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La Historia conoce bien la opinión de los Occidentales sobre Stalin pero Occidente no conoce la opinión que tenía Stalin sobre los Aliados y los intereses de éstos fijados en la Alemania vencida. En las foto Stalin rodeado de los principales dirigentes revolucionarios soviéticos de la época.

La objetividad surge de la comparación y de un estricto ajuste entre las causas y las consecuencias. La violencia es un mal, si no se trata de la autodefensa. ¿Y cómo debe enfocarse la agresión apuntada a conquistar y subyugar a pueblos enteros? Como un mal mil veces mayor.

El 22 de junio de 1941, Hitler comenzó su «auténtica guerra». El plan de librar guerra contra la Unión Soviética fue formulado por él del modo siguiente: «erradicación del bolchevismo judío, disminución en diez veces de la población eslava, saqueo y colonización de las provincias conquistadas».

¿Cuánto costó la agresión hitleriana a la Unión Soviética?

Segó 27 millones 600 mil vidas. Las pérdidas entre los heridos, traumatizados y enfermos excedieron 30 millones. De 7 a 10 millones de soviéticos fueron llevados por fuerza a Alemania para trabajar allí como galeotes. De ellos perecieron 1,5 millones de personas, como mínimo. Murieron dos terceras partes de los soldados y oficiales que fueron tomados prisioneros por los alemanes.

La nación, a la que el Tribunal Internacional reconoció culpable por haber provocado una catástrofe de escala planetaria, fue castigada convencionalmente. Lo que antes era un hecho poco frecuente. Pero Alemania habría podido sufrir aún menores pérdidas, si no hubiese sido por las democracias occidentales y sus partidarios alemanes.

A finales de marzo de 1945, Stalin volvió a confirmar la posición que había formulado el 6 de noviembre de 1941: «Los hitler vienen y se van, pero Alemania y el pueblo alemán quedan».

En la Conferencia de Potsdam, él propuso a Truman y Churchill tratar a Alemania como a un todo único. Los estadounidenses y los ingleses bloquearon esa propuesta, absteniéndose de hacer públicos sus planes de dividir Alemania en 3 ó 5 Estados independientes y aceptando enfocarla sólo como una comunidad económica única...

Los franceses se unieron a las decisiones tomadas en Potsdam con la salvedad de no aceptar la orientación a conservar la unidad alemana. Los ingleses en secreto le hacían el juego a De Gaulle. Truman estuvo a la espera durante un tiempo, pensando en qué puerto anclar. Ello repercutió en la actividad de su Administración.

El secretario de Estado, Beerns, durante las negociaciones sostenidas en Moscú en diciembre de 1945, alcanzó la comprensión mutua con dirigentes soviéticos en casi todos los puntos de la agenda...

Pero a los «extravíos» de Beerns y sus allegados fue puesto el fin el 5 de enero de 1946. Aquel día Truman citó al Secretario de Estado y desaprobó la posición que éste expuso en las negociaciones de Moscú. La esencia de la nueva línea de EE UU fue definida por el presidente del modo siguiente: nada de componendas, desde hoy día los acuerdos con la URSS deben concertarse sólo con el fin de fijar en ellos las concesiones que haga Moscú, dejando manos libres a Estados Unidos.

Propiamente dicho, el 5 de enero de 1946 fue la fecha de proclamación de la «Guerra Fría», la que tenía programada la división de Alemania, Europa y el mundo entero. La diplomacia nuclear o, más ampliamente dicho, la democracia nuclear se impuso por medio siglo.

Moscú no aceptó de entrada las nuevas reglas de la coexistencia que dictaba Washington. Durante años Stalin siguió insistiendo en que la escisión de Alemania no correspondía a los intereses estratégicos de la URSS, que la tarea de las fuerzas antifascistas consistía en llevar a cabo la revolución democrática burguesa de 1848, interrumpida por Bismarck e Hitler. Y nada de copiar el ejemplo soviético.

La URSS proponía que las tres potencias organizaran en pie de una ley única elecciones libres en Alemania con el fin de formar su Gobierno. Moscú dirigió la propuesta de celebrar allí un referéndum, para que los propios alemanes determinasen qué sistema socio-económicos preferían ellos y cómo querían ver el futuro estatuto político de su país. El secretario de Estado, George Marshall, respondió a ello: EEUU no tiene fundamentos para confiar en la voluntad democrática de los alemanes.

Moscú en más de una ocasión proponía celebrar conversaciones con participación de la parte alemana sobre el arreglo político en Alemania, en que se previera el cese de la ocupación y la retirada de todas las tropas extranjeras en plazos mínimos. Pero también estas iniciativas fueron rechazadas por Occidente.

La hora de la verdad llegó en marzo de 1947, con la publicación del «informe de Hoover», en el que se trató abiertamente de la desmembración de Alemania y el cese del cumplimiento en las zonas occidentales de las decisiones de la Conferencia de Potsdam y del Consejo Controlador.

Alemania y Europa entraban en una fase cualitativamente nueva de la existencia. La política adquirió la forma de continuación de la guerra con medios distintos.

¿Qué opción le quedaba a la Unión Soviética en tal situación? Hasta verano o otoño de 1947, la URSS se abstenía de promover a sus protegidos a primeros puestos en Checoeslovaquia, Hungría y Rumania, no intensificaba las purgas en la Administración de Polonia y procuraba mitigar con la ayuda de amigos el descontento social que venía madurando en Francia, Italia y Gran Bretaña. Pero al enterarse de los planes de Washington, Stalin decidió contestar al reto lanzado, mas de nuevo hizo una salvedad para Alemania.

Una vez instituida la República Federativa de Alemania y formada en respuesta a ello la República Democrática de Alemania, también el líder soviético le confirmó a Wilhelm Pieck, que no se retiraba de la agenda la tarea de recrear en Alemania algo parecido a la República de Weimar.

Occidente sacrificó la liberación a la confrontación. Y lo hizo no porque la URSS amenazara a alguien. La explicación era más fácil y más alarmante a la vez: los pretendientes a la hegemonía siempre se sienten incómodos en compañía de sus iguales.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)