Escribió Jorge Basadre: “Un país robusto necesita una juventud entusiasta con capacidad para sentir un íntimo asco ante toda falsificación de valores, con voluntad de construcción inteligente y honestamente combatiente, con pudor de lo que hace y lo que dice, inspirado en la dignidad cívica sin la cual la república no merece ese nombre.”

“Pero, a su vez, -prosigue Basadre- un país sano necesita ofrecer a su propia juventud perspectivas amplias, posibilidades abiertas, colaboración efectiva en el quehacer común. De modo que el problema no es sólo el progreso material, de reformas sociales, de organización estatal. Es también problema de renovación de valores, de fervor espiritual, de capacidad de entusiasmo, de mística colectiva”.

Agrega el historiador: “Entre las oligarquías aferradas al pasado -en el cual no todo es sacrosanto y sin cuya rectificación y superación no existiría la historia-, las iras revolucionarias de otro lado y las concupiscencias inmediatas como tercer término, más lamentable todavía, un progresismo constructivo con nutricias raíces populares y con la mira puesta en el bienestar común podía evitar los peligros de la estagnación y del estallido, siempre y cuando reuniera el triple requisito de la técnica, de un mínimo ético y de la capacidad para planificar con lucidez y coherencia y ejecutar una decisión”.

Conviene preguntar de inmediato si los partidos políticos o lo que así gustan llamar a sus clubes de aspirantes a burócratas, están preparando cuadros y les están enseñando desde la más elemental forma de leer un diario, escuchar una radioemisora o ver críticamente televisión. Porque no se puede creer cuanto dicen las publicaciones, ni lo que repiten los locutores, loros modernos con voces engoladas y graves y, ¡mucho menos!, atenerse a cuanta estupidez se propaga por la televisión y a cargo de irresponsables que hacen cualquier cosa con tal de embolsicarse buenos miles de dólares.

La convocatoria gonzalezpradiana a los jóvenes recordando que los viejos tienen ya la tumba como única esperanza redentora, tiene una vigencia marmórea y retumba en el Perú de nuestros días.

Por absurdo que parezca sólo la angurria de ocupar una curul, un puesto en alguna asesoría, un asiento secretarial o la más humilde pega (pero segura), preside la ambición de los políticos criollos. Ninguna agrupación discute sobre la posición geopolítica del Perú con cinco fronteras ni en torno a la política energética. Ciertamente que menos sobre el rol del Estado en un mundo globalizado y la intromisión abusiva del poder imperial de Estados Unidos a través de los TLCs, sus bonos financieros, bancos de inversión dizque social pero que prohíjan panzones que actúan como cualquier otro banquero cobrando o ejecutando. ¡Qué bah si se tratara de hablar sobre la política de los institutos armados porque hay imbéciles a quienes seduce la idea de fundir los cañones para que entonces “vengan” las inversiones! ¡Quienes llegarían entonces, no serían otros, que al vernos como mansas palomas inermes, arribarían a la conclusión que somos presas apetecibles!

¡Es hora que rescatemos a los grandes hombres y sus enseñanzas tienen que ser redescubiertas! De los mercaderes del templo, de los advenedizos, de los murciélagos miopes que merodean en la sucia política peruana no hay nada que aprender. En cambio, volver a las fuentes es un acto de valentía insobornable. ¿Hay otros caminos?

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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