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La extraordinaria celebración de Juan Pablo II en su funeral, que en los últimos 50 años sólo es comparable con las exequias de John F. Kennedy en 1963, conduce a muchas reflexiones sobre el papel del Papa, y en general del papado, en la historia del mundo.

El Papa fue celebrado más o menos de igual forma por George W. Bush, Fidel Castro, Jacques Chirac, por los líderes palestinos e israelíes y por los clérigos de todas las instituciones religiosas mundiales, lo cual, pese a desbordamientos comunes en tales ocasiones, resulta notable.

En cuanto a la Iglesia católica, se aproxima ahora a contar con 2 mil años de existencia como institución, algo que no puede igualar ninguna otra estructura de su tipo. Esto nos hace recordar la tal vez apócrifa aseveración de Talleyrand, gran diplomático francés de principios del siglo XIX, que, se dice, respondió a la pregunta de qué había hecho durante la revolución y el terror afirmando: j”ai survécu (sobreviví).

Es un hecho que la Iglesia católica sobrevivió las más increíbles transformaciones de las estructuras sociales del mundo durante dos milenios. ¿Cómo fue posible que lo lograra? Yo diría que prestando atención cercana a dos cuestiones: cómo debe la Iglesia relacionarse con las autoridades políticas, y qué requiere para mantenerse unida. Juan Pablo II estaba profundamente preocupado con ambas cuestiones, y su papado, inusualmente largo (sólo otro Papa duró tanto), fue una serie de actos que respondían a estas preocupaciones.

La Iglesia, como la conocemos, pasó sus tres primeros siglos como un grupo paria de fieles perseguidos ferozmente por las autoridades romanas. Pero a principios del siglo IV, el emperador Constantino se convirtió al cristianismo, que se tornó entonces la religión oficial del imperio romano. Uno de los primeros actos de Constantino fue convocar el Concilio de Nicea, en 325, en el cual los obispos proclamaron que el arrianismo (doctrina que negaba la divinidad de Cristo) era herejía y definieron la doctrina teológica básica de la santísima trinidad que ha guiado a la Iglesia católica desde entonces.

Hasta este punto, la Iglesia había creado una firme estructura jerárquica y afirmado una serie claramente definida de dogmas. Sobre esta base, fue capaz de sobrevivir y prosperar hasta el principio del sistema-mundo en el siglo XVI. Sus actividades evangélicas llegaron con éxito a toda Europa, pero sólo ligeramente más allá. Durante este periodo, la Iglesia existió primordialmente dentro de las estructuras políticas que eran gobernadas por soberanos cristianos.

En el siglo XI sufrió el gran cisma con las iglesias ortodoxas, y es uno de los aspectos de la división la primacía del obispo de Roma. De cualquier modo, la Iglesia fue capaz de contener las herejías potenciales desarrollando una flexible estructura de múltiples instituciones con énfasis diferentes (en particular las estructuras monásticas). Y en cuanto a las autoridades políticas, la Iglesia contendió con varios soberanos, en particular con el Sacro Emperador Romano, por el grado de control que podían tener las instituciones políticas sobre la Iglesia y viceversa. En cierto sentido, el resultado de esas luchas fue un vago y poco claro compromiso en torno a la división de la autoridad, lo que permitió que las decisiones acerca de estos asuntos fuera hecha sobre una base pragmática, y nunca en definitiva.

Puede decirse que esto funcionó bastante bien hasta el advenimiento del mundo moderno, cuando los estados de Europa comenzaron a construirse como estructuras fuertes, autónomas, dentro de la emergente economía-mundo capitalista. El surgimiento de estados fuertes estuvo ligada al de las iglesias protestantes, que asumió muchas formas, todas las cuales rechazaban la autoridad jerárquica del obispo de Roma. Las luchas religiosas entre la Iglesia católica y las iglesias protestantes duró dos siglos.

Inicialmente, la Paz de Ausburgo, en 1555, cobijó una solución -cuius regio eius religio (la religión del soberano es la religión del Estado)-. Pero no fue suficiente para dirimir el asunto en el Estado europeo más grande, Francia, donde una guerra civil finalizó con el Edicto de Nantes, en 1598, instituyendo el concepto de tolerancia religiosa de las minorías cristianas significativas. Este se revocó en 1685, pero quedó restaurado esencialmente después de la revolución francesa. Fue este nuevo concepto de “tolerancia” con el que la Iglesia tuvo que contemporizar desde entonces a la fecha.

Como concepto, la tolerancia religiosa vino a ser parte integral de una doctrina más amplia conocida como Iluminismo o Ilustración que empezó un vasto proceso de secularización. Es decir, retirar la dominación de las autoridades religiosas sobre toda una serie de aspectos morales y al tiempo que aumentaron los derechos de elección individual en muchos ámbitos morales, particularmente aquellos referentes a la sexualidad y sus consecuencias sociales. La Iglesia católica no fue la única estructura religiosa para la que fue inaceptable esta individualización de las decisiones morales, pero asumió la delantera dentro de los estados europeos en la argumentación contra el secularismo en el ámbito público.

