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Esta es una historia tan cinematográfica que podríamos contarla como si fuera un guión. Del cine tiene el paso, la dramaturgia, los tiempos, la verdad oficial contra la necesidad de ir más allá. Hasta el guión tendrá omisiones, agujeros negros, personajes que quedan en la sombra, y el final dejará un sabor amargo al lector. La primera escena tiene los colores de la tierra de una Bagdad que anochece. En un auto una mujer menuda, con los ojos vendados.

El campo se agranda y entra un cincuentón elegante, con bigotes, algo en la mirada que lo hace agradable. Golpea gentilmente al vidrio: "Giuliana, Giuliana, soy Nicola, estás libre, ya pasó". Nicola es un 007 importante, Giuliana es una periodista pacifista. No se conocen pero se reconocen. Se abrazan y ya están corriendo lejos de esta guerra. Segunda escena. Roma, un gran edificio renacentista iluminado en sus mil ventanas. Un señor rico, jefe de un gobierno belicista, ministros, el jefe de los servicios secretos, el marido y el director de la periodista pacifista. La escena no es ritual, la familiaridad extraña. Brindan, se felicitan, festejan como si fueran amigos.

La pantalla se vuelve oscura. A 700 metros del aeropuerto de Bagdad, el auto se acerca lentamente. Un relámpago en la noche e inmediatamente una, dos, diez ráfagas de ametralladoras. El Nicola que aprendimos a querer dos fotogramas atrás, el Nicola que un segundo antes aún hace chistes y está feliz, se desploma sobre Giuliana, herida a la vez, suspira y muere. El chofer grita, intenta comunicarse con Roma. El auto es rodeado por marinos estadounidenses. Les quitan los celulares a los sobrevivientes. Y al muerto. Los apagan y los guardan sigilosamente.

Roma. El jefe de los servicios repite paso a paso lo que le gritan al teléfono. Nos asaltaron. Nicola está muerto. Yo estoy herido. Me apuntan con el fusil. La señora está mal pero me impiden acercarme. Clic. La llamada se corta. El señor rico, el jefe de gobierno belicista, empalidece. El marido de la señora enronquece, rompe esa familiaridad artificial y le grita: "¡Esta es tu guerra!".

Epílogo; seis meses después. Un tribunal militar en Virginia del Oeste. Ingresa a la corte y el cabo John Smith -o más probablemente Pepito Ramírez- la cara llena de granos, se levanta. Es el único imputado. El juez lo condena a seis meses de cárcel y lo degrada, por negligencia. Misión cumplida.

Guerra Sucia En Bagdad

Nicola es Nicola Calipari, y no es un muerto cualquiera. Es el número dos de los servicios italianos, el sismi, el jefe de las operaciones internacionales. El Sismi tiene una historia siniestra como la mayoría de los servicios secretos atlantista, pero él es un hombre nuevo. Lo atestigua la solidaridad y las demostraciones de estima, ni esperadas ni obligatorias, de asociaciones de inmigrados que trabajaron con él.

Giuliana Sgrena, 57 años, hija de un partisano que liberó Italia del nazifascismo, es periodista de guerra del Manifesto, diario importante en la historia de la izquierda italiana y tiene una vida de experiencia entre Argel, Bagdad, Kabul. La habían secuestrado mientras investigaba sobre la masacre de Falluja. Nicola Calipari es probablemente el cadáver más importante que la guerra estadounidense en Irak ha dejado, junto al de Sergio Vieira de Mello, el enviado especial de la onu, muerto en agosto de 2003.

Y un hombre clave como Nicola Calipari, difícilmente muere de casualidad tanto que es necesario intentar poner algunos puntos firmes en esta historia de espías, rehenes, gatillo fácil, armas químicas y libertad de prensa. Antes que nada un homicidio no es un incidente. Puede ser preterintencional pero si hay un muerto es un homicidio. Sin embargo, tanto para el gobierno italiano como para el estadounidense ha sido un incidente.

Es la verdad "oficial" desde el primer instante y que se mantendrá. Las diferencias y la atribución de responsabilidades entre aliados son matices que toman importancia sólo por el clamor mundial del caso. Y es un caso tan explosivo que Washington, por primera vez en la historia, accedió a admitir miembros extranjeros en una comisión de investigación sobre crímenes cometidos por sus ciudadanos. Los miembros italianos no tendrán ningún poder concreto, ni querrán ir más allá de la verdad oficial, pero para los Estados Unidos que rechazan el Tribunal Penal Internacional es una abertura que atestigua la inviabilidad a largo plazo del unilateralismo. Decir que los chicos estaban nerviosos, cansados, asustados, no fue suficiente.

El cuarto hombre

Calipari conoce perfectamente Bagdad así como su chofer, jefe local del sismi. El 4 de marzo llega a las 16.30 desde Abu Dhabi donde ha pagado el rescate ("vía diplomática" le dicen), entre seis y ocho millones de dólares. El pagar rescates es algo que se hace pero no se dice en la ideología de la "justicia infinita". Calipari obtiene del jefe de la cia el pase y comunica que volverán en unas horas con un ciudadano italiano sin pasaporte, omitiendo su identidad. Este tipo de operaciones son encubiertas hasta entre aliados. Recupera a la rehén y menos de una hora después está muerto.

