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La economía argentina se recompone lentamente de la crisis que la sumergió en la recesión más extensa (1998/2002), y tal vez la más profunda, de nuestra historia como Nación. En ese lapso el PBI cayó más del 20% y la IBI se desplomó un 60%.

Dos años de crecimiento sostenido del PBI a tasas del 8.8% y 9% anual (2003-2004); crecimiento del empleo, la tasa es hoy la más alta desde 1998 (más de 1.600.000 nuevos empleos según el INDEC) aunque la desocupación está en el 17%; reestructuración parcial de la deuda externa que saca al país de la cesación de pagos declarada en 2002, aunque la deuda queda en 145.000 millones de dólares, y un altísimo superávit fiscal (5.8%) son los datos mas elocuentes de esta recuperación.

La contrapartida no es otra que fuertes compromisos de pagos en los próximos 10 años; salarios deprimidos; una desocupación del 17%; altísimas tasas de trabajo en negro y precarización laboral. La resultante no es otra que una distribución cada vez más regresiva del ingreso: la brecha entre el 10% más rico y 10% más pobre que en 2001 era de 29 veces lo es de 32 en la actualidad.

Acompañando el ciclo expansivo de la economía la disputa por la apropiación de la riqueza social ha vuelto a ocupar un lugar en la escena política. Puja distributiva tanto en el plano de la relaciones capital/trabajo, -donde el trabajo busca mejorar las condiciones de venta de su fuerza laboral- como en el de las disputas intercapitalistas, -donde las distintas fracciones del capital buscan incrementar su participación en la apropiación del excedente económico-.

El agotamiento de la fase neoliberal

Este retorno de la puja distributiva obedece tanto al desfasaje entre crecimiento de la economía y la evolución de los salarios reales como a las tensiones acumuladas en la última década y a la alteración de los precios relativos post-devaluación. Pero hay razones más profundas que tienen que ver con la lógica de la acumulación y reproducción de capitales.

La fase neoliberal del capital ha concluido, aunque sus efectos continuarán presentes por bastante tiempo. Este agotamiento no es resultado de su fracaso sino por el contrario de su éxito, o al menos de que ha logrado llevar adelante la mayoría de los objetivos propuestos: reestructuración de sus espacios productivos y de distribución; desregulación de los mercados; reforma del Estado y transferencia al sector privado de bienes y responsabilidades, nuevas condiciones para la reinserción del país en el mercado mundial y, sobre todo, establecer una relación de fuerzas duradera en favor del capital.

Como toda fase que concluye augura el inicio de una nueva. El gobierno Kirchner es, entre otras cosas, expresión de este cambio de fase del capital. Esto no significa abrir expectativas en cuanto a las posibilidades de una capitalismo nacional; de la emergencia de burguesías nativas o de posibilidades de disputar el rumbo al interior del gobierno [1]. Pero sí señalar que las luchas actuales -los conflictos de clases e intraclase- se desenvuelven en un escenario político-económico diferente al de la fase anterior.

Este escenario no puede prescindir, por el contrario está íntimamente relacionado, del marco mundial y regional [2].

El grado de concentración y centralización de capitales alcanzados en la extensa fase neoliberal hegemonizan todo el proceso, con un fuerte sesgo de continuidad en el modelo exportador y primarizador de la economía. No obstante esta hegemonía no puede escapar a las contradicciones que genera el propio sistema del capital.

Una de estas contradicciones es la ya señalada disputa por el excedente económico [3], cuyo tratamiento escapa al alcance de este artículo, la otra es la que nos interesa señalar aquí. Claro está que, al menos por el momento, estas contradicciones no tienen la virulencia de otras épocas.

Un nuevo ciclo de luchas salariales

El tema saltó abruptamente a la primera plana de todos los diarios en los meses finales del 2004, la coincidencia en el tiempo de los conflictos en telefónicos, subterráneos y ferroviarios, agregados a los docentes y judiciales de Prov. de Buenos Aires fue el detonante. Para la vulgata periodística volvía la lucha por el salario, aunque no todos los conflictos tuvieran ese origen, pero la realidad es que una vez más economía y política se expresan en la acción sindical

Es claro que el Gobierno Nacional, necesitado de dar nuevo impulso a la demanda interna habilitó este debate y el conflicto [4].

