El «no» francés a la Constitución Europea no es un accidente, sino la culminación de un debate como ha habido pocos en la historia de ese país. Los ciudadanos pudieron conocer los principales artículos así como los comentarios de los partidarios de ambos bandos pero no se dedicaron a realizar un ejercicio de exégesis al pronunciarse a favor o en contra del Tratado Constitucional a causa de tal o más cual de sus 448 artículos. Una constitución es un contrato suscrito entre los ciudadanos y los términos de éste tienen menos importancia que aquello que promete. El rechazo al Tratado Constitucional demuestra ante todo que la mayoría de los franceses no quiere o ya no quiere a Europa. El mensaje del «no» es el siguiente: los motivos carecen de importancia siempre que votemos por el «no».
Esta votación fue organizada por un hombre que pasará a la posteridad como el Dr. Strangelove de la política francesa, que utilizó contra sí mismo la disolución y luego el referendo. El desafío estaba ante todo vinculado a una idea, una idea que debía ser aplastada. Por nacionalismo, por xenofobia, por dogmatismo o por nostalgia, los defensores del «no» querían librarse de esta Europa que obstruye el horizonte, que trastorna las costumbres, que impone cambios. Otros, que no eran antieuropeos, se dejaron convencer de que era posible cambiar Europa. En realidad, la única Europa posible es aquella que estemos dispuestos a construir juntos pues es un edificio frágil basado en un compromiso que Francia acaba de quebrar.
El «no» es también una victoria de la protesta a todos los niveles. Como si debiéramos vivir en lo adelante en una democracia del descontento generalizado. A la cabeza del descontento está el desempleo. Europa pagó las consecuencias cuando ayudó a salvar millones de empleos. Es cierto que el desplazamiento de empresas es un hecho y que para las víctimas de estos movimientos las consecuencias son terribles. Sin embargo, no vemos a través de qué golpe de varita mágica el hecho de haber votado por el «no» obligaría a nuestros amigos europeos a lanzarse a un amplio plan contra el desempleo, como señaló Henri Emmanuelli. Gran Bretaña y los países escandinavos demostraron que los países podían influir en su propio mercado de trabajo a través del mejoramiento del costo y de la calidad del trabajo.
¿Cuáles son los elementos a retener de las diferentes protestas, incluso del deseo de irse a las manos expresado por los vencedores del 29 de mayo? ¿A cuál de los portavoces del «no» hay que dar mayor crédito? ¿Debemos considerar, como Nicolas Sarkozy, que la victoria del «no» impone reformas «vigorosas», que no se podrá salvar el «modelo social» francés por medio de una profunda reforma? ¿O es preciso entonces tener como único lema el statu quo ya que el temor al cambio forma también parte del meollo del «no»? ¿Qué parte del mensaje hacer prevalecer, cuando se trata del capítulo de la identidad francesa: el de los soberanistas o el de los socialistas? El temor al desempleo provocó una nueva denuncia proveniente del exterior. El presidente de ATTAC llegó incluso a emprenderla en sus columnas contra España, Portugal y Grecia. Estas actitudes nos permiten medir el fervor europeo e internacionalista de los defensores del no «de izquierda». La izquierda ha sido rudamente afectada por ese resultado que pone fin al consenso europeo de la época de François Mitterrand. Independientemente de lo que digan, los antieuropeos de izquierda no sólo sumaron sus voces a las de Jean-Marie Le Pen y Philippe de Villiers. Mezclaron sus voces y llegaron en ocasiones a compartir sus argumentos. La izquierda francesa corre el riesgo de quedarse paralizada por el tema europeo durante largo tiempo, como le sucedió al Partido Laborista británico antes de la llegada de Tony Blair. _ La derecha sale menos quebrantada ya que contó con el respaldo del 80% de sus electores. El cambio de gobierno podría darle un nuevo impulso. Queda por analizar el punto esencial: ¿qué política adoptar para responder al «no»? De cualquier forma que interpretemos la ola contestataria, ésta significa que el sistema francés no funciona. Es hora ya de darnos cuenta y de aportar una solución. Si queremos encontrarle algún mérito a ese triste «no», hagamos de éste el fin del consenso a favor del statu quo y esperemos que el cambio devuelva a los franceses su deseo por Europa.

Fuente
Le Monde (Francia)

«L’impasse», por Jean-Marie Colombani, Le Monde, 30 de mayo de 2005.