JPEG - 13.5 KB
La Plaza Roja y el Kremlin, Moscú.

Da la impresión de que la celebración en Moscú del 60 aniversario de la Victoria sobre el nazismo puede devenir un nuevo punto de partida en el debate sobre el lugar que le corresponde ocupar a Rusia en el mundo contemporáneo. Las cartas que George Bush había dirigido a Vaira Vike-Freiberga y su homólogo estonio, así como el llamamiento del vicepresidente de la Comisión Europea, Günter Verheugen, a que Rusia reconozca el hecho de haber ocupado los países bálticos fueron recibidos con entusiasmo por los políticos nacionalistas no sólo de éstos últimos.

En Georgia, donde acaban de recibir a Bush, el presidente Saakashvili ha manifestado que, a diferencia del presidente estadounidense, los secretarios generales soviéticos visitaban la Georgia ocupada como una colonia de ellos, con fines de inspección, por así decirlo. No nos asombra mucho tal punto de vista, pero el hecho de coincidir tales manifestaciones con la visita del presidente estadounidense y su tono abiertamente agresivo hacen suponer que no tenemos que ver con un natural enfoque nuevo de la Historia, sino con una planificada campaña de ejercer presión sobre Rusia.

Esa campaña descansa sobre dos tesis fundamentales: la agresividad propia de Rusia desde siempre y su esencia no democrática. La primera tesis ni merece ser debatida. Por supuesto, Rusia combatió, anexando e incorporando a Estados y pueblos independientes. Pero en este sentido ella no difiere en nada de Francia, Inglaterra, Alemania y otros muchos países europeos y no europeos.

Conviene hacer recordar que los imperios francés y británico se deshicieron ante nuestros ojos en el período postbélico. El imperio ruso, que renació en forma de la URSS, existió durante un tiempo un poco mayor y se desmoronó no a consecuencia de unas guerras de liberación nacional, imposibles de librar para una metrópoli, sino como consecuencia de una profunda transformación cultural. Además, los ciudadanos de toda la Unión Soviética gozaban dentro de aquel «imperio» de los mismos derechos que la «nación imperial». ¿Y qué era la «nación imperial»?

Saakashvili, quien ve en los secretarios generales a ocupantes, debería tener presente que de los 70 años que Georgia figuró dentro de la URSS, durante 31 ese puesto lo ocupaba un georgiano y que dentro de la burocracia soviética a los georgianos les correspondía un número desproporcionalmente grande. Además, a Georgia la devolvieron al seno de la heredera del Imperio ruso, la URSS, Stalin y Ordzhonikidze, unos representantes de la «nación imperial».

Sería absurdo, por supuesto, acusar a los alienígenas de la ocupación de Rusia y el genocidio practicado contra el pueblo ruso, como lo suelen hacer los nacionalistas rusos radicales, pero tampoco se debe olvidar que dentro de las sociedades de los Estados que acaban de separarse de Rusia, tales como Georgia o Letonia, en aquella época existían fuerzas que aspiraban a seguir su camino histórico junto con Rusia.

En este sentido, no puede llamarse ocupación la adhesión de los países bálticos a la URSS. Personalmente, yo no puedo aplaudir los acontecimientos que llevaron a tal resultado. Pero desde el punto de vista jurídico se puede valorarlos de distintos modos: como una adhesión voluntaria o como una anexión, pero no hay fundamentos para interpretarlos como ocupación. Los ciudadanos de Letonia, Lituania y Estonia gozaban de los mismos derechos civiles que el resto de los ciudadanos de la URSS, además les correspondía un porcentaje bastante elevado dentro de la burocracia soviética, incluida la superior.

Por supuesto, es difícil hablar de la ciudadanía libremente elegida en un país en que se oprimían las principales libertades de ciudadano. Pero ese régimen no libre lo habían establecido juntos los soldados rusos, los intelectuales judíos, los efectivos de la Cheka de origen georgiano, los fusileros letones, etc., es decir todos cuantos se consideraban parte de un Estado único. Y ellos siguieron creyendo serlo hasta después de desplomarse éste, y precisamente ellos contribuyeron a recuperar la unidad del Estado en las formas que estaban al alcance de su comprensión. Se puede apelar cuanto se quiera a las normas internacionales de la actualidad, mas no se puede extenderlas al pasado: allí no regían tales normas.

La entrada de las tropas soviéticas en los países bálticos estuvo mucho mejor fundamentada en lo jurídico y lo político que, por ejemplo, el envío de unidades a Kosovo o Irak. El establecimiento de la «democracia» en Irak o el desmembramiento de Yugoslavia tuvieron tras sí fundamentos de un peso mucho menor que la «instalación del poder soviético» en los países bálticos. La diferencia consiste en que EEUU es un país fuerte y puede atribuirse el papel de «democratizador», estimulando a otros a dar valoraciones negativas de Rusia. Ésta, a su vez, retrocede paso por paso y parece ser incapaz de defender su prestigio, lo que permite seguir presionando sobre ella y ganar puntos en la lucha geopolítica.