En el siglo XIX, la Iglesia denunció esta secularización de los valores morales como perversión propia del liberalismo, al que condenó y contra el que luchó. En retrospectiva, debe decirse que fue, a lo largo y ancho, una batalla perdida. Hacia finales del siglo XX, los estados europeos legitimaron, o al menos toleraban, muchas prácticas a las que la Iglesia se opone: el divorcio, el control de la natalidad, el aborto, la homosexualidad. Es más, inclusive entre los católicos practicantes, todas estas prácticas lograron un margen mucho mayor, y ciertamente ha llegado a crearse el sentimiento de que deberían tolerarse si otros desearan involucrarse en ellas. Además, la Iglesia católica (como lo hicieron otras estructuras religiosas) se enfrentó con un serio descenso en la vocación hacia el sacerdocio y en la asistencia a los servicios religiosos.

Por otra parte, la Iglesia católica dejaba de ser una institución europea. Con la creación de una economía-mundo capitalista dominada por los europeos vino un proceso de evangelización de las zonas no europeas del mundo, que hizo grandes progresos. Las conversiones, junto con las tasas diferenciales de nacimientos del siglo XX, transformaron a la Iglesia de una religión que en 1900 tenía una membresía predominantemente europea a la de 2000, donde los europeos se volvieron minoría.

El Concilio Vaticano Segundo, convocado por el papa Juan XXIII en 1962, buscó respuestas a estos cambios en el entorno social donde existía la Iglesia. Juan XXIII llamó a un aggiornamento, a la actualización. Esto significó cambios en la liturgia que redujeron el papel del latín y el establecimiento de un sínodo episcopal que ayudara a gobernar la Iglesia (visto como modo de reducir el carácter vertical del ejercicio del poder eclesiástico). Hubo también énfasis en el ecumenismo y despojar de lenguaje antisemítico las enseñanzas de la Iglesia.

El corazón del Vaticano II, visto por los propios católicos, fue que se hizo un intento deliberado, por la Iglesia, de adaptarse al mundo moderno. Es esto precisamente lo que los católicos más conservadores rechazaron del aggiornamento. Vieron en éste un abandono de los aspectos esenciales de la fe. Esto empeoró cuando la Iglesia pareció tolerar los conceptos de la Teología de la Liberación, impulsados especialmente en América Latina, donde los prelados y los teólogos se abocaron a un profundo involucramiento con los movimientos políticos radicales que buscaban justicia terrena, que los hizo entrar en aguda confrontación con las autoridades estatales.

Cuando Juan Pablo II llegó al papado, buscó rectificar lo que él consideraba abandono muy grande de la doctrina tradicional de la Iglesia. Hizo nuevo énfasis en la centralidad de la autoridad papal. Condenó la Teología de la Liberación. Sobre todo, reiteró en la forma más fuerte posible los puntos de vista eclesiales en torno a la sexualidad -y se opuso a la idea de sacerdotes casados o mujeres en el sacerdocio-, denunció el aborto y todas las otras clases de interferencia con la sexualidad. Se volvió el líder mundial de la reacción religiosa ante el triunfo de la secularización y la individualización de las prácticas morales.

Buscó restaurar la Iglesia en posición centrista con respecto a sus relaciones con los poderes políticos -nunca una oposición total a la autoridad del Estado, pero nunca una adhesión total-. Por supuesto, dentro de estos extremos yace todo un rango de posibilidades. Pero también criticó el neoliberalismo y se opuso a las dos guerras de Irak. Mucho se ha hablado de su papel en la caída del comunismo en Europa oriental. Sin duda jugó un papel, particularmente en su Polonia natal, pero el desmantelamiento de los regímenes habría ocurrido con toda seguridad, aunque no hubiera tenido el papel que jugó. Sí enfatizó un ecumenismo muy amplio, y pidió disculpas públicas por las atrocidades y errores históricos de la Iglesia hacia las iglesias cristianas, los judíos y los musulmanes. Pero también fijo límites muy claros ante lo que podría llamarse ecumenismo cristiano estructural, es decir, la reunificación de diferentes iglesias.

¿Dónde está la Iglesia hoy en términos de sus preocupaciones históricas: en su relación con los estados; en el mantenimiento de la integridad de la Iglesia católica? A fin de cuentas Juan Pablo II no hizo nada realmente nuevo en cuanto a las relaciones de la Iglesia con los poderes de los estados. Ciertamente no hubiera podido revertir el declinante papel formal de la Iglesia, aun dentro de los países mayoritariamente católicos. Su política hacia los estados siguió siendo una relación pragmática tradicional.

Reafirmó claramente la estructura jerárquica de la Iglesia y sus puntos de vista sobre la sexualidad. Pero esto no parece haber taponado de forma significativa el deslizamiento de la práctica sexual real de los católicos, el descenso de la vocación sacerdotal o la disminución de asistencia a la Iglesia. Algunos dicen que esto quedará compensado por un repunte, en todos estos frentes, entre los sectores no europeos de la Iglesia. Puede ser así, pero es también posible que la secularización de la práctica eclesial se disemine por todas estas regiones. Es dudoso que para 2050 se siga considerando que Juan Pablo II tuvo efecto tan duradero para la Iglesia como Juan XXIII. El aggiornamento parece irresistible.

LA JORNADA