Las cosas han cambiado actualmente. Tenemos nuevos dirigentes palestinos, y después de las buenas intenciones pasaremos a actuar. La guerra en Irak terminó, aunque que los motivos de su desencadenamiento demostraron no tener fundamento alguno. Después de dos años de reconstrucción de las estructuras del poder iraquí, el terrorismo ha asumido dimensiones insospechadas, no soy el único en decirlo, Irak se ha convertido en un foco de atracción para el terrorismo internacional. Espero que el proceso de democratización iniciado en julio del pasado año tenga efectos estabilizadores en toda la región. El precio en vidas humanas que hay que pagar es alto, pero hay puntos positivos y por ello los países limítrofes de Irak han creado un mecanismo de consulta. La cuestión de saber si la intervención estaba justificada es algo que pertenece al pasado; después de las elecciones, la población y los países vecinos quieren mirar hacia al futuro.

No creo que la disminución de los atentados en Israel durante las elecciones iraquíes signifique que Al Qaeda haya adoptado el principio del «rent a bomber», contratando a otras organizaciones para que los realicen. No sé nada sobre una eventual cooperación entre Hamas o Hezbollah y Al Qaeda o Zarquaui, su esbirro en Irak. En nuestra región no hay un contexto cultural para los atentados suicidas; se trata a la vez de un cambio de modus operandi y de una manipulación psicológica más fuerte. El hombre que se hizo explotar el pasado domingo en Qatar era un cuadro egipcio, con esposa e hijos, que ganaba 5 000 dólares mensuales, tenía casa y se relacionaba con extranjeros. Ese nuevo tipo de kamikaze no sufre el flagelo de la miseria o de la falta de libertades políticas; se trata de una nueva técnica de lavado de cerebro. No se trata de una rama del wahhabismo saudita, no tiene nada que ver con eso. Las interpretaciones actuales que justifican el terror son contrarias a los principios —ante todo de los sunnitas— establecidos por el Islam hace 1400 años. Todas las escuelas jurídicas del Islam respetan determinados preceptos básicos: no matarás, no cometerás suicidio...

Ben Laden es un caso interesante de megalomanía. Primero luchó contra el invasor soviético en Afganistán, había surgido el núcleo de Al Qaeda; después había que encontrar nuevos campos de acción, y estos fueron contra los norteamericanos y sus aliados. Yo pienso que Al Qaeda es más un culto religioso que un movimiento revolucionario o político, aunque la organización persiga objetivos políticos. Nuestra relación con los norteamericanos es ambigua, estamos unidos en el plano político, pero los pueblos de ambos países se perciben mutuamente de manera negativa. Hemos pedido al presidente de Estados Unidos que haga públicas las 28 páginas del informe de la comisión sobre el 11 de septiembre que hace referencia a Arabia Saudita, pues el secreto no hace más que aumentar sospechas infundadas hacia nosotros.

Ben Laden llegó a nuestro país en 1989, quería nuestra aprobación para ir a luchar contra el régimen marxista de Yemen del Sur. Y le dijimos: «no es el momento, ni el lugar, gracias, adiós». Se fue a Yemen. Tras la invasión de Kuwait por Sadam, vino a vernos de nuevo para proponernos liberarlo sin la ayuda de los infieles estadounidenses e ingleses. Volvimos a decirle adiós. A fines de 1993 fue a Sudán. El régimen de Hassan Al Turabi era un centro terrorista donde uno se encontraba lo mismo a George Habache que Hamas, los egipcios de la Djama Al Islamya o los argelinos del FIS, etc. Gracias a su fortuna, ben Laden se convirtió en un héroe en los medios de comunicación masiva sudaneses. Fue también en 1993 cuando envió su primer fax criticando a nuestro reino, después del primer ataque contra el World Trade Center. En marzo de 1994 lo declaramos persona non grata, a principios de 1996 se había convertido también en una carga para Sudán y en marzo regresó a Afganistán. El gobierno saudita nunca lo ayudó oficialmente. Ya he refutado categóricamente esa idea de que la propia Arabia Saudita habría «creado al monstruo que la devora actualmente», tal como leí de nuevo en el «Guardian» hace unos pocos meses.

Fuente
Die Welt (Alemania)

Die Welt Referencia: «Al Qaida ist ein religiöser Kult», por el príncipe Turki Al-Faisal Al-Saud, Die Welt, 31 de marzo de 2005. Texto adaptado de una entrevista.