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Para su sexta alocución televisiva transmitida en horario de máxima teleaudiencia, George W. Bush no escogió como marco la Oficina Oval, que tanto utilizaron sus predecesores, ni su rancho de Crawford o un portaaviones, sino la base militar de Fort Bragg (Carolina del Norte).

Con la ayuda de prompters (pantalla que proyecta el texto), leyó su discurso ante 750 soldados de élite de la 82 División Aerotransportada y de las Fuerzas Especiales quienes, en caso de demostración intempestiva de desaprobación, podían ser enviados a una Corte Marcial.

Llevaba ostensiblemente la cadena de un soldado muerto en el campo de batalla que le entregaron los padres del héroe. Tras él, la bandera de Estados Unidos completaba el decorado para señalar que, como presidente, es también jefe de las fuerzas armadas. En pocas palabras, un decorado típico de todos los regímenes totalitarios.

Su alocución duró exactamente 28 minutos y estuvo enmarcada por espacios publicitarios comprados por las empresas que financian al régimen. En el Imperio, la política no es más que una forma de negocio.

Actualmente en baja en todos los sondeos de opinión, Bush trató de responder a las críticas sobre la guerra contra Irak y de movilizar nuevamente a la opinión pública en torno al conflicto.

Siguiendo las indicaciones de su consejero Karl Rove, recurrió cinco veces a la única carta de que dispone: los atentados del 11 de septiembre de 2001. El truco está gastado pero, aunque no convence, logra al menos acallar toda oposición.

«Las tropas, aquí y en el mundo, libran una guerra mundial contra el terrorismo. Esa guerra llegó a nuestras costas el 11 de septiembre de 2001. Los terroristas que nos atacaron, y a los que estamos haciendo frente, matan en nombre de una ideología totalitaria que odia la libertad, rechaza la tolerancia y condena toda oposición (...) Después del 11 de septiembre, adopté un compromiso ante el pueblo norteamericano: este país no esperará otro ataque. Llevaremos la guerra al territorio enemigo. Defenderemos nuestra libertad (...) Nuestros enemigos solamente pueden triunfar si olvidamos el 11 de septiembre... si abandonamos a los iraquíes en manos de hombres como Zarkaui... y el porvenir del Medio Oriente a hombres como Bin Laden (...) Ellos tratan de hacer retroceder nuestra voluntad en Irak, como mismo trataron de hacerlo el 11 de septiembre de 2001. No lo lograrán (...) Después del 11 de septiembre de 2001, dije a los norteamericanos que el camino a seguir sería difícil y que venceríamos. Pues bien, ha sido difícil y estamos venciendo».

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El argumento es harto conocido. Fue desarrollado en la época en que la opinión pública creía aún que Al-Qaeda tenía una base en Irak bajo la protección de Sadam Husein y que el tirano de Bagdad almacenaba armas de destrucción masiva para atacar Estados Unidos. Pero hoy, cuando todas esas imputaciones han sido ya desmentidas, es simplemente ridículo.

Sin embargo, Bush no temió utilizarlo de nuevo pues sabe que sus opositores no se atreverán a atacarlo en ese terreno. Ahí reside la clave de la autoridad de George W. Bush: al asociar a toda la clase dirigente de su país y de los países aliados a las mentiras sobre el 11 de septiembre, las redujo a la impotencia.

Toda oposición es remitida al mito del complot islámico mundial al que se achacan los atentados. Ningún hecho puede ya ser calificado como un fracaso del presidente sin que Bush lo presente de antemano como un ataque de los terroristas, de Bin Laden, Zarkaui y compañía.

«El trabajo en Irak es difícil y peligroso. Como la mayoría de los norteamericanos, veo esas imágenes violentas y sangrientas. Cada una de esas imágenes es horrible -y el sufrimiento es real. Sé que en medio de esa violencia, los norteamericanos se preguntan: ¿Vale la pena el sacrificio? Vale la pena y es vital desde el punto de vista de la seguridad futura de nuestro país».

A quienes empiezan a cuestionarse sobre la muerte de 1,730 soldados estadounidenses [1] en Irak, el presidente les responde que su sacrificio valió la pena, invocando para ello una causa imaginaria: la lucha contra el complot mundial anti-estadounidense que no se contentó con actuar en Nueva York, Washington y Pensylvania sino que «siguió matando en Madrid, en Estambul, en Yakarta, en Casablanca, en Riad, en Bali y otras partes».

Una respuesta paranoica que tiene la ventaja de desviar la atención de dos preguntas: ¿Qué fueron a buscar los soldados estadounidenses en Irak? ¿En qué puede mejorar la situación con el sacrificio de sus vidas?

Una vez más, Bush manipula magistralmente las debilidades de la clase dirigente estadounidense. Todo el mundo sabe muy bien que, en un futuro próximo, no existía amenaza militar alguna para la seguridad de Estados Unidos, ni por parte de Irak ni de ninguna otra potencia, sino una amenaza económica proveniente de la crisis energética.

La decisión de conquistar Irak fue tomada en el marco de un amplio plan de apropiación de los hidrocarburos del Golfo Arábigo-Pérsico, con pleno conocimiento del costo humano y del caos que ello implicaba. Al negarse demócratas y republicanos a renunciar al american way of life, o sea, al despilfarro y la explotación impuesta al resto del mundo, nadie es capaz de oponerse a la guerra.

Como quiera que sea, para quienes se inquietan ante el empantanamiento, Bush explicó con detalles su plan de «iraquización» del conflicto: entrenamiento de fuerzas represivas iraquíes por instructores norteamericanos, despliegue de consejeros técnicos en las unidades represivas locales y tutela norteamericana sobre los ministerios del Interior y de Defensa. Nada nuevo para quienes se acuerdan de Vietnam.

El discurso contenía, sin embargo, una importante novedad: el llamado de Bush a la población para que apoye a los militares que se encuentran en el frente y la exhortación a la juventud para que se enrole en el ejército.

«En ocasion de la celebración [nacional] del 4 de julio, les pido que busquen la forma de dar las gracias a los hombres y mujeres que defienden nuestra libertad, izando nuestra bandera, enviando cartas a nuestros militares en el extranjero o ayudando a la familia de algún militar que viva en la vecindad.

El Ministerio de Defensa ha creado para ello un sitio particular en internet: AmericaSupportsYou.mil. Pueden consultarlo para obtener información sobre las actividades de los habitantes de su ciudad en ese sentido.

En momentos en que celebramos nuestra libertad, brindemos nuestro apoyo a los hombres y mujeres que nos defienden a todos» [2].

«A quienes están mirando la televisión esta noche y que consideran la posibilidad de dedicarse a la carrera militar, les digo que no hay servicio más noble que el de nuestras fuerzas armadas.

Somos libres porque todas las generaciones han tenido patriotas deseosos de servir una causa más grande que ellos mismos. Los que están en servicio actualmente ocupan el lugar que les pertenece entre las grandes generaciones que llevaron el uniforme de nuestro país».

En definitiva, la militarización de la sociedad estadounidense sigue siendo la única respuesta a la crisis de su modelo económico.

[1] Esa cifra, establecida por el Departamento de Defensa, no incluye las bajas de los demás departamentos y agencias estadounidenses (como la CIA), los mercenarios pagados por la Coalición y los agentes privados de seguridad así como las de los demás Estados de la Coalición.

[2] En estas páginas habíamos dedicado ya anteriormente un corto artículo al sitio en internet al que George W. Bush hace refererencia.