Por esos días el ministro de Economía en reunión con las cámaras empresarias amenazó: “O dan Uds. el aumento o lo damos nosotros por decreto”; el ministro de Trabajo por su parte no se cansó de decir “..quedó atrás el período de conflictividad negativa, caracterizado por las luchas en defensa de los puestos de trabajo, ahora estamos en conflictividad positiva, que caracteriza los períodos de crecimiento de la economía”; por si faltara algo en medio del conflicto telefónico el mismísimo presidente de la Nación intervino para señalar: “..este gobierno no es neutral frente la lucha salarial, estamos a favor de los trabajadores”. (ver diarios Clarín de noviembre y diciembre /04). Esto fue acompañado por los dirigentes de la CGT que en distintas declaraciones plantearon la necesidad de recomponer los salarios.

Más recientemente un análisis originado en el Banco Central de la República Argentina (BCRA) demuestra que entre el 2001 y el 2004 los precios subieron más que los sueldos, y que la actividad aumentó más que el número de trabajadores ocupados, por lo que “.. hubo fuerte aumento de la productividad del trabajo”. La conclusión del estudio es muy clara: “el importante aumento del excedente bruto de explotación posibilita una recomposición salarial sin que estos aumentos sean trasladados a precios finales.”. Suplemento Económico Clarín, 6/03/05. [5]

Claro que declaraciones y estudios están referidos a los trabajadores del sector privado, amparados por convenciones colectivas (un 20% del total de trabajadores del país) y en nada incluyen a los trabajadores del sector público (14% del total) cuyos salarios están prácticamente congelados, y son una variable fundamental al momento de proyectar el superávit fiscal necesario para hacer frente a los compromisos contraídos por la reestructuración de la deuda.

Sin embargo no puede deducirse de esto que el nuevo ciclo de luchas salariales haya sido impulsado por el gobierno o la CGT. Por el contrario es la caída estructural de los salarios -cuyos orígenes deben buscarse con anterioridad a la macrodevaluación del 2002- agudizada con la abrupta modificación de la paridad cambiaria, el motor y base material de los reclamos. En el período 2001/2004 el poder adquisitivo de los salarios cayó en promedio un 20%, en tanto que la participación de los asalariados es hoy del orden del 20% del PBI cuando en el 2001 era del 24.3%. (5)

Esto es así porque la dinámica actual del proceso de acumulación y reproducción de capitales en el país deteriora sistemáticamente la ecuación distribuidora de ingresos. De esta forma el empleo y el ingreso de los asalariados han crecido en estos dos años pero a tasas inferiores a las del crecimiento del PBI.

Sin embargo la reacción social no fue inmediata. El “éxito” de la maxidevaluación consistió en que el Gobierno controló la corrida bancaria y sobre todo que la población absorbió sin mayores protestas el incremento de los precios. Recién cuando la situación se estabilizó y comenzó un ciclo expansivo de la economía -que se sostiene fundamentalmente por las exportaciones agrarias y petroleras, por un incipiente impulso inversor y por la demanda interna, especialmente de los sectores altos y medios- es que el conflicto salarial salió a la luz.

En rigor tomó estado público, porque desde hace más de un año que se verifican, en forma larvada y muchas veces subterráneas, conflictos por mejorar el valor y las condiciones de venta de la fuerza de trabajo, sin que los mismos tuvieran gran divulgación.

De acuerdo a los informes del Centro de Estudios Nueva Mayoría, en el 2004 se registraron 244 paros contra 122 en el 2003, en su mayoría en el sector público, aunque en varios meses los paros en el sector privado fueron mayoría, destacándose el fuerte crecimiento en el sector servicios.

