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Veteranos de la Segunda Guerra Mundial en una cena de camadería, Rusia.
Foto Lafayette Edu.

Sucede algo inverosímil: en la parte europea de Rusia, allí donde se libraban combates de la Gran Guerra Patria (Segunda Guerra Mundial), hasta hoy día se encuentran huesos humanos sin enterrar. «La guerra envejece como el ser humano: los años cambian su semblante, acallan pasiones, sólo queda un sagrado recuerdo», dice el veterano de guerra Piotr Dunaev, coronel retirado e historiador militar.

Ya no importa de qué nacionalidad eran aquellos a que pertenecían esos huesos: rusos o alemanes, dice él, aduciendo una línea de las crónicas antiguas rusas «El cantar de las huestes de Igor»: «Los muertos ignoran la vergüenza», y corrobora esa idea citando también al gran jefe militar ruso Alexander Suvorov, quien decía: «La guerra puede darse por concluida sólo cuando esté enterrado el último soldado». Desde este punto de vista, profundamente moral, la guerra todavía no está terminada, sostiene el veterano.

Mucho antes de empezar los festejos por el 60 aniversario de la Victoria sobre el nazismo, el presidente Vladimir Putin dio varios importantes encargos: primero, entregar las condecoraciones «extraviadas» a los héroes o a sus descendientes (los hubo más de un millón), y segundo, hacer lo máximo para enterrar los restos mortales de los caídos, rindiéndoles honores debidamente. Un foráneo puede llegar a creer que los rusos tratan sin respeto a los muertos. Mas ello no es así. No existe pueblo que no incline la cabeza ante el Misterio de la Muerte. Durante los 60 años transcurridos desde la Victoria, se hacía bastante para «reunir los huesos diseminados por la guerra».

Hicieron su aporte a ello, en primer lugar, los escolares y estudiantes. Precisamente en el medio juvenil surgió el movimiento de «grupos de búsqueda», que tienen diversos nombres. Esos grupos actuaron a lo largo de todo el período de postguerra y funcionan hasta hoy día.

Restos mortales de muchos combatientes fueron encontrados en bosques, ciénagas y otros lugares, donde se desarrollaron cruentos combates. Piotr Borisov, de 14 años, que tomó parte en las excavaciones efectuadas en el Campo de Projorovka, donde se libró una batalla sin precedentes de unidades de carros blindados, dice que los muchachos encontraban osamentas fundidas con metal.

«Los pueblos de la Unión Soviética pagaron un precio increíble en la lucha contra la "peste parda" del siglo XX: 27 millones de muertos. ¡Multiplíquenlo por 5 litros de sangre que hay en cada ser humano!», dice Piotr Dunaev. Otro veterano, Boris Nevzorov, colaborador del Instituto de Historia Militar del Ministerio de Defensa de Rusia, ha concretado que entre estos 27 millones, a los soldados y los oficiales les correspondía un poco más de 8 millones, y el resto era la población civil.

«Nuestro país nunca antes habrá recibido tanto amor, sincero y caluroso, por parte de su pueblo como en los 4 años que duró la Gran Guerra Patria. Dicen que para comprender el auténtico valor de algún objeto, hay que imaginarse haberlo perdido. Los nazis querían quitarnos la Patria, y todo el mundo se precipitó a defenderla», escribió la alumna de 13 años Vera Shuvalova, de Nizhnevartovsk, en su composición dedicada al 60 aniversario de la Victoria. En el razonamiento de la chica hay mucha madurez.

Casi esta misma idea la expresa el veterano de 83 años Alexander Sitsev, Héroe de la Unión Soviética, participante de muchas batallas históricas reflejadas en manuales del arte militar: la de Moscú, la de Stalingrado, la del arco de Kursk y la de Berlín: «A lo largo de toda la guerra en nosotros literalmente ardía el amor a la Patria. Aquel "rayo láser" del patriotismo incineró al enemigo».

