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Veteranas y veteranos rusos de la Segunda Guerra Mundial desfilando en la Plaza Roja el 9 de mayo 2005, en camiones de la época.
Foto Ria Novosti.

La celebración del 60 aniversario de la Victoria de los aliados sobre la Alemania nazi provocó reacciones contradictorias en Europa y el mundo. Se criticó especialmente el desfile militar organizado en la Plaza Roja, que transcurrió en medio de pentagramas rojos.

Pero es que los organizadores del espectáculo no han hecho más que reconstruir con exactitud el legendario desfile de la Victoria que se desarrolló en Moscú en 1945. En hacer una réplica del pasado se invirtieron respetables recursos. Se cosió el uniforme ya olvidado de los soldados y oficiales, se fabricaron armas de aquellos años: metralletas y fusiles (además, no unas vaciadas, sino capaces de disparar), capas-tiendas, cascos, gorros militares, palas de zapadores, morrales y marmitas.

Partiendo de los noticieros que se guardan en archivos, fue reconstruida minuciosamente la alienación de las unidades militares y el orden de marcha de las columnas. Se hicieron solamente dos excepciones: el ministro de Defensa iba en un automóvil descubierto, mientras que el mariscal Zhukov había pasado revista de las unidades montando un corcel blanco, y al pie del mausoleo no fueron arrojados estandartes y banderas del Ejército alemán vencido.

Nadie se proponía el objetivo de amenazar ni blandir armas.

Era una fiesta luminosa organizada en honor a Niké, diosa de la victoria, pero no un espectáculo lúgubre en espíritu de las manifestaciones de Nurembergo. Por algo la primera reacción del público fue la de júbilo: los líderes de la democracia mundial aplaudían con igual entusiasmo que sus vecinos de la tribuna, a los que los medios noticiosos por unanimidad llaman tiranos.

A diferencia de aquellos políticos que vieron agresión en el desfile, la comunidad cultural acogió las solemnidades organizadas en Moscú en primer lugar como un espectáculo teatral y una reconstrucción de la época pasada.

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Ese espíritu de reconstrucción estuvo presente también en Londres, donde en el marco del acto llamado "Cinemafonía" fue presentada al público la famosa Séptima Sinfonía, de Dmitri Shostakovich. El compositor la creó en el Leningrado sitiado. En una inmensa pantalla se sucedían secuencias de documentales de la época de guerra, al son de la Sinfonía. Dirigió la orquesta el hijo del Maestro, Maxim Shostakovich.

Así transcurrió el acto de homenaje y recuerdo en Londres.

En otro extremo del mundo, en China, se estrenó el serial televisado chino «Los amaneceres aquí son tranquilos», según la novela del escritor ruso Boris Vasiliev. Todos los papeles fueron interpretados por actores chinos, pero el rodaje se desarrolló en Rusia. La historia del enfrentamiento desesperado de un pelotón femenino con el adversario en ofensiva y la muerte de las muchachas ha despertado en China desbordantes emociones. Anteriormente, gozó de mucho éxito la adaptación cinematográfica de otra novela rusa: «Cómo se templó el acero».

Tanto en Londres como en Pekín no se aplaudieron la agresión ni el fanatismo, sino el carácter abnegado de los rusos, dispuestos a recorrer su vía crucis en aras del triunfo de los ideales de la justicia. La gente ve en esa disposición a sacrificarse una protesta contra la filosofía egoísta de nuestra época, con sus ideales de confort y consumismo.

Hace unos días, el Museo Guggenhaim de Nueva York anunció que en otoño en sus salas se inaugurará una inmensa exposición del arte ruso de las colecciones del Ermitage y la Galería Tretiakov. Es un eco cultural más de la celebración de la Victoria.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)