Por otra parte en el último período se han acelerado las discusiones paritarias. Según cifras oficiales el año 2004 concluyó con 236 convenios firmados y homologados, que representan casi el doble del 2003. El 63% han sido acuerdos por empresas y el resto por actividad, la mayoría fueron por actualizaciones salariales y también en la mayoría se han mantenido las condiciones flexibilizadoras. (Clarín, 5/12/04).

En la actualidad hay más de un centenar de discusiones paritarias en curso y los principales analistas coinciden en señalar que la tendencia a la conflictividad salarial seguirá en aumento. Dan una explicación a estos pronósticos: el 85% de los cinco millones de trabajadores en blanco tuvieron mejoras salariales inferiores a la inflación desde diciembre del 2001 ( Clarín del 5/09/05). Por si fuera poco las direcciones sindicales tradicionales han aceptado firmar mínimos de convenio que en el 89% de los casos están por debajo del nivel de pobreza (computado por el INDEC en $760 para la Canasta Básica Total (CBT) a Febrero pasado).

Esos acuerdos más los sucesivos incrementos otorgados por Decretos del Gobierno Nacional hacen que en promedio los salarios se encuentren hoy un 20% por debajo del nivel del 2001. Pero para los estatales este deterioro es del 28% y para los no registrados de un 26%.

El conflicto de los trabajadores de subterráneos que había entrado en una impasse fue retomado a mediados de Enero pasado concluyendo con un triunfo en toda la línea. No solo consiguieron un aumento salarial del orden del 44% para las categorías más bajas, sino que dejaron totalmente descolocada a la burocracia sindical del gremio y sobre todo porque superaron ampliamente el límite de aumentos salariales inducidos por el Gobierno (en el orden del 20%).

Esta conquista en trabajadores cuyas remuneraciones superan la media nacional, como es el caso de subtes, y también de los telefónicos, ha recolocado la lucha salarial en otro nivel. Hasta ahora la referencia estaba dada por el valor de la línea de pobreza, pero ahora se ha puesto como referencia el valor de la Canasta Familiar histórica, que esta superando los $ 1600 mensuales.

Esta constatación ha llevado al Gobierno a buscar un acuerdo UIA-CGT, tendiente a ponerle límites a los futuros aumentos salariales, buscando canalizar los conflictos en un marco institucional controlado. El dirigente de la CGT Hugo Moyano no tuvo empacho en declarar: “La CGT busca que la pelea salarial no se desborde” Clarín

Nuevas conducciones gremiales

Pero el impulso de este nuevo ciclo no es solo económico. Estamos ante el surgimiento, aun en pequeña escala, de una camada de nuevos dirigentes, cuyas prácticas y metodologías remiten al ejercicio de la democracia asamblearia, el respeto a las decisiones de la base y la acción directa.

Con las diferencias del caso este proceso aparece circunscripto a algunas experiencias más que emblemáticas: el Cuerpo de Delegados de Subterráneos de Bs.As.; algunas Seccionales de la Unión Ferroviaria; el Sindicato Telefónico de Buenos Aires; varios Sindicatos y Seccionales Docentes; el Sindicato de Ceramistas de Neuquén; Cuerpo de Delegados del Astillero Río Santiago; distintas agrupaciones gremiales y delegados por sector o establecimiento que están haciendo sus primeras experiencias.

En todos estos casos pueden observarse características distintivas:

*En primer lugar hay un claro recambio generacional. Esto dota a los nuevos dirigentes de una perspectiva de futuro distinta ya que no llevan sobre sus hombros el peso de la derrota de la generación anterior ni el peso de la nostalgia por las conquistas perdidas. No significa esto desconocer el proceso de la memoria histórica en el devenir de los clases trabajadores, y la influencia que esta tiene en cada momento. Pero sí que en gran porcentaje los nuevos trabajadores han ingresado al mercado de trabajo en las actuales condiciones de superexplotación y se enfrentan a ellas con la convicción de “un mundo por ganar”.

