A medida que se alejan los festejos por el sexagésimo aniversario de la victoria de los aliados sobre el nazismo, se agrieta la unanimidad de las interpretaciones históricas. Ese día no representó una liberación para todos.

El historiador Hubertus Knabe, de la fundación Berlin-Hohenchönhausen, echa por tierra varios tabúes en Die Welt. Estigmatiza la consigna de que los aliados liberaron a Alemania del nazismo. En realidad, no había mucho que liberar sino adversarios que vencer. Stalin, por su parte, utilizó tanto el inicio del conflicto como su desenlace para instaurar su dictadura. De ello se desprende que la victoria de los aliados no constituyó el fin de los horrores. Esta revisión histórica no tiene nada de inocente. Se produce en momentos en que la opinión pública alemana se interroga acerca de la comparación que hace la Casa Blanca entre la «liberación» de Alemania y la de Irak. Esto explica además porqué el historiador no se preocupó por incorporar a su razonamiento los acontecimientos del Pacífico, como los crímenes estadounidenses contra la humanidad cometidos en Hiroshima y Nagasaki. El presidente de Estonia, Arnold Rutel, rechaza en Argoumenty i Fakty las acusaciones de elogio del nazismo lanzadas contra su país en la prensa rusa. Si la historia de su país es comparable a la de Letonia, la posición de su gobierno es diferente. Según él, por una parte los estonios que combatieron en la Waffen SS fueron enrolados a la fuerza y no deben por consiguiente ser considerados como nazis y, por otro lado, si los soviéticos liberaron al país del nazismo, también cometieron después los peores crímenes. Es por ello que no participará en las ceremonias por el 9 de mayo de 1945 [1] en Moscú. Uno se da cuenta de que si las poblaciones europeas reinterpretan su pasado es porque ha desaparecido el enfrentamiento entre atlantistas y soviéticos. Las respuestas a estas polémicas aportarán las ideologías indispensables a las nuevas alianzas. En el momento en que los mitos comunes se vienen abajo, la Unión Europea somete a ratificación, como si tal cosa, un nuevo Tratado. Es la ocasión propicia en Francia para un debate que sirve de fachada mientras los sondeos anuncian una progresión espectacular del «no», que se hace mayoritario, con vistas al referéndum. Es cierto que los partidarios del «no» disponen de un amplio arsenal de argumentos, capaces de convencer a distintas categorías sociales. Por el contrario, los partidarios del «sí» se limitan solamente a adoptar una posición defensiva, ya sea porque dramatizan las consecuencias de un rechazo al tratado, ya sea porque refutan los argumentos de sus adversarios. Ningún elemento de su campaña parece entonces capaz de invertir la tendencia. Jean-Pierre Chevenement se deleita en Le Figaro enumerando los puntos del Tratado que al fin detallan las desviaciones que él viene denunciando hace una decena de años. Sin embargo, para ser justos, hay que admitir que los hechos no confirmaron la vana dramatización a la que se dedicó en el pasado mientras que el análisis de los mecanismos que presentó en aquellos momentos sí demostró ser pertinente. De esta forma, no se produjo la baja que predijo de la cotización del euro, sino todo lo contrario, pero se hizo patente el control de las políticas monetarias por parte de las oligarquías financieras que él denunciaba entonces. Además, anticipándose a las lamentaciones de los que temen la disolución de la Unión Europea, Chevenement acoge con beneplácito el acercamiento entre el núcleo de Europa y la Federación Rusa, o sea, de una posible redefinición de los socios europeos. En ese mismo diario, el embajador Pierre-Louis Blanc resume la alternativa que los franceses tienen ante sí: escoger entre el vasallaje con relación a Estados Unidos y la independencia nacional. Para quien fue uno de los consejeros más allegados de Charles de Gaulle, el Tratado Constitucional es una prolongación del Tratado de Roma, de 1958. Al igual que su predecesor, concibe una Europa bajo la protección estadounidense. Pero el mundo ha cambiado y esta tutela no tiene ya razón de ser. En Libération, Jacques Nikonoff, presidente de ATTAC-France, denuncia de manera abrumadora el Tratado Constitucional en el cual ve una confirmación de las políticas neoliberales aplicadas desde el Acta Única de 1986 (que Jacques Chirac vaciló en apoyar) así como un retroceso de la democracia. Claudie Haigneré, ministra delegada para las Relaciones Europeas, le responde desde las mismas columnas. Según la moda actual, lo acusa de ceder ante la teoría del complot. Pero, más allá del insulto y vistos de cerca, ninguno de los contra argumentos de Haigneré es admisible. Ella logra, sin embargo, explotar una debilidad en las palabras de Nikonoff quien denuncia al mismo tiempo el poder de las sociedades transnacionales y la sacralización de la competencia (para aplastar a las empresas emergentes y consolidar los monopolios privados existentes). La ministra se apodera de ellas sin matices y finge ver en ello una contradicción. En definitiva, el endurecimiento del tono de la campaña deja entrever un conflicto de clase muy alejado del enfrentamiento político entre derecha e izquierda.

Ana Palacio y Vasil Hudak firman juntos una tribuna en el Moscow Times. Ambos autores, representantes de una derecha europea atlantista, se preocupan por las tensiones entre Estados Unidos y Rusia y lanzan un llamado a favor de una asociación razonable. Sin embargo, el desorden se apodera de todo el espacio post soviético. El oligarca ucraniano Alexandre Volkov concedió una entrevista a Vremya Novosti en la que confirma, sin en realidad dar explicaciones, que dejoó hace mucho tiempo a Viktor Yanukovych por Viktor Yushenko y que se mantiene algo retirado de la vida política. Señala asimismo que la visita a Kiev del oligarca ruso prófugo de la justicia Boris Berezovski fue idea suya y precisa que se trata de una visita privada y que su huésped no tiene intención de utilizar a Ucrania como base de apoyo para conquistar Rusia. La caída de Georgia en la órbita atlantista podría traducirse rápidamente en la evacuación de las bases militares rusas implantadas en el país. Para David Rstakian, presidente del Partido Armenio de Georgia, eso sería una catástrofe. En Regnum.Ru da cuenta de sus preocupaciones respecto de un posible retorno de la violencia contra las minorías, ya se trate de los armenios que representa como de los azerbaijanos.

[1] La caída del nazismo se celebra el 8 de mayo en Europa Occidental y el 9 en Europa Oriental.