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El proceso de aprobación en la Unión Europea de su tratado constitucional cada vez está adoptando un formato de comedia de enredos más absurdo. En principio ya comienza siendo algo peculiar que se denomine tratado constitucional a algo, la Unión Europea, que se constituyó varias décadas antes, en 1967, año en que se fusionan las tres comunidades económicas europeas y se crea el consejo de ministros.

Los dirigentes de la UE con su obsesiva estrategia de querer hacer las cosas a espaldas de los ciudadanos se han metido en laberinto del que nadie sabe como saldrán y en el que, cualquier escenario, está repleto de situaciones absurdas y paradójicas.

La situación de la comedia de enredo en estos momentos en que ocho países han aprobado el texto constitucional por vía parlamentaria y uno, España, por referéndum.

De los 15 que faltan por hacerlo, ocho habían optado por el referéndum y siete por el procedimiento parlamentario. Con el No francés asistimos a que la constitución que elegimos en España para Europa no es la que quiere Francia por lo que, en principio, no podría entrar en vigor aquello que votamos. Algunos “ilustres” como Giscard d’Estaing, uno de los “padres” de la criatura, lo tiene muy claro: “les pediremos a los franceses que voten de nuevo. No hay otra solución”.

Al fin y al cabo es lo que hicieron con los daneses para que aprobaran el tratado de Maastricht. Estuvieron votando hasta que salió que sí. Al menos en las repúblicas bananeras les engañaban a las gentes en el recuento, aquí directamente nos toman por imbéciles y quieren que estemos votando hasta que salga lo que quieren ellos. Con el mismo planteamiento, los españoles podríamos sugerir que también se vuelva a votar en nuestro país porque tampoco salió la opción que nos gustaba a algunos. Incluso, pensándolo bien, en las elecciones de mi pueblo tampoco ganaron los que yo deseaba, quizás podríamos estar votando hasta que ganaran los míos.

Otra opción, la que sugieren los partidarios franceses del NO y que parece más razonable, es volver a renegociar el tratado para aceptar las demandas ciudadanas y que pueda ser ratificado ahora con los cambios requeridos por la opinión pública.

En ese caso, ya tendríamos dos tratados aprobados, el del referéndum español y ocho parlamentos y el del referéndum francés. Con España no habría muchos problemas, sería técnicamente viable aceptar la constitución aprobada en Francia, al fin y al cabo la opción mayoritaria en España fue la de quienes les daba igual qué constitución porque la abstención fue mayoritaria.

Y no olvidemos la divertida situación a la que se enfrentan los países que no lo han ratificado. ¿Deben votar, bien en el Parlamento o en referéndum, un proyecto constitucional ya rechazado por uno de los grandes países europeos fundadores sin saber si se reformará?

Lo que ha sucedido con este absurdo proceso es como si una comunidad de vecinos tuviese que pronunciarse sobre un tema y votasen cada mes los de un rellano, en algunos rellanos no votasen todos, sólo un delegado de rellano, y no hubiesen decidido qué hacer sin todos los rellanos no estaban de acuerdo. Por eso en las comunidades de vecinos primero discuten el asunto y después votan todos al mismo tiempo. Es lo que hacen los muchachos en los colegios, las asociaciones de vecinos y las peñas taurinas.

Pero parece que eso era muy peligroso para la nomeklantura europea, corrían el peligro de convertir la Unión Europea en una democracia. Y ese modo de elegir constituciones ya solo lo hacen países atrasados como Venezuela, donde estuvieron meses debatiendo la constitución, las organizaciones sociales propusieron cambios, el órgano legislativo la preparó y todos los ciudadanos la votaron un día con un 80 % de participación. Hoy los venezolanos se pasean con Caracas con una constitución en su bolsillo y los europeos con un carné de un club de fútbol y una foto con Ana Obregón que se hicieron en el aeropuerto. Somos los países avanzados.

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