Alexander Voloschenko, participante de todos los desfiles de postguerra, recuerda en detalles el día, en que su pelotón formado de soldados de 18 a 20 años de edad, al mando de un alférez coetáneo de ellos, ocupó posiciones cerca de la aldea de Kriukovo, a 28 kilómetros de Moscú. «Cuando aparecieron los carros blindados alemanes, nos abrazamos y nos despedimos mutuamente, diciendo todos las mismas palabras: "¡Por Moscú, por la Patria!"»

Después de la guerra, sobre aquello fue escrita una buena canción llamada «Aquel pelotón caído en Kriukovo». De todos quedó con vida sólo uno, era el soldado Voloschenko. El veterano recibió la invitación a participar en su 60 desfile de la Victoria. En un bolsillo de su guerrera por si acaso va a estar «validol» (remedio para los enfermos del corazón), pues él tiene una friolera de 84 años.

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Estampilla soviética de la época conmemorando la artillería del Ejército Rojo.

Según el historiador Boris Nevzorov, la batalla de Moscú de otoño e invierno de 1941, con la que fue enterrado el «blitzkrieg» nazi, es una de las más grandes tanto de la Segunda Guerra Mundial como de todas las guerras que hubo en el planeta. Precisamente la batalla de Moscú llegó a ser el momento crucial en la atroz conflagración bélica del siglo XX.

Verdad que los historiadores occidentales son de otro parecer, calificando de crucial a la batalla de El Alamein (Egipto), donde el Octavo Ejército de Gran Bretaña asestó un golpe demoledor a las tropas italo-alemanas. Pero en esa batalla participaron 23 veces menos efectivos que en la de Moscú.

Al interpretar la eventual toma de Moscú como la derrota de toda la URSS y la eliminación del último obstáculo que quedaba en el camino hacia la imposición del dominio mundial, Hitler gestaba planes de conquistar la región del Mediterráneo y Oriente Próximo.

«Al empezar la guerra, en la calle central de Moscú (hoy día llamada Tverskaya) apareció el famoso cartel "La Madre Patria clama", que no dejaba indiferente a nadie. En días contados lo reprodujeron en miles de ejemplares y pegaron en todas las ciudades y aldeas. Junto con otras muchachas que acababan de terminar sus estudios de secundaria, me alisté en las milicias populares, diciendo tener más edad de lo que tenía en realidad», cuenta Lidia Bulatova, quien atendía piezas antiaéreas.

«Las mujeres en guerra era el cuadro más horrible que vi en mi vida. La guerra no es para sus tiernas manos, frágiles hombros y susceptibles corazones. Pero a pesar de eso, ellas combatían heroicamente. Me siento orgulloso de haber servido en el mismo regimiento que Manshuk Mamedova, Heroína de la Unión Soviética...

...Antes de comenzar la guerra, Manshuk había estudiado durante dos años en el Instituto de Medicina de Alma Ata, pero quería pelear en la línea delantera, con armas en mano. Al encontrarme con ella, yo siempre le decía: Ten cuidado, Manshuk, los alemanes te están dando caza. Ella me respondía: Quedaré con vida, haciendo con la mano un ademán despreocupado. Pero la bala alemana la alcanzó. El pueblo no olvida a su heroína...

...En Kazajstán, que es su patria, transité por una calle que lleva su nombre, vi el monte "Manshuk". También en Rusia esta perpetuado el nombre de ella. Le erigieron monumento en Nevel, ciudad donde ella pereció y donde descansan sus restos mortales. Niños y veteranos llevan allá sus ofrendas florales», dice Piotr Dunaev. Después de terminada la guerra, Piotr sirvió en Baikonur (Kazajstán).

Cuando fue realizado felizmente el primer vuelo espacial, él, un mayor en aquel entonces, recogió todo un saco de tulipanes esteparios y salió en vuelo a Nevel. Allí en una aldea cercana vivía su madre. «Le entregué un ramo a mi madre, y las demás flores las llevé a la tumba de Manshuk. De noche soñé con ella: la vi apretar mis flores contra su pecho...», dice el veterano.

El ingeniero moscovita E. Salamov, osetio de nacionalidad, cuenta otro caso sorprendente. «Mi padre se fue al frente voluntariamente, sin esperar ser llamado a filas. Mi madre, Fatima, que tenía en aquel entonces 22 años, sin pensarlo mucho nos dejó a mí y mi hermana en un hogar infantil, y también se fue al frente, a la unidad donde combatía mi padre. En el regimiento los llamaban "Leila y Medzhnun"...

...El Azar quiso que ellos se salvasen del infierno de la guerra, ambos regresaron vivos, verdad que el padre quedó inválido. Recuerdo que de tiempo en tiempo la madre se sentaba a limpiar y pulir las condecoraciones de ellos, ella apreciaba especialmente su medalla "Por la intrepidez" y la consideraba su adorno más preciado», dice él.

La colosal energía del amor y de la fe en estar librando una guerra justa le ayudó al pueblo soviético a resistir en la atroz matanza del siglo XX.

Lo dicen todo los veteranos. "«Nadie pensaba en la confesión o la nacionalidad que tenían sus compañeros de lucha. Soy cristiano ortodoxo, pero debajo de mi guerrera había el mismo "talismán"- la chapa de hierro - que pendía del cuello de otros soldados: uzbecos, azerbaiyanos, georgianos, yakutos, adigueos, la cual tenía la forma de un casquete. Dentro se metía un papel en que estaban escritos el nombre, el apellido y el número de la unidad militar, arriba la cerraba herméticamente una tapa", dice el coronel Alexander Lebedintsev. Los "grupos de búsqueda" encuentran tales chapas hasta hoy día...

...En vísperas del 60 aniversario de la Victoria, en Rusia se han desplegado unos debates sin precedentes sobre el tema de la guerra. Algunos intentan probar que las horribles pérdidas sufridas "no estaban justificadas», que los jefes militares triunfadores, entre ellos tan famosos como Gueorgui Zhukov, Konstantin Rokossovski, Vasili Chuikov y otros, son culpables de haber librado guerra «con métodos crueles», se critica su «arte militar», etc.

Para el nuevo monumento a Stalin (creado por Zurab Tsereteli), el nombre de quien los soldados pronunciaban junto con la palabra «Patria», no se encuentra lugar en el país. Aceptaron colocarlo solamente en Volgogrado (ex Stalingrado).

Los jóvenes actuales se sienten confundidos cuando se les pide valorar ese gran acontecimiento en la Historia nacional. En la época soviética, la guerra se cubría con demasiado patetismo, se ensalzaban excesivamente las victorias alcanzadas, mientras que se silenciaban las derrotas que hubo y se mantenían en secreto los errores cometidos y otros hechos indecorosos.

En la escuela secundaria, el tema de la guerra suena como un viejo disco gastado, sin repercutir en los corazones de los niños. En el grupo donde estudia mi hija, un chico durante una lección de Historia dijo que "Stalin era un general del ejército de Suvorov". Después de ello, los demás niños y la maestra estuvieron riéndose durante todo el tiempo que quedaba hasta terminar la clase.

Muy a menudo a la joven generación no le interesa mucho saber: «¿Cómo alcanzamos la victoria?», ellos preguntan más a menudo: «¿Por qué los vencedores vivimos hoy día mucho peor que los vencidos?» Son preguntas difíciles de contestar, quizás pueda dar respuesta a ello la Historia de Rusia en su conjunto.

Decidí hacer esas preguntas al veterano Alexander Sitsev, quien participó en la toma de Berlín. Él anciano respondió a ambas con la misma frase impresionante: «Dios sabe cómo. ¡Somos Rusia!», luego de lo cual estuvimos riendo con él durante un largo tiempo, mientras que en su pecho estaban tintineando alegremente sus 29 condecoraciones - de oro, plata, bronce y esmalte - recibidas por todas las victorias alcanzadas durante la Segunda Guerra Mundial.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)