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Cuenta Eduardo Galeano: “Era un mago del arpa. En los llanos de Colombia no había fiesta sin él, para que la fiesta fuera fiesta. Mesé Figueredo tenía que estar allí con sus dedos bailanderos que alegraban los aires y alborotaban las piernas. Una noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. Iba Mesé Figueredo camino de una boda, a lomo de mula, en una mula él, en la otra el arpa, cuando unos ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes”.

Al día siguiente alguien lo encontró. Estaba tirado en el camino, un trapo sucio de barro y sangre, más muerto que vivo. Y entonces aquella piltrafa dijo con un resto de voz: Se llevaron las mulas. Y dijo: Se llevaron el arpa. Y tomó aliento y se rió. Echando baba y sangre se rió. Pero no se llevaron la música.”

La nena de cuatro años miró con sus grandes ojos negros al periodista que empuñaba un micrófono y le preguntaba con voz cómplice: ¿Por qué se hace la marcha? Una sonrisa entre irónica y traviesa se dibujó en la cara de la pequeña quién casi con desprecio le contestó: “¡Que tonto! No sabes que en el país hay chicos con hambre!” La anécdota la contó el sociólogo Alberto Morlachetti, uno de los impulsores de la protesta, en el programa “Sin Zapping” que se emite por AM 740 Radio Cooperativa.

En tiempos sociales mucho menos inclementes, se decía que la utopía era como el horizonte, porque cuando uno avanzaba hacia ella se alejaba. Y entonces surgía la pregunta lógica: ¿Para que sirve la utopía? Y la respuesta era: Sirve para eso para caminar.

El 20 de junio, en Tucumán, más de 1500 personas entre niños y adultos iniciaron una marcha para reclamar la erradicación del hambre infantil en el marco de la iniciativa del Movimiento Nacional de Chicos del Pueblo.

El punto de partida fue el Barrio El Trula, donde vive Barbarita, la nena que lloró de hambre en cámara hace un par de años y puso mediáticamente el drama en la pantalla.

La nena de cuatro años le dijo al periodista imprudente: ¡Que tonto! ¡No sabes que en país hay chicos con hambre!

La pobreza, el hambre, la mala distribución de la riqueza son los ejes centrales de la marcha. La que se hizo en el 2001 fue por la efectivización de todos los derechos de los niños. La del 2002, exigía trabajo para los adultos y educación para sus hijos.

El sociólogo Alberto Morlachetti, un referente social excepcional, lo dice con su voz calma y profunda: “La sociedad debería tender a proteger al niño, pero esta sociedad, por el contrario se protege del niño. Las políticas de la infancia, son institutos, servicios penitenciarios, clínicas psiquiátricas, son todas represivas. No hay políticas protectoras de la infancia, como si las infancias pobres fueran infancias superfluas. Estos chicos están destinados a habitar el país de ningún lugar, de los sin derechos.

¿Como pudo haber arraigado en la gente la idea de que detrás de cada chico de la calle hay un mafioso? Hay que entenderlo, detrás de cada chico de la calle hay un desocupado. Hay infancia, si mamá y papá tienen trabajo. Si no la infancia no existe. Ser chico no es una etapa inferior de la vida. Es una etapa plena, como ser adulto. ¿Como hago para lograr que un chico no sea violento si le amputo los insumos básicos de la crianza humana, si no guardo su primer diente, su primer cuaderno, su primera fotografía? ¿Cual es el delito que cometieron los 55 chicos que se murieron hoy de hambre”?.

Los chicos le están sacando tarjeta roja a la sociedad que los condena al crimen del hambre, a la exclusión adolescente, a estar mucho más cerca del paco que de la escuela. El delito está ahí, el futuro en ninguna parte.

Las estadísticas revelan tanto, como la anestesia que proyectan. Varios chicos desamparados son un drama. Miles y miles un número en un estudio.

Hay en el mundo 2200 millones de chicos de los cuales 1900 viven en países subdesarrollados. 1000 millones, uno de cada dos son pobres.

Cada 24 horas mueren de hambre en el mundo 100.000 personas, de las cuales 30.000 son niños con menos de cinco años.

En la Argentina hay nueve millones de niños y jóvenes que viven en hogares pobres. Esto significa que casi el 60% de los quince millones de menores de todo el país son pobres. De esos nueve millones, más de tres millones y medio son indigentes.

Desde el 2001, 500.000 niños abandonaron en su gran mayoría sus estudios, sus juegos y sus vidas de niños y deben ser sostén de hogar, ayudar o reemplazar a los adultos.

La pequeña de cuatro años le está diciendo al presidente que se pavonea con el superávit fiscal y comercial, al empresario que siempre dice que los sueldos son inflacionarios, a las señoras de clase media que olvidaron las cacerolas en la cocina, a los políticos sumidos en sus internas, “que tontos, no saben que en el país hay chicos con hambre.”

Es más grave todavía. Eso la pequeña lo ignora: lo saben pero no quieren, no pueden o no saben como resolver esta ignominia.

El 1 de julio, la marcha de los chicos llegará a la histórica Plaza de Mayo, ahí donde los argentinos intentamos rescribir una y otra vez la historia. Sería bueno que una multitud demuestre que no están solos. Que el hambre es un crimen que hay que detener. Que no han sido definitivamente abandonados. Que nos importan. Que ellos son la música de Mesé Figueredo que debemos cuidar. Que si finalmente también la roban, habremos enterrado todas las utopías y habrá desaparecido para siempre el horizonte.

Yo no quiero que una nena me acuse: ¿Como permitiste que esto suceda?

Si somos muchos los que decidimos torcer el retroceso ignominioso, tal vez en el horizonte encontremos que las palabras de Alberto Morlachetti, el coordinador nacional del Movimiento de los Chicos del Pueblo se hagan realidad: “Llegaremos a Plaza de Mayo el 1 de julio, para juntar los pedacitos de sueños. Para encontrarnos en la alegría de saber que podemos construir un país para todos”.