En las versiones oficiales, Calipari es acompañado por sólo el chofer. En la noche y el día siguiente todos hablan de un tercer hombre, herido de gravedad, que ha quedado en Bagdad. De él habla incluso Silvio Berlusconi cuando en la noche convoca al embajador estadounidense y con palabras inesperadamente duras, exige explicaciones. Desde el domingo 6, imprevistamente, el cuarto ocupante del auto desaparece. Washington nunca lo nombra, el gobierno italiano desmiente, Giuliana Sgrena niega, el anónimo chofer niega. Los fiscales italianos no creen en las desmentidas y lo están buscando con una investigación especial. Quién era el cuarto hombre? Por qué se niega su existencia? ¿Era otro agente del sismi o era un pasajero más, quizás un iraquí que Calipari hubiese aceptado hacer salir del país? ¿Su existencia es un detalle menor o es la clave de todo?

La versión del gobierno italiano -es decir, la versión oficial italiana- desmiente en muchos puntos la -versión oficial- estadounidense: no había cuarto hombre. La velocidad del auto nunca superó los 40 kilómetros por hora. Calipari hubiese informado correctamente a los servicios estadounidenses. Las balas, que para Giuliana Sgrena son unas 400 (número cinéfilo como los "400 coups" de Françoise Truffaut), para la Casa Blanca son apenas ocho (número western para seguir la metáfora cinematográfica) pero en ráfagas que para el gobierno italiano duran unos quince interminables segundos.

Politica de los secuestros

Si la verdad oficial nos cuenta un Irak donde los marinos están autorizados a matar por nada y ya son miles los iraquíes asesinados en la calle, las verdades que no se cuentan van en otra dirección. El blanco era capturar el cuarto hombre? O era la molesta periodista pacifista que pretendía reportear de las víctimas del Napalm en Falluja? O era la política de negociación con la resistencia representada por Nicola Calipari? Hay dos culturas que se chocan. De un lado una cultura anglosajona (y rusa) para la cual lo principal es capturar a los secuestradores. Otra, italo-franco-japonesa-indonesia, prioriza la vida de los rehenes. "Todos saben que Estados Unidos no quiere tratativas sobre los rehenes", afirma Sgrena.

Italianos y franceses pagan y mucho. Para John Negroponte e Iyad Allawi la prioridad es la aniquilación de los secuestradores. Si en el caso italiano Estados Unidos no colabora, en el caso francés obstaculiza abiertamente. Nicola Calipari era probablemente el mayor negociador entre occidentales y guerrilla y tenía una red de contactos extendida. La desaparición de su celular por mano del comando estadounidense es un detalle fundamental.

Bagdad Adios

Hay secuestros que chillan. Ríspidos, inexplicables y que parecen ser parte de otra guerra paralela. Son los casos de los periodistas y pacifistas, todos franceses y italianos. Christian Chesnot, Georges Malbrunot, Florence Aubenas, que después de un dramático video sigue desaparecida. Enzo Baldoni, asesinado, las cooperantes Simona Pari y Simona Torretta, Giuliana Sgrena. Casi todos, empezando por Sgrena y Aubenas estaban trabajando sobre Falluja y el uso de armas prohibidas, como el napalm, o las bombas de fragmentación.

Es la guerra sucia que no hay que contar mientras los periodistas oficialistas, desde los hoteles de la zona verde, cuentan los éxitos de la flamante democracia iraquí. El conjunto de estos casos ha favorecido objetivamente uno de los desenlaces más preocupantes desde la invasión estadounidense: la salida de todos los reporteros independientes.

Chesnot y Sgrena afirman que no hay que volver. Sgrena ha escrito ensayos sobre la necesidad de seguir documentando y sin embargo ahora afirma que no merece la pena si los iraquíes ya no pueden distinguirnos de quien los está matando. Es una de las dos posibles explicaciones de tantos secuestros de pacifistas de parte de la guerrilla. La otra lleva directamente a la guerra sucia en Centroamérica y al siniestro nombre de John Negroponte que tanto entonces como ahora es plenipotenciario del gobierno estadounidense.

Chesnot y Malbrunot cuentan que su liberación tuvo que escapar de un ataque de helicópteros estadounidenses. Torretta y Sgrena cuentan que fueron avisadas por los secuestradores que los ocupantes hubiesen intentado matarlas. Torretta cuenta su liberación también como una fuga desde los marinos y Nicola Calipari, para hacer salir Giuliana Sgrena, no encontró mejor solución que huir al aeropuerto.

Todos cuentan detalles sobre obstaculos y amenazas puestos por los estadounidenses a sus liberaciones y, más allá de los secuestros, son más de 60 los periodistas independientes que murieron desde el 2003 en Irak. Eason Jordan, durante 23 años director de la cnn, en febrero en Davos ha declarado impunemente que al menos doce periodistas han sido asesinados deliberadamente por las tropas estadounidenses. Ha sido la última advertencia mafiosa: ya no queda nadie.