Pero la política de «doble rasero» suele volver cual un bumerang, cayendo encima a quienes la utilizan, y dentro de poco EEUU va a cosechar aquello que está sembrando hoy día. Cuando los políticos estadounidenses están hablando de la «imposición del comunismo», deberían recordar que precisamente EEUU y Gran Bretaña, de acuerdo con el Tratado de Paz firmado en Yalta, le cedieron a Europa del Este a la Unión Soviética.

En la zona supeditada a ellos, ellos establecían un orden que les parecía conveniente. Era un orden relativamente democrático: en todos los países del eje nazi - Alemania Occidental, Italia y el Japón - se implantó el sistema seudopluripartidista. Y nadie tenía dudas respecto al régimen que iba a imponer la URSS. Y cuando ellos hablan de la falta de la libertad que existía en Europa del Este, deben reconocer honestamente que ellos compraron su propia libertad a precio de la libertad de otros.

Si ellos dicen que el régimen ruso está lejano de la democracia, deberán recordar que precisamente ese régimen EEUU lo apoyó en octubre de 1993. Si EEUU califica a Georgia de «joven democracia», debe darse cuenta de que la Georgia de Saakashvili es mucho menos democrática de lo que era la Georgia de Shevardnadze, no importan las actitudes que se tengan hacia él. Cuando unos dicen que Sheevardnadze era un «político pro-ruso» es para morirse de risa.

Y cuando el presidente Bush se dirige a Riga para oponer el régimen democrático de la nueva Letonia a la democracia manejada de Rusia, debería tener presente que centenares de miles de ciudadanos de Letonia están privados del derecho a tener la carta de ciudadanía y que a los niños de ellos se les quita la posibilidad de estudiar en su idioma natal, derecho que se reconoce en todas las democracias modernas. Riga no es un lugar apropiado para oponerle a una democracia limitada otra democracia, más plena.

Estoy lejos de pensar que la incorporación de los países bálticos a la URSS haya sido un bien y haya traído felicidad y bienestar a sus ciudadanos. Como uno de los fundadores de la sociedad «Memorial» conozco bien los incalculables sufrimientos que tuvieron que soportar los pueblos de Letonia, Lituania y Estonia como resultado del establecimiento del poder soviético.

Su destino merece que se exprese lamentación, pero no que se tramen especulaciones políticas en torno a ello. Sesenta años transcurridos después de la guerra es mucho tiempo. Es un tiempo suficiente no sólo para celebrar con pompa la Victoria, sino también para llegar a la reconciliación y el perdón mutuo.

¿Acaso a los alemanes les era más fácil reconsiderar la época del nazismo que a nosotros la del estalinismo? ¿Acaso los habitantes del Este de Europa eran enemigos más grandes entre sí que los alemanes y los franceses? ¿Acaso a los alemanes y los franceses les era más fácil perdonar los unos a los otros y sentar base para una Europa unida que a los rusos y los ucranios, a los rusos y los letones, que nunca han conocido aquella secular enemistad que separaba entre sí a los pueblos en el Oeste de Europa?

Sí, nuestras heridas todavía no se han cicatrizado del todo. Nosotros todavía no hemos recorrido el camino de penitencia, ni Rusia ni los países limítrofes tampoco. Para hacerlo se necesita tiempo. Las humillaciones a que nos quieren someter sólo son trabas en ese camino. Los intentos de quitarnos el papel que la URSS desempeñó realmente en la Segunda Guerra Mundial solamente nos ultrajan, lejos de contribuir a la reconciliación.

Cuando unos políticos plantean que debemos pagar reparaciones por la ocupación, eso significa que ellos están lejos de aspirar a conseguir reconciliación. Y cuando un país poderoso estimula tal conducta, ello significa que lo hace con cierta intención oculta. Lo que es indigno de quienes pretenden desempeñar el papel de líder de la democracia. Mas no podemos esperar otra conducta: la política de doble rasero y el cinismo han arraigado demasiado en nuestra realidad.

Y precisamente por esta razón debemos estar al nivel del reto moral que nos lanza la actualidad. Los ataques a Rusia no nos deben impedir reconsiderar nuestro pasado y hacer valerosas conclusiones de éste. Nada debe provocar exacerbación en nosotros. Tenemos que constituirnos en líderes de la reconciliación, de una reconciliación a escala de toda Europa. Sólo en tal caso podremos conservar el principal resultado de la Victoria: nuestra consistencia moral.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)