*En segundo lugar son resultado de un largo y silencioso trabajo de reconstrucción, en algunos casos casi clandestinos, de organismos de base tradicionales en nuestro movimiento obrero -comisiones internas, cuerpos de delegados, mesas de reclamos o de representantes, seccionales- organismos estos donde la relación capital/trabajo se expresa en forma más cristalina y transparente y donde no están mediadas por las cúpulas burocráticas y su relación con el Estado y los gobiernos de turno.

*En esa reconstrucción han estado influenciados por las prácticas y la acción de democracia directa que experimentaran desde sus inicios los movimientos de trabajadores desocupados y las asambleas populares.

*En diversos conflictos han recuperado antiguos métodos de lucha del movimiento obrero como la ocupación. Sea de centros estratégicos para la prestación de los servicios (telefónicos) o de terminales (subtes) o la formación de piquetes (ferroviarios y subtes).

* Como los principales conflictos se han desarrollado en el área de los servicios públicos -transporte y comunicaciones- uno de los datos claves ha sido la relación trabajadores / usuarios, y esta relación recoloca el conflicto en un plano superior al del economicismo tradicional de nuestro sindicalismo.

*Por último son organismos y dirigentes que surgen y se construyen en la lucha misma, en la confrontación con las patronales, las direcciones sindicales tradicionales y el propio Estado. Una diferencia más que cualitativa respecto de los que surgían en los años “80, como resultado de la recuperación democrática luego de los años de dictadura militar.

Estas experiencias muestran que si bien el eje de las luchas actuales es el salario este no alcanza a ser el vertebrador de la unidad social que requieren los trabajadores para potenciar sus fuerzas ante la ausencia de un centro coordinador y centralizador -rol que la CGT abandonó hace años y que la CTA no alcanza, o no intenta, cubrir- por el contrario las luchas siguen siendo fragmentadas y dispersas.

Comprender esta realidad requiere tener en cuenta la diversidad que presenta la cuestión salarial. Esta contiene un abanico de situaciones producto tanto de la forma que adquirió la reestructuración del capital en el país como por la fragmentación que las políticas del Estado y las patronales han provocado para dificultar las luchas de conjunto. [6])

La reorganización de los trabajadores

Consecuencia de la reestructuración capitalista y de las transformaciones en el rol del Estado operadas en el último cuarto de siglo las direcciones sindicales tradicionales no tienen respuestas para defender los intereses inmediatos de los trabajadores frente a la ofensiva del capital.

Frente a la ausencia de interlocutores el movimiento de los trabajadores se radicaliza y da muestras de salir de su quietismo, abriendo así nuevas perspectivas. No obstante frente a estas potencialidades persisten el temor a la desocupación y al despotismo patronal, que cobró nuevas fuerzas en la década de los “90; el férreo control burocrático que aún ejercen las conducciones tradicionales; la desprotección de los trabajadores no registrados y el amparo que el Estado, -como representante general de los intereses del capital- da a estas situaciones.

Por otra parte no esta demás recordar que no siempre combatividad es sinónimo de conciencia, y que en nuestro país hay tradición de fuertes conflictividades sociales que no son incompatibles con adhesiones políticas a los gobiernos bajo los cuales se desarrollan esas conflictividades.

Es en este contexto -complejo y contradictorio- que se le plantea al mundo del trabajo el problema de su reorganización. Una fase se ha agotado y en la apertura de una nueva la historia pareciera reconstituir las condiciones objetivas que hacen posible reelaborar una concepción de clase frente al mundo del capital. La reorganización se coloca así como resultado de una necesidad social y política concreta.

Es necesario partir de estas constataciones -sin sobreestimar las condiciones concretas pero tampoco subestimando sus potencialidades- cuando fracciones del movimiento comienzan a discutir la necesidad de buscar formas organizativas alternativas a las existentes.

Más aún cuando estos debates no son nuevos ni las posturas que se cruzan novedosas [7], por el contrario son la consecuencia lógica de la situación creada hace más de 50 años atrás cuando los trabajadores del país fueran expropiados de su autonomía social y su independencia política.

A pesar de las múltiples y heroicas experiencias en este más que intenso medio siglo pasado, la cuestión concreta no alcanzó ser resuelta. Y es que su resolución, como alguna vez dijera el peruano Mariátegui, “ ..no ha de ser calco ni copia, sino creación heroica”.

No ha de ser el primer clasismo, aquel de los anarquistas, sindicalistas puros y los primeros socialistas, el que ocupe el lugar vacante, tampoco el clasismo que intentamos construir en los años “60 y parte de los “70. Las nuevas condiciones en que se desenvuelve la lucha de clases no parecieran remitir a esas formidables experiencias, grabadas indeleblemente en nuestra historia, de las que sin embargo es necesario extraer todas las conclusiones posibles.

Por el contrario, es en las actuales condiciones de vida y existencia, en las nuevas condiciones impuestas por el capital y su Estado, y a partir de ellas -no de otras- que el movimiento debiera reformular su política de clase, dando respuesta a sus necesidades inmediatas sin dejar de afirmar una perspectiva estratégica.

Perspectiva que ha de ser independiente por sus objetivos y de clase por su programa, pero que deberá tender puentes a otros sectores de la sociedad, buscando hegemonizar su propio bloque de poder, para así ocupar el centro de la escena política nacional.

Y esta perspectiva exige avanzar a paso seguro en un proceso -tal vez más lento de lo deseado- de recomposición del tejido de solidaridades, construyendo ligazones sólidas y directas, pero también lo suficientemente flexibles, como para albergar la diversidad social y política existente.

Se parte de una experiencia inédita en el último medio siglo, herencia de las jornadas del 19 y 20D. Y esta experiencia no es otra que la comprensión de que nada ni nadie, ni los estados, ni las iglesias, ni las cúpulas sindicales, ni los partidos, aún los que se reclaman de la clase obrera, pueden reemplazar la capacidad de pensar, de decidir y de hacer de los trabajadores por su propia cuenta y acción.

Es este rescate de la autonomía perdida, no solo frente al Estado sino también ante intermediaciones varias, la garantía indispensable para avanzar en la independencia de clase, frente al Estado, las patronales y la burocracia sindical histórica. Pero también para no ser campo de disputa del patriotismo de partido; de las necesidades de la autoorganización partidaria que una y otra vez se colocan por sobre el interés general de la clase.

En esta perspectiva la cuestión democrática al interior de las organizaciones de los trabajadores adquiere una dimensión más que significativa. Revocatoria de mandatos, rotación en los cargos, carácter imperativo de los mandatos asamblearios, representación de las minorías, elección directa de las comisiones internas, libre expresión de las diferentes corrientes internas.

Rasgos esenciales para alcanzar la mayor participación de la gente con la menor delegación posible. Para establecer una nueva relación entre representados y representantes, entre bases y dirigentes. Y para que la reorganización en curso no resulte solamente de un acuerdo entre dirigentes.

La iniciativa de los trabajadores de Subterráneos de Bs.As, que habiendo reconquistado la jornada laboral de 6hs. -haciéndola extensiva al resto que nunca antes la tuvo- se pusieron a disposición de la creación de un Movimiento Nacional por la Reducción de la Jornada Laboral ligado al aumento de salarios, es una muestra más que emblemática de dejar atrás intereses sectoriales, de romper con la fragmentación para promover la unidad social de los trabajadores detrás de un objetivo común.

Objetivo que combina las necesidades coyunturales con objetivos de más largo plazo. Cualquier intento de reorganización-recomposición del movimiento debe partir de esas conquistas, y apoyarse en los procesos reales -y en las conclusiones que de ellos se saquen- como subtes, ferroviarios, ceramistas, cuya autoridad indiscutible debe ejercerse para poner límites a la disputa y lucha por la hegemonía de los partidos y grupos. Para generar un ámbito democrático de discusión.

En última instancia se trata de aprovechar el impulso que emana del aire fresco proveniente de los procesos reales en curso, tratando de no caer en las turbulencias de las viejas tempestades.

