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Retrato del gran poeta ruso Pushkin por el artista Kiprensky.

El 6 de junio es una fiesta en Rusia porque en esa fecha nació Alexander Pushkin (1799-1837), el más grande de los poetas rusos. Desde hace dos siglos, Rusia vive de sus poesías y novelas, vuelve a sus reflexiones filosóficas y a sus bromas, a veces sin darse cuenta siquiera, y sigue intentando descubrir el misterio de su intensa vida privada. Sin Pushkin, no habrían aparecido Tolstoi, ni Dostoievski, ni Chejov. Sin Pushkin, el alma rusa jamás se habría manifestado de forma tan completa y sincera.

Sin embargo, debemos reconocer que los jóvenes conocen muy poco sus obras. Claro que podríamos echarle la culpa al siglo XXI, dominado por los medios visuales, Internet y cosas por el estilo. Muchas veces no hay manera de obligarles a leer a los jóvenes.

Ellos prefieren formas de esparcimiento rápidas y que no sean pesadas en el plano intelectual. Ya se acostumbra a conseguir la información y las buenas ideas corriendo, así que las grandes obras literarias no cuajan aquí porque le obligan a uno a pensar sin prisa.

Con todo, Alexander Pushkin sigue siendo el aire que respira toda Rusia, incluidos los jóvenes aunque lo sepan sólo en teoría. Simplemente, porque los rusos llevan a Pushkin en la sangre, como una especie de código genético, y hablan un idioma que en gran medida ha sido generado por él.

Ahora bien, si le pide a un colegial que enumere a los protagonistas de alguna novela de Pushkin o recite de memoria algún fragmento de «Eugenio Oneguin», su novela en versos, será incapaz de hacerlo sin una chuleta.

En eso difieren de las generaciones anteriores. En su gran mayoría, los rusos jóvenes no se dan cuenta de lo que Pushkin significa para Rusia, y asumen una actitud condescendiente hacia él, como si fuera una antigüedad empolvada en el trastero.

Y aún así, Rusia continúa celebrando todos los años el natalicio de Pushkin. En el centro de Moscú, cerca del monumento al poeta en el Tverskoy Bulevar, se reúnen siempre los poetas, profesionales y diletantes.

También la televisión local vuelve la mirada hacia ese genio, quien combina la ligereza mozartiana con una profundidad trágica y se ha convertido en la voz de Rusia, su identidad y su conciencia. Claro que los medios también se acuerdan de él en otras fechas y uno puede ver en la pequeña pantalla numerosas adaptaciones televisivas de sus obras, incluida la versión británica de «Eugenio Oneguin», a cargo de la directora Martha Fiennes y con su hermano Ralph Fiennes en el papel protagónico.

A Pushkin lo leen en los más diversos idiomas. Una de las traducciones inglesas de «Oneguin» fue realizada, por cierto, por Vladímir Nabokov, famoso escritor emigrado de Rusia.

Entre los admiradores de la poesía pushkiniana figuran muchas celebridades del mundo del arte, la ciencia, la diplomacia y la política, en particular, el presidente francés Jacques Chirac.

Sería una preocupación vana pensar que el poeta acabará cayendo por completo en el olvido. En cada época determinada, Rusia redescubría a su Pushkin para adaptarlo a sus necesidades inmediatas.

En los tiempos soviéticos, al gran poeta lo llamaban precursor de la revolución: Pushkin había mantenido vínculos con la asociación clandestina de los «decembristas», aristócratas rusos que se sublevaron contra la autocracia en diciembre de 1825, aplaudió su insurrección romántica y desesperada, y él mismo fue confinado en más de una ocasión a las regiones remotas.

En el período postsoviético, todo el mundo se acordó de su advertencia con respecto al motín ruso, siempre «absurdo e implacable».

El siglo XXI ha saboreado ya todas las «bromas verdes» de Pushkin, publicadas en un tomo autónomo, y sigue discutiendo si la esposa del poeta y la madre de sus cuatro hijos, la bella Natalia Goncharova, le era fiel o no. El propio emperador ruso Nicolás I, a quien Pushkin le caía bastante mal, por decirlo en términos suaves, se sintió atraído por la Goncharova aunque fue un oficial francés aceptado en el mundo de la aristocracia rusa, George d’Anthes, quien puso en jaque la reputación de Natalia.

Fue d’Anthes quien mató al genial poeta ruso a sangre fría en un duelo, y hasta el final de su vida no entendió la magnitud del crimen que había hecho.

Cada año, los rusos siguen llorando la muerte de su gran poeta. La hacienda de Pushkin en el noroeste de Rusia, al igual que sus apartamentos en San Petersburgo y Moscú, son una verdadera Meca turística. Los retratos de Pushkin son casi iconos aquí. Sus palabras no se perciben como sermones sino como sabidurías enseñadas por un amigo, no por un maestro.

Los padres les leen a sus hijos pequeños los cuentos de Pushkin; más tarde, ya en el colegio, uno analiza «Eugenio Oneguin», una novela sobre la soledad, la fuerza de lo convencional y el duro conflicto entre el buen sentido y el sentimiento; luego, uno descubre el «Jinete de Cobre», un poema sobre Rusia, su eventual camino y su eterno problema que es el abismo entre el Estado y el hombre llano.

Alexander Pushkin vale para cualquier ocasión, es un patrimonio que uno debe cuidar y transmitir, con mucho orgullo y amor, de generación en generación.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)