La agenda de la prensa peruana es un charco donde saltan las ranas del día a día, los sapos oleados del qué dirán y las culebras de la grosería.

Tire una piedra y verá: apenas habrá ondulaciones en ese Mar Muerto de algas pegajosas. Tire unas monedas y un monstruo acuoso, apenas bípedo, le preguntará a quién hay que matar, fusilar con cursivas, envenenar a punta de sospechas.

El horizonte de la prensa peruana llega hasta la comisaría de Monserrate, pasa por la DINANDRO y se extenúa en la frontera del chisme y el comunicado.

Su itinerario va de boca en boca, preguntándole a uno qué piensa del otro, a fulano qué de perencejo y a sutano qué de todos ellos. Es el periodismo de los decires y no de los hechos, el borrador de un aprendiz y no el texto castigado y pulido por una mesa de redacción profesional. Es el periodismo hecho en las escalinatas del Congreso, en las covachas del palacio de Justicia y en la puerta de Desamparados. Pero, sobre todo, es el periodismo que no lastima a los poderosos sino al poder quinquenal de los pobres diablos que se creen el poder y que sólo son su representación teatral.

Sus primeras planas se estornudan en mesas largas donde alguien bosteza y es el más dotado. Él sabe que una primera sin gatillo y Tarantino no venden.

Sus titulares se profieren más allá del bien y del mal, sin correspondencia con el texto al que deberían servir, ingrávidos como un ácaro y familia tras la sacudida de una alfombra.

Sus editoriales serían malos si fueran legibles: se quedan en misterio. Sus crónicas policiales derivan de un dadaísmo retardado en el que es posible que los cadáveres estén fuera de peligro.

Los muertos de su menú, cuando no han sido despojados del resuello por un tajo extremista (foto incluida), mueren siempre “luego de una penosa enfermedad”. Sueño con que la parca me favorezca con un mal brioso y casi saludable.

Todos sus choques con cierta cuantía de cadáveres se llenan de “amasijos de fierros retorcidos”, que es una manera ritual de referirse a la ley de la inercia (aunque en este caso estemos hablando de la inercia mental y del estado catatónico de la imaginación). Todos los partidos de la selección de fútbol son “decisivos” y son ganados en la edición previa con patriotismo y gritos de alta mar.

Sus secciones de economía padecen hace años de esa cuadraplejia que no aspira a la eutanasia sino a la quietud de los siglos: las empresas (o sea los clientes) siempre tienen la razón.

Como no hay sindicatos, no hay página sindical. Y como no hay país sino achipiélago de voluntades encontradas, la mayor parte de sus columnistas hablan como lobbistas y sinceros embajadores de sí mismos.

El mundo apenas existe -sobre todo si cumple con el tarifario de cadáveres que se requiere para obtener protagonismo-. Es decir, el tsunami indonesio es bienvenido; el conflicto islámico en Indonesia, no. Esto último aburre, ofende, alfabetiza y quizás nutra. El tsunami entretiene.

Africa, por eso, es plaga de guerrillas, masacres y sida. Oriente existe cuando Kobe se desploma o la Sony compra una nueva cadena norteamericana. El medio oriente tiene su peaje: un muerto israelí vale por cinco palestinos y la frase terrorismo de Estado está prohibida. La guerra pendenciera de Irak es civilizadora, la de Afganistán imprescindible, las que vendrán inevitables y no importa que USA se niegue a firmar el protocolo de Kyoto o el tratado del Tribunal Penal Internacional y que mantenga, a pesar de las denuncias de Amnistía, el gulag caluroso de Guantánamo (que los gulags sí son buenos cuando los hacen los “nuestros”). ¿Y Europa? Como represalia indigenista, la prensa peruana no la ha descubierto todavía.

Y los grandes diarios tienen, además, sus hijitos supernumerarios, sus hijitos negados, engendros de la farándula y las meganalgas, engendros que son como lobotomías de papel y que producen esa adicción al forraje periodístico que termina en un relincho o en un crimen.

La prensa escrita peruana -con las excepciones que algún día serán honradas- está hecha para convertir la estupidez en una escarapela patria. Se planeó en una caverna y un empresariado que no ama a su país sino para rebanarlo la controla y expande. Las ovejas del señor no necesitan hoy cadenas. Con unos pocos centavos diarios recibirán la ración de insignificancia que las seda.

*Suplemento de La República, 26-6-2005