¿Tienen alguna importancia los intelectuales?

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Definitivamente sí. La ausencia de crítica, la ausencia de espacios de reflexión fuera de las influencias del poder (medios de comunicación, política, estado, empresa privada), la ausencia de creatividad a nivel de las ideas empobrece a cualquier sociedad. Este es nuestro caso. No existe crítica por el tremendo y enfermizo ambiente totalitario que se respira: todos deben cuidar sus puestos de trabajo y acomodarse a las circunstancias.

Mejor no ser sospechoso de terrorismo intelectual. Pero también no existe crítica porque los ambientes de dónde tienen que salir están politizados, por ejemplo las universidades. Sobre todo las públicas, donde el festín por el juego político ha empobrecido dramáticamente la generación de crítica, es decir de ideas y sospechas nuevas. Verdaderas logias organizadas se han dado a la tarea de acomodar "a su gente" en función de medrar al estado, convirtiendo en una manera de vivir a las casas "superiores de estudio".

Pero sin desviarnos del asunto, los intelectuales son necesarios para bien y para mal. La producción de ideas y la crítica misma probablemente sean más importantes que la producción económica.

La tentación del Poder

Una de las tragedias clásicas de aquellos intelectuales en proceso es que casi siempre terminan en las redes de la política, es decir del juego del poder, es decir de los oscuros juegos del cálculo político, de la falta de escrúpulos, de la degradación total de las ideas y la libertad de pensamiento. Pedestremente hablando: Carlos de Mesa. El ejemplo más didáctico de esta solemnidad de la tentación por el poder. Y muchísimos más que terminan embarrados por este drama. Quizás muestra también de la debilidad de este estamento, de la falta de coherencia y físico intelectual.

Nuestra débil clase media (clase a medias diría Zavaleta), no termina por entender su papel en la sociedad: sin identidad y autoestima, a lo sumo plagia o copia modelitos ajenos a nuestra realidad que de manera burda y grotesca intenta conjugar, e imponer, sin tener una lectura clara de la sociedad. Y entonces todos los fracasos posibles. Y entonces todas las excusas posibles. Por tanto los resultados están a la vista: no se producen intelectuales, sino gente entrenada para el consumo y autómatas modernistas.

El juego del poder ha destruido a toda una generación que prometía bastante.

El fracaso histórico de las clases medias (colegios particulares, miristas, comunistas, eneferistas, etc) en Bolivia es evidente: no existe ningún proyecto y personalidad como clase. A lo sumo tinterillos altoperuano que sirven para justificar panfletos coyunturales y de crónica roja.

La urgencia del papel de los intelectuales

Es verdad que las publicaciones de libros han crecido, y que la variedad de investigaciones nos muestran gestos positivos; pero todavía está ausente el ejercicio de la crítica. Nuestras entregas de libros son más reuniones de relaciones públicas, donde los gurus de la sabiduría se alaban de todo y no espacios de crítica profunda.

Ya decía Javier Medina: el intelectual no debe, no tiene que estar comprometido con el poder, ni con cualquier proceso que implique la muerte de la libertad de pensamiento. La creación requiere de libertad absoluta. El intelectual debe comprometerse con la verdad y consigo mismo. La soledad es una condición básica; pero necesaria en la creación y generación de crítica.

Es cierto que probablemente sea una vocación.

Los procesos sociales que vivimos nos exigen también de la necesidad de los intelectuales, de su tarea, de su mística y compromiso abierto con las ideas. Dejémosles espacios e intentemos generar corrientes realmente renovadoras, por el bien de la sobrevivencia cultural, por la salud mental de nuestras sociedades, por el enriquecimiento de nuestros sistemas educativos, cada vez más en la lógica trágica del mercado, por el conjunto de nuestras culturas, en fin para combatir a este reino de la confusión y mediocridad modernista.

Adital