Para sorpresa general, el nuevo presidente iraní es un conservador que venció al realista Alí Rafsandjani. Ahora bien, esta victoria ocurre justo cuando asistimos a la aparición de una nueva generación política. ¿Cómo explicar estos acontecimientos aparentemente contradictorios? Varios factores explican esta debacle. En primer lugar, un simple cálculo electoral. De 46 millones de electores sólo 26 millones asistieron a las urnas. Ahora bien, los conservadores cuentan con el 15% de los votantes y lograron reunir a otros contestatarios así como a los decepcionados económicos de la presidencia de Jatami, mientras que los reformistas se negaban a movilizarse a favor de Rafsandjani. Las clases populares apoyaron de manera masiva al nuevo presidente. Para aquellos que no disfrutaban de las repercusiones económicas de la estabilidad del dólar, del saneamiento de la balanza de pagos y de diversas medidas que favorecían la liberalización de la economía, que veían los barrios ocupados por las clases medias y superiores llenarse de extraordinarias construcciones, el discurso reformista sonaba vacío. Los medios conservadores comprendieron bien la fibra chiíta de las clases populares. Los reformistas prometen la democracia, el clero habla de la limosna y de los impuestos islámicos. Ahmadineyad se aprovechó de las redes conservadoras que financiaron generosamente su campaña. Otro hecho significativo es el cambio de generación que representa la elección de Ahmadineyad. Los antiguos están siendo desalojados. Hay que señalar asimismