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El penitente se arrodilló en el confesionario. Imposible definirle el rostro a través de la ventanilla de madera. Tenía, sin embargo, la voz nítida: - “Padre, desde hace años soy corrupto. Ahora, estoy arrepentido”.

El arrepentimiento provino de un trauma de familia: la hija adolescente apareció con cáncer. Él hizo la promesa de virar la página de las irregularidades. Narró la secuencia de vicios, negociados, propinas, paraísos fiscales, lavado de dólares, fuga de divisas, ocultamientos y otros crímenes del mundo en que vivía.

Le pregunté si aceptaba un café en la casa parroquial. No interesaba su identidad. Quería saber cómo se hace un corrupto. A la postre, detalló cómo, a lo largo de los años, había aprendido a mandar de paseo a los escrúpulos:

“Comencé en una empresa privada, para la cual yo hacía contactos con el poder público. Al inicio, yo ni pensaba en coger dinero para mi bolsillo. El patrono me convenció de que los negocios tienen reglas que no siempre concuerdan con la ley. Y quien no participa se convierte en Francisco de Asís, santo pero pobre”.

“Yo arreglaba el contrato de la obra, ofrecía al representante del poder público una comisión del 10 a un 15% del presupuesto, señalaba los términos de la licitación. Aprendí que, así, ciertos políticos hacen su fondo de campaña. Lo que cuesta 100 es aprobado para recibir 500, y 200 van para el fondo dos. Todo sin nota fiscal, intermediación bancaria, firmas. Vale el dinero constante y sonante. Lucra la empresa, que gana la obra; lucra el empresario, que sobrefactura; lucra el político, pues las campañas están cada vez más caras. Y todo pagado por el contribuyente”.

“Con el tiempo, llegué a actuar del otro lado del escritorio. Entré en el servicio público por indicación de un político cuya voracidad se alimentaba de mi mano. Aprendí a hacer lobby, tráfico de influencias, negociar intermediaciones, vender informaciones. Utilizaba a menudo la triangulación: mi sector público pactaba como una institución aparentemente idónea a través de proyectos que, dictados por nosotros, eran preparados y enviados por ella. Y la institución contrataba servicios a costos mucho más altos que aquellos que el Estado gestiona directamente. En esta operación, ganan todos, a costa del erario público”.

“Un día me di cuenta de que hasta en las pequeñas cosas me había convertido en un ladrón: me llevaba a la casa cajas de lápices y material de oficina e informática. Lo mejor eran los viajes, en las cuáles yo sobrefacturaba cuentas de hoteles y restaurantes”.

“Mi único recelo residía en mi patrón de vida. Vivía en condiciones muy confortables para mi nivel salarial. No llegaba a tener miedo, porque las personas son ingenuas, no prestan atención en la desproporción del cargo que ocupamos con el lujo de que disfrutamos. Ni siquiera exigen de los políticos y de los partidos transparencia en los gastos de campaña. Y es por eso que la reforma política no sale. Y si sale, dudo que acabe con la financiación privada de las candidaturas y obligue a todos los políticos electos a levantar su sigilo bancario”.

“Es mucho dinero que va para al hueco de la corrupción. Y hay personas honestas que saben de eso, pero se hacen de la vista gorda porque no ignoran que la cuerda se rompe del lado más débil. Hay también jefes y jefecillos que no se ensucian las manos con el dinero sucio, pero se apropian de las ventajas sociales y políticas de los negociados. Pagan la connivencia con su silencio.”

“¿Por qué no existe un Disco Corrupción con el cual el denunciante no tenga que exponerse?”, pregunté.

“Podría haber una “caza a las brujas” alimentada por inescrupulosos interesados en manchar la honra de gente seria”, dijo él. “Pero garantizo que, en el tamiz, muchos peces gordos no pasarían”.

Indagué del penitente como pretendía actuar de aquí en adelante. Dijo que enviaría un informe-denuncia al Ministerio Público y que entregará copias a periodistas de su confianza. Y decidirá deshacerse de todo aquello que fuera adquirido en negociados, favoreciendo el mantenimiento de una clínica para enfermos de bajos ingresos.

Él me autorizó a publicar el relato. Le di la absolución después de que meditamos sobre el encuentro de Jesús con el rico Zaqueo, que entregó la mitad de sus bienes a los pobres y cuatro veces más a quien había defraudado (Lucas 19,1-10). (Traducción ALAI)