Más que nunca, el diario estadounidense Wall Street Journal aparece como un arma al servicio de los neoconservadores para ejercer presión sobre Kofi Annan a fin de que asuma en su totalidad el plan de éstos para la «modernización» de la ONU, del que aún rechaza algunos detalles. Semana tras semana, la editorialista Claudia Rosett destila acusaciones personales en sus columnas contra el secretario general de la organización y su hijo. Cuando el señor Annan se aventura a ejercer su derecho de réplica en las columnas del diario, la señora Rosett ve en ello un nuevo argumento para que Estados Unidos deje de financiar a la ONU: las defensas del secretario general serían redactadas por su equipo de comunicación, pagado en parte por la contribución estadounidense a la organización.
Sin embargo, los esfuerzos de Kofi Annan para asumir su función al mismo tiempo que se justifica adquieren visos patéticos: en cada intervención, el secretario general hace concesiones y suscribe un poco más las reivindicaciones de los neoconservadores que lo acosan. Enmascara sus repliegues recordando que la ONU debe ocuparse también de la lucha contra la pobreza y de algunos otros ideales con los que ya no está el corazón. Los principios fundamentales han pasado a la cuenta de pérdidas y ganancias. El señor Annan ha aceptado que los Estados ya no son ni iguales ni soberanos, que la Asamblea General sea privada de sus principales atribuciones y que la Comisión de Derechos Humanos sea acaparada por «expertos».
En este contexto, algunos no soportan los argumentos de mala fe manejados por los neoconservadores. Por ejemplo, el periodista Alain Gresh destaca en el Gulf News que el caso de corrupción vinculado al programa Petróleo por Alimentos oculta escándalos mucho más graves, comenzando por el del embargo en sí.
Como quiera que sea, ante la pseudo modernización que se anuncia, cada cual en la comunidad internacional trata de retirarse a tiempo. Así, el embajador Henrik Schmiegelow llama a los lectores del Asahi Shimbun a apoyar la entrada de su país y del de ellos en el Consejo de Seguridad, aun cuando no tengan derecho al veto, pues más vale poco que nada.

En la prensa francesa, los gaullistas continúan enfrentándose: por un lado los partidarios de la independencia nacional y por el otro los atlantistas. El primer ministro Dominique de Villepin se apoya en el rechazo al Tratado Constitucional (del que sin embargo fue oficialmente partidario) para fingir que tiende la mano a Tony Blair al proponer la reducción de la Unión política a cinco Estados: Alemania, Gran Bretaña (designación que prefiere ante la demasiado imperialista para su gusto de Reino Unido), España, Italia y Francia. Todo esto aparece en Le Monde sin que se cuestione la retórica usual de «los valores comunes» y evitando mencionar las divergencias de intereses.
En Le Figaro, el deputado atlantista Pierre Lellouche deplora el ruidoso divorcio de Jacques Chirac y Tony Blair, y trata de reconciliar a esta improbable pareja para lo que resalta que Francia y el Reino Unido llevan a cabo importantes proyectos industriales y no pueden por lo tanto separarse sin que se debiliten mutuamente. Peor aún, insiste, Francia sería la más afectada, pues su moneda, el euro, se vería muy perturbada mientras que la libra británica resistiría. No obstante, este argumento no está demostrado por el tiempo y subraya, por el contrario, que Londres permanece más anclada en el Commonwealth que vuelta hacia Europa.