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Decía mi abuela, con ínfulas casamenteras, a la hija solterona: “Fulano es un buen partido”. Heredero de una buena fortuna. Hoy, el participio del verbo partir, sustantivado, sirve para designar asociaciones políticas. Todas ellas literalmente partidas: en tendencias, facciones, siglas y grupos regionalistas.

Conocí el PT (Partido de los Trabajadores) todavía como propuesta en la cabeza de Lula. ¿Por qué un trabajador vota al patrón y no a un trabajador? Se le encendió la lámpara el 15 de julio de 1979, al participar en un encuentro sindical en Salvador, mientras en São Bernardo do Campo su esposa Marisa daba a luz a su hijo Sandro.

La propuesta fue ganando cuerpo y adeptos en el medio sindical, en las comunidades eclesiales de base, en los movimientos populares, en la izquierda sobreviviente al terror de la represión, entre intelectuales como Mário Pedrosa, Sérgio Buarque de Hollanda, Antonio Candido y Hélio Pellegrino.

Quedé fuera. Soy dado a consensos y contrario a polémicas. Nunca me afilié. Pero de entre la gama del movimiento social siempre aposté por el PT. Vi a doña María Clara, en la periferia de Vila Velha, hacer de la estrecha sala de su casucha la sede del núcleo del partido. Vi a Bacuri, hanseniano, reunir en Acre enfermos de una colonia para debatir el programa del PT. Vi trabajadores del páramo parabaiano pintar una inmensa estrella roja en la pared de una nave industrial.

Conocí el PT del trabajo de base, de la formación política, de las rifas para recolectar fondos, de la venta de broches y pegatinas, de las fiestas benéficas. El PT de la militancia voluntaria, de las aguerridas campañas electorales, del sueño socialista, del orgullo de ser de izquierda. El PT de la hegemonía proletaria en la directiva, de los criterios éticos en las alianzas políticas, de la transparencia en el manejo del dinero. El PT de las huelgas del ABC , de la campaña en pro de elecciones Directas-Ya, del “fuera Collor”, de la lucha por la reforma agraria y contra el pago de la deuda externa. El PT del Foro de São Paulo y de la solidaridad con la revolución cubana, con la Nicaragua sandinista y la causa palestina, con quienes luchaban contra el apartheid en África del Sur y clamaban por la liberación de Nelson Mandela.

A los 25 años el PT podría jactarse de conmemorar sus bodas de sangre, dados los muchos mártires de su historia: Chico Mendes, Raimundo Ferreira, Margarida Alves, Dorcelina Folador..., todos ellos asesinados por coherencia con los ideales del partido. De gota en gota de sangre, de puerta en puerta, de lucha en lucha, de voto en voto, el PT amplió su fuerza política eligiendo concejales, senadores, diputados, prefectos y gobernadores. Hasta que en el 2002, al cuarto intento, hizo de Lula el presidente de la República.

Hoy es un partido repartido. El futuro se hizo presente y, para unos, no era lo que se esperaba: el abandono del proyecto socialista, el pudor de situarse a la izquierda, la política económica neoliberal, el atraso en la reforma agraria, la liberalización de los transgénicos, el permanente retraso de la demarcación de la reserva indígena Raposa/Sierra del sol, en Roraima.

Para otros el PT gobierna con realismo y pragmatismo. No hace lo deseable sino lo posible. Implementa una política externa valiente, promueve la reforma universitaria, extiende el crédito a la población de renta baja, combate el hambre y la corrupción, distribuye la renta entre los 6.5 millones de familias que vivían en la miseria. Y brilla en la macroeconomía: en la estabilidad monetaria, en el control de la inflación, en la caída del riesgo Brasil, en el crecimiento de la industria y de las exportaciones, en el éxito del agronegocio, en el aumento de las reservas del país y del empleo formal.

Brasil es tierra de paradojas. El mundo se divide en más de 200 naciones y nuestro país siempre ha figurado entre las 15 naciones más ricas. Sin embargo es el primero en desigualdad social. Según el FMI el 10% de los más ricos de la población poseen el 44% de la renta nacional; y el 10% de los más pobres se reparten apenas el 1% de la renta.

En el piso de arriba nunca faltó la mesa repleta; en el de abajo la lucha sufrida por el pan de cada día. ¿Será que la hartura del agronegocio, de la industria automovilística, del precio exorbitante del acero, del lucro astronómico de los bancos, de la repleta caja del BNDES, se irán a reflejar en el aumento del poder adquisitivo y en la calidad de vida de los más pobres? ¿Dejarán los más ricos de ganar tanto para que haya menos miseria? El dilema del PT es hoy el de Hamlet: ser o no ser: ¿un partido dispuesto a ganar elecciones o a construir un proyecto histórico para el Brasil? Ambas cosas, dirán algunos. En una sociedad objetivamente tan conflictiva el precio pagado por el éxito electoral, a base de consenso y de alianzas partidarias sin criterios, puede equivaler al de un rescate sin liberación de la víctima del secuestro. En este caso, la esperanza depositada en el gobierno de Lula.

El Brasil marcha bien, pero el pueblo brasileño todavía no. La economía es fuerte, la política volátil, el derecho social frágil. Lula tiene aún dos años por delante para enganchar sus prioridades sociales al ideario político que él representa y que debe imponerse como señor, y no como siervo, de esa macroeconomía que hoy beneficia al país en detrimento de la nación.

Traducción: José Luis Burguet.