[1] En este punto me remito a los trabajos de Claudio Katz: “Burguesías imaginarias y existentes” y “¿Un gobierno en disputa?” publicados en Enfoques Alternativos Nº21, Febrero 2004, y Nº 25, Agosto 2004

[2] Por un lado las tendencias crecientes por parte del imperialismo norteamericano al unilateralismo en las relaciones entre países y, como contraparte el liderazgo venezolano en América latina, sus fuertes alianzas con Cuba y sus propuestas de integración regional, la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA), opuestas al libre comercio del ALCA y de los acuerdos Unión Europea-MERCOSUR.Por el contrario los capitales colocados en los servicios públicos privatizados, por lo general con fuerte participación europea, requieren un dólar bajo -más ahora con la revaluación del euro-, para revalorizar en términos del dólar sus inversiones y favorecer el reembolso de capitales y la transferencia de utilidades a sus casa matrices. Paralelamente presionan por un incremento tarifario acorde con la evolución de los precios internos. Pero además estos sectores “no transables” - no están sometidos a la competencia internacional-dependen de la evolución del mercado interno, y junto con el resto de los sectores productivos y de servicios que colocan sus productos en el requieren una mayor demanda

[3] Desde los tiempos de la convertibilidad la paridad cambiaria se ha impuesto como el eje alrededor del cual se opera la distribución de los ingresos en el país.

Así la mayoría de las disputas interburguesas están ligadas, directa o indirectamente, al tipo de cambio. Los sectores exportadores exigen mantener un dólar “competitivo” y cuando este se debilita, como en la actualidad, exigen bajar las retenciones a las superganancias, más aún cuando la baja de los precios internacionales de los granos reduce la rentabilidad del sector

[4] Desde hace dos años el consumo interno crece sin solución de continuidad, pero en toda la primera etapa estuvo impulsado por los sectores medios y altos, fundamentalmente del interior del país ligados a las actividades del campo. Actualmente con la caída de los precios internacionales y la merma de las rentabilidades este consumo comienza a lentificarse, de ahí la importancia para determinadas fracciones del capital y para la política del Gobierno Nacional del impulso, dentro de los límites ya mencionados, a la demanda proveniente de los asalariados y las clases subalternas

[5] Por su parte el IDEF-CTA señala que entre el 2001y 2004 el PBI creció casi un 20%, los salarios un 10% y las ganancias empresarias un 65%. La productividad del sector industrial creció un 13.4% en tanto que los salarios reales del sector lo hicieron el 3%

[6] Efectivamente los trabajadores no están solamente divididos entre ocupados, desocupados y pasivos. A los ocupados se los vuelve a dividir entre privados y públicos (es sabido que mientras a los primeros se les fueron otorgando pequeños aumentos, los segundos permanecen con sus salarios congelados); entre los públicos hay grandes diferencias entre nacionales y provinciales (y una gran dispersión entre las provincias); entre permanentes y contratados (estos carecen de muchos beneficios sociales); entre registrados (en blanco) y no registrados (en negro) (el salario promedio de los no registrados está en la mitad de los registrados). A su vez los trabajadores ocupados registrados del sector privado, sufren una fuerte dispersión salarial, ya que los mínimos de convenio siguen muy bajos, no obstante los últimos incrementos, mientras que las escalas han sido negociadas por empresa, se han incorporado las remuneraciones no bonificables, los vales de comida, los tickets canasta, etc, etc

[7] ¿Se trata de construir una coordinadora de las luchas o de promover un reagrupamiento antipatronal y antiburocrático? ¿Será una corriente de características clasistas o más bien una tendencia política de clase, expresión de un frente único de partidos y organizaciones sociales? ¿Deben construirse como oposición al interior de las centrales existentes o intentar construirse ellas mismas como una central alternativa? ¿Se trata de construir tendencias de clase al interior de las centrales existentes o de construir organismos paralelos? ¿Cómo pararse frente a los gobiernos de turno? ¿Qué política frente a fracciones combativas pero que no se definen por el anticapitalismo, o frente a las fracciones neoburocráticas o desprendimientos de la burocracia? Son estas apenas algunas de las cuestiones en disputa, que no siempre se expresan de la misma forma, pero que invariablemente siempre están presentes