masas. Si a un sector lo han puesto en las calles ha sido con el consabido listado y el ofrecimiento de obras municipales o del gobierno. El contexto político ha permitido sacar a flote una vieja aspiración de la oligarquía que, transitoriamente, la tenían guardada: el autonomismo, el separatismo de Nebot, silenciosamente avalado por la Izquierda Democrática. Si no controlo el poder en su totalidad, al menos me apropiaré de aquel en mi propio Estado, parece ser el pensamiento de Nebot y de la socialdemocracia. Mientras eso ocurre con las principales fuerzas burguesas, en la izquierda ha resaltado su habilidad para aprovechar las contradicciones interburguesas, conquistar representaciones que le habían sido fraudulentamente negadas para ponerlas en función de los intereses de la lucha de los trabajadores y el pueblo. Por supuesto, hoy la izquierda enfrenta una embestida propagandística en su contra, nacida no precisamente de quienes incomprenden su política, sino de los que siempre la han atacado. Obviamente, no faltan “despistados” que amplifican esa embestida o que no quieren entender la obligación que tiene la izquierda revolucionaria de moverse de la forma que lo ha hecho y en los escenarios en los que hoy actúa. No ha faltado quien ha comparado a la izquierda con un hato de cangrejos... pero su discurso no deja de enredarse en el nudo de sus propios sofismas y contradicciones. La izquierda revolucionaria ha sabido golpear a una y otra facción de la burguesía y persiste en su programa político, del que destaca en la actualidad el combate a la firma del TLC, su oposición al Plan Colombia y la oposición popular al gobierno. La aguda confrontación política que se produce en el Ecuador está llevando no solamente al desgaste del gobierno y de figuras como León y Nebot, sino también al resquebrajamiento de la institucionalidad burguesa, de la que -en perspectiva- sale afectada toda la burguesía, todas sus facciones hoy en pugna. Buen síntoma para la acción estratégica de los trabajadores y los pueblos.