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Todos los imperios a lo largo de la historia han sabido de la importancia que tiene para sus planes colonizadores la destrucción de la cultura de los pueblos conquistados.

La experiencia les demostró que una cosa es la conquista y otra la colonización. Para conquistar sólo es necesaria la fuerza, colonizar exige un clima de convivencia con el pueblo colonizado, sólo alcanzable cuando el choque de culturas desaparece para dar paso al establecimiento de la nueva cultura, la del colonizador.

No en vano, la colonización y evangelización de América fueron siempre de la mano. Junto a la ocupación de las tierras conquistadas se hacia presente, -las dos ligaditas- la destrucción de la cultura nativa y su sustitución por la cultura imperial. La cruz y la espada actuaron al unísono. Detrás de la cruz siempre estuvo y continua estando la espada, incluso en la inmensa mayoría de los casos esta actuaba como segura “evangelizadora” cuando la compleja trama de la alienación espiritual no daba adecuados resultados.

Más atrás, en la historia antigua encontramos la práctica de la satrapía. No sólo en la forma del establecimiento de un reyezuelo títere al servicio del verdadero rey, sino en la más sutil y letal de la imposición de modelos culturales, formas de vida y demás elementos propios de la cultura colonizadora a través de espejos modélicos. No otra cosa era, por ejemplo, el rey Herodes en el corazón del levantisco y resistente pueblo judío.

Estaba allí, más que para asegurar la autoridad de Roma, -para eso tenían sus gobernadores imperiales- para contaminar con el “modo de vida romano” la dura resistencia cultural de ese pueblo.

Dos acciones paralelas, la primera destinada a la destrucción de la cultura nativa, sin miramientos ni escrúpulos se va desmontando y derribando todo vestigio de cultura en la que pueda abrevar la identidad del pueblo colonizado y la sustitución de la cultura destrozada por el modelo cultural conquistador. No hay que ir muy lejos, hoy estamos viendo el culturicidio que soldados invasores y “contratistas civiles” están practicando sobre la cuna de la civilización en Irak.

También allí, junto a la imposición de un gobierno más que dócil, absoluto imitador de los modos políticos del invasor, la destrucción de la milenaria cultura va acompañada de los nuevos iconos culturales: Macdonalds, Coca Cola, música, etc.

En Venezuela, de eso debemos tomar conciencia todos los venezolanos, el proyecto de conquista y colonización está transitando ahora mismo por esos caminos. No les resulta suficiente con la colonización del sistema educativo, los medios de comunicación de masas y el financiamiento de sus propios aspirantes a sátrapas herodianos. Aún perciben suficientes signos de identidad en nuestro pueblo como para imaginar que no les sería muy sencilla la colonización posterior a la conquista.

Requieren ahora del desmontaje progresivo de la identidad nacional en el corazón mismo de nuestro pueblo y en eso están, antes de pasar a la fase violenta. Deben garantizarse que no habrá resistencia, deben garantizarse un pueblo qué al modo en que lo haría buena parte de la clase media salga a recibirlos con banderitas del tío Sam.

En esa línea se inscribe la cotidiana presencia de la embajada gringa acompañada de los cipayos criollos, Primero Justicia, Un Solo Pueblo, etc., donando computadoras, promocionando comedores, financiando casas-hogar, o la resistencia payasa y frívola a la obligación de colocar música venezolana en las emisiones radiales. Un desliz de Carlos Ocariz develó con claridad el propósito de estos planes... “debemos llevar a nuestro pueblo pobre hasta el espíritu de superación que tiene la clase media”. Está clarito, se trata de llevar hasta nuestro pueblo el espíritu de competencia, egoísmo, individualismo, consumismo y pitiyankismo que tan bien florece entre las llamadas clases medias, esos mismos sectores qué, por lo mismo, le son tan dóciles, entusiastas y admiradores.

Los venezolanos debemos saber que, por ahora, el desmontaje de nuestra identidad pasa por estos modos “civilizados” pero qué, una vez emprendida la conquista lo que hoy vemos en Irak será pálido comparado con lo que harán con lo que quede del alma nacional. Resistir a esta sorda conquista es prioridad absoluta, poner en marcha la Misión Cultura, proporcionarle profundidad y apoyo debe estar entre las primeras obligaciones de la Revolución y de todos los revolucionarios. En la identidad nacional, en nuestras raíces está nuestra fuerza