El 9 de mayo tuvieron lugar en Moscú las conmemoraciones por los 60 años de la victoria contra el nazismo [1]. Las celebraciones debían reunir a los dirigentes de todos los Estados beligerantes, pero los presidentes de Estonia, Lituania y Georgia rechazaron participar. Se trata de una nueva expresión de las tensiones internacionales en el área ex soviética en la que Rusia y los Estados Unidos se entregan a lo que Zbigniew Brzezinski ha calificado como nuevo «gran juego» y, en este juego, la historia, o más bien sus interpretaciones, ocupa un lugar privilegiado como factor de legitimación.
La prensa ha reportado estas polémicas históricas, sin embargo, son pocos los medios que precisan que los puntos de vista de cada cual no son sólo la expresión de su percepción de la Segunda Guerra Mundial, sino también de mitos que justifican estrategias actuales. Así, en los círculos atlantistas, es de buen tono enfatizar los crímenes estalinistas y el Pacto Germano-Soviético, mientras que los partidarios de una coalición París-Berlín-Moscú recuerdan la importancia del sacrificio del pueblo ruso durante la guerra contra el nazismo, subrayando que la dominación soviética no era comparable a la ocupación hitleriana.

George W. Bush explicitó su visión del conflicto mundial durante su visita a Letonia, la semana pasada. Para el presidente norteamericano, la Segunda Guerra Mundial fue resultado del Pacto Germano-Soviético firmado en detrimento de los Estados bálticos. A continuación, estos países se vieron bajo el yugo del estalinismo debido a los acuerdos de Yalta que representaron a su vez, a ojos de Bush, una renuncia vergonza para Estados Unidos. Sin embargo, Washington se percató rápidamente de su error y prosiguió la lucha por la democracia mediante la guerra fría. En definitiva, Estados Unidos triunfó en Europa con el hundimiento de la URSS y no tardará en vencer en el Medio Oriente estableciendo democracias en la región.

Esa relectura de los acontecimientos tiende a equiparar nazismo, comunismo e islamismo para exaltar mejor a Estados Unidos en el papel de combatiente por la libertad. Aprovecha, en primer lugar, la visión etnocéntrica de los europeos que interpretan la Segunda Guerra Mundial sin tomar en consideración sus prolongaciones orientales, desde la invasión de Manchuria en 1931. Por otra parte desdeña bastantes realidades europeas como la remilitarización de Renania, la guerra de España, el Anchluss y, sobre todo, la Conferencia de Munich y la destrucción de Checoslovaquia, así como la invasión de Albania. De esta forma, se sitúa el punto de partida de la guerra en el Pacto Molotov-Ribbentrop, mediante el cual la URSS y el Reich se repartieron Polonia, fingiendo ignorar que este Pacto respondía a los Acuerdos de Munich y al reparto de Checoslovaquia. Todas estas jugadas engañosas limpian a los países bálticos, hoy atlantistas, de todo tipo de colaboración con el Reich. También se caricaturiza la Conferencia de Yalta para desacreditar el principio del multilateralismo y minimizar el papel de Roosevelt, cuya política económica es la antítesis de la de George W. Bush, y se magnifica la voluntad de Truman de provocar la guerra fría para justificar mejor la actual guerra contra el terrorismo. Finalmente, la implosión de la URSS se presenta como una victoria militar de Estados Unidos que pone fin a la guerra fría y que sirve de advertencia a Vladimir Putin, a quien se considera tentado de restablecer el monstruo soviético.

La presidenta de Letonia, Vaira Vike-Freiberga, apoya de manera evidente ese mito en Der Tagesspiegel y luego, con algunos retoques en su argumentación, en el Washington Post y en el Gulf News. Afirma que Rusia no ha renunciado a honrar a Stalin mientras que su país habría aprendido a mirar de frente su pasado: Letonia no fue liberada en 1945, sino fue ocupada de nuevo, esta vez por los soviéticos. Sin embargo no se da el lujo de ir tan lejos como en su país donde difunde un manual de historia negacionista y aprueba manifestaciones de antiguos SS.
Señalemos que esa falsificación utiliza algunos elementos auténticos enmascarando su contexto. Es exacto que Stalin martirizó las poblaciones bálticas, pero sin aplicarles un tratamiento especial. Les infligió los mismos horrores que a los demás pueblos soviéticos. Por otra parte, es falso afirmar que los Estados bálticos fueron ocupados por la URSS. En realidad, estos países se acercaron primeramente al Reich y luego, mediante elecciones libres y cambios de mayorías, fueron gobernados por comunistas que pidieron legalmente su unión a la Unión Soviética.
Basado en la lectura que hace Bush de Yalta, es decir, en la consideración del multilateralismo como una debilidad frente a los Estados totalitarios, el presidente georgiano Mijail Saakashvili propone en el Washington Post organizar una nueva conferencia de Yalta que borraría definitivamente la anterior y reuniría a las «nuevas democracias». En este texto, hace referencia a su país, por supuesto, así como a Ucrania y a Rumania. Los tres deberán participar en la «difusión de la democracia» que desea Washington, tanto en Bielorrusia como más allá de Europa, es decir, en Cuba o Zimbabwe. Aquella Yalta fue el reconocimiento, por parte de Estados Unidos, del peso de la URSS en el mundo de la posguerra. Esta será la afirmación del dominio mundial absoluto de los propios Estados Unidos, por el bien de todos.

Por supuesto, el general Wojciech Jaruzelski, ex dirigente polaco, no comparte ese punto de vista atlantista. En Die Welt explica por qué participará en las ceremonias de conmemoración de la Victoria contra el Fascismo, en Moscú. Como ex combatiente de la Gran Guerra Patria, como se llama en el Este a la Segunda Guerra Mundial, Jaruzelski agradece a los soviéticos haber salvado a Polonia del aniquilamiento programado por los nazis, incluso al precio de una privación de libertad en el seno del sistema soviético. También aprueban ese punto de vista el ex ministro belga Guy Spitaels y los periodistas Jean-Marie Chauvier y Vladimir Caller en La Libre Belgique. Los autores denuncian las mentiras históricas que desarrolla parte de la prensa occidental. En su opinión, existe hoy un movimiento que se apoya en la historiografía de la guerra fría, tendiente a minimizar el peso de la URSS en la victoria contra el nazismo, y que trata de rehabilitar a los grupos que colaboraron con Hitler. Estiman que hay que reconocer el sacrificio que realizó Rusia y no ceder ante esa tendencia que se desarrolla de Riga a Kiev.

En una muy extensa tribuna destinada al público francés y que publica Le Figaro, Vladimir Putin presenta su versión de aquel período y las lecciones que saca de él para nuestra época. El presidente ruso recuerda que su país fue la primera víctima de la guerra y que sin la URSS la victoria contra el nazismo no habría sido posible. Condena el Pacto Molotov-Ribbentrop tanto como los Acuerdos de Munich. En su opinión, ambos pactos se derivan de la misma lógica, que consiste en llegar a un acuerdo con el enemigo en vez de enfrentarlo; una lógica desastrosa que no debe volver a aplicarse. En cuanto a Yalta, estima que aquellos acuerdos no provocaron la división de Europa, imputable a las tensiones internacionales que vinieron después. Por el contrario, Yalta ofrecía la oportunidad de establecer una cooperación entre potencias para impedir nuevas guerras. Finalmente, refuta los argumentos de quienes afirman que Rusia se niega a reconocer sus errores. Es del criterio de que se trata de maniobras de los países bálticos para enmascarar la rehabilitación del nazismo. Vladimir Putin estima que los europeos deben recordar las lecciones del pasado: la única forma de resistir las amenazas es no ocultar el rostro ante el peligro, construir sistemas fuertes de defensa colectiva, no ignorar las agresiones contra otros Estados y, sobre todo, rechazar las filosofías que exaltan la dominación de un pueblo por parte de otro en nombre de razas o religiones. Finalmente, llama a la creación de una gran alianza europea cuyos pilares serían Moscú, Berlín y París. Es difícil no ver entre líneas un llamado a la constitución de una alianza frente a Estados Unidos y contra la voluntad estadounidense de suscitar un «choque de civilizaciones», que se compara de forma implícita\ a la amenaza nazi. El mensaje es claro: no habrá esta vez ni acuerdo de Munich ni pacto Molotov-Ribbentrop cuando la amenaza se haga evidente.
En vísperas de la publicación de este texto, el presidente francés Jacques Chirac destacó en una entrevista a Izvestia la deuda de Francia con Rusia. Chirac celebra igualmente la alianza franco-rusa, y no duda en presentar a Vladimir Putin como un amigo personal. Sin embargo, no se permite ir más allá que su homólogo ruso en cuanto a los peligros a enfrentar en el futuro. La visita del presidente francés estuvo marcada simbólicamente por la inauguración de una estatua del general De Gaulle en Moscú, acto que marcó la alianza franco-rusa.
Teniendo en cuenta el papel diferente que desempeñó su país durante la Segunda Guerra Mundial, el canciller alemán, Gerhard Schröder, desarrolla otro punto de vista del conflicto en Komsomolskaia Pravda, pero llega a las mismas conclusiones que sus aliados. Presenta excusas a los rusos por los sufrimientos que tuvieron que soportar y sitúa el 9 de mayo como día del arrepentimiento para su país. Asegura que Rusia y Alemania comparten un pasado totalitario que están aprendiendo a asumir juntos y se apoya en esa similitud para celebrar la solidez de las relaciones comerciales implementadas durante los últimos años.

En Estados Unidos, la gira de George W. Bush por los países bálticos, Rusia y Georgia ha provocado una reactivación del debate sobre las relaciones con Moscú. El diario Los Angeles Times da la palabra a dos analistas. Para el experto de la NED/CIA, Michael McFaul, la solución es simple: Estados Unidos debe cooperar con Rusia en una serie de cuestiones de seguridad mientras prepara el derrocamiento de Vladimir Putin o de su sucesor en ocasión de la elección presidencial rusa de 2008. Eso requerirá aplicar las mismas recetas que en Serbia, Georgia y Ucrania. Desde ahora, es necesario comenzar a ayudar a los «demócratas» rusos y apoyarse en las fichas georgiana y ucraniana. Sin embargo, para el ex consejero de seguridad nacional norteamericano encargado de la URSS, Eugene B. Rumer, esa estrategia no puede funcionar: Putin es demasiado popular, la población condena de forma unánime las reformas de inspiración norteamericana de los años 90 y los rusos desconfían de la injerencia de Washington. Por lo tanto hay que renunciar a cambiar a Rusia, aceptarla tal y como es y tratar de tener con ese país las mejores relaciones posibles.
Consciente de que la hostilidad de la población rusa con respecto a Washington bloquea toda posibilidad de acción norteamericana, el presidente del Nixon Center, Dimitri Simes, trata por su parte de tranquilizar a los rusos en Komsomolskaia Pravda. Es de la opinión de que hay personas en Washington que quieren utilizar a Georgia y Ucrania contra Rusia mientras que los dirigentes de esos países quieren utilizar a esas mismas personas para obtener ventajas políticas a cambio de su lealtad. Sin embargo, esa no es la política de la Casa Blanca y no hay que mezclar las cosas. Según el autor, George W. Bush desea una cooperación entre Moscú y Washington.
Irónicamente, sin dejar de acusar a Rusia por restablecer su pasado estalinista, es un precisamente dirigente estadounidense quien utiliza el artificio del príncipe bueno y los consejeros malos, tan frecuente en los regímenes totalitarios que practican el culto de la personalidad.

[1] La determinación de las fechas históricas es en sí un desafío ideológico. En este caso, no se conmemoró el final de la de la Segunda Guerra Mundial, sino la victoria contra el nazismo. La capitulación del Reich se firmó el 7 de mayo de 1945 en Reims, los combates se terminaron el 8 de mayo y el mismo día se ratificó la capitulación en el cuartel general soviético en Berlín. Los europeos occidentales proclamaron el final de la guerra al día siguiente a la firma (es decir, el 8 de mayo), mientras que los soviéticos la proclamaron al día siguiente de la ratificación (es decir, el 9 de mayo). Estados Unidos estaba representados por Eisenhower en Reims y por lo tanto proclamaron la «Victoria en Europa» el 8 de mayo. No obstante, prolongaron los combates en Asia para tener tiempo de demostrar su poderío atómico, ocupar Japón e instalarse en Filipinas, de modo que no fue hasta el 31 de diciembre de 1946 que el presidente Truman proclamó el fin de las hostilidades.