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“Trastorno postraumático causado por estrés” (PTSD, por sus siglas en inglés) es la denominación adoptada por las fuerzas armadas de EE.UU. para nombrar las perturbaciones mentales y/o nerviosas que muchos de sus efectivos padecen al regresar de Irak y Afganistán. La Real Academia Española ha castellanizado la palabra y la edición más reciente de su Diccionario de la Lengua define su significado así: “Estrés: tensión provocada por situaciones agobiantes que originan reacciones psicosomáticas o trastornos psicológicos a veces graves”.

El efecto: un 16 por ciento estimado de veteranos de esas guerras sufre ansiedades intensas, insomnio, dificultades para trabajar y relacionarse socialmente, pesadillas recurrentes, recuerdos repetidos de lo visto y lo hecho que sobresaltan su vigilia, paranoias, comportamientos psicóticos, brotes esquizofrénicos y depresiones severas que acercan el suicidio. Algunos pasan al acto. Si la estimación de los expertos es correcta, más de 40.000 soldados norteamericanos soportan esos males. El neutro casi acrónimo PTSD abarca una vasta gama de desórdenes penosos.

El GAO, tribunal de cuentas del gobierno estadounidense, acaba de publicar un informe en el que señala que muchos de los que retornan de los países ocupados en tales condiciones no tienen acceso al sistema de atención de la salud que debe proporcionar la instancia oficial correspondiente, es decir, el Departamento de asuntos relativos a los veteranos (AP, 16-2-05).

“Los especialistas en salud mental -dice el informe- consideran que podría perderse la ocasión de mitigar la severidad de esos síntomas y de mejorar la calidad de vida de los afectados.” Parece escasa la atención al tema que prestan los jefes militares. El soldado voluntario Georg-Andreas Pogany se horrorizó al contemplar el cuerpo despedazado de un soldado iraquí, tuvo ataques de pánico, pidió ayuda a sus superiores y fue devuelto a casa con el estigma de “cobarde” (NBC, 14-2-05).

En enero del 2004, el policía militar puertorriqueño Alexis Soto Ramírez se ahorcó con el cinturón de su bata en el pabellón psiquiátrico del Centro Médico Militar Walter Reed, de Washington. Cinco meses antes había regresado de Irak agobiado por un PTSD y recibía un tratamiento que lo empeoró (salom.com, 18-2-05). Hay casos más indicativos todavía.

Por ejemplo: el teniente primero de la reserva Phillip Goodrum, veterano de las dos guerras del Golfo, corre el riesgo de ser dado de baja con deshonra y de ir a la cárcel (Wate 6 News, 8-2-05). Goodrum volvió de Irak hace año y medio, le diagnosticaron una depresión aguda pero le negaron cama y tratamiento en el servicio médico de Fort Knox -sede de la Escuela de tropas mecanizadas- y su delito consistió en internarse entonces en un hospital psiquiátrico privado de Indiana. Sus mandos estaban avisados y aun así lo declararon “ausente sin permiso” -desertor, vamos- y sobre su cabeza pende la amenaza de una corte marcial.

Las angustias y los padecimientos mentales de las familias de quienes fueron enviados a Irak y Afganistán también recibieron bautismo: se llaman “trastornos traumáticos secundarios causados por estrés” (STSD, por sus siglas en inglés) y perdonan a pocos. La revista texana Fort Worth Weekly registró los efectos que en los familiares provoca la ausencia de un hijo o un hija, un hermano o un padre enrolado en las fuerzas ocupantes (16-2-05).

Lynn Jeffries es madre de un sargento de la 3ª división de caballería, Nathan, 24 años, que regresa a Irak por segunda vez. La primera originó en la madre una depresión muy grave y la siguiente reflexión: “Estaba tan enojada por esta guerra, pero al mismo tiempo sentía que no podía hacer algo contra ella sin traicionar a mi hijo”. No es el caso de Nancy Lessin, cofundadora de la organización “Familias de militares, hablen en voz alta” que cuenta con más de 2000 miembros y que protesta, entre otras cosas, por la ampliación fuera de término de la permanencia de sus hijos en los países ocupados.

Nancy Lessin opina que el estrés familiar causado por esta guerra es diferente al que infligieron otras porque “se trata de un conflicto que no tiene razón de ser. Nos dijeron que Irak tenía armas de destrucción masiva y vínculos con Al Qaida, nos recordaron el horror de las Torres Gemelas. Pero no había armas de destrucción masiva ni vínculos con Al Qaida... Si fuera una guerra justa, a mi marido y a mí siempre nos aterrorizaría ese golpe en la puerta o ese llamado telefónico anunciando que nuestro hijo ha muerto, aunque sabríamos cómo seguir adelante. Pero con esta guerra, una guerra por mercados petroleros y por intereses de corporaciones, una guerra en que cada una de las razones que se dieron para desencadenarla fue una mentira, no sé si podríamos seguir adelante si escuchásemos ese golpe en la puerta”.

La madre de Nathan agregó: “(Los familiares) saben que sus seres queridos están allí por nada. Pero se sienten terriblemente culpables por experimentar ese sentimiento. Es un nivel de estrés que supera el estrés normal provocado por la participación de un ser querido en una guerra que se justificase. Y supera casi todo lo que una familia puede soportar”.

La Casa Blanca no destina fondo alguno para atender el STSD en los hogares. Se limita a invertir miles de millones de dólares para continuar la guerra que lo causa.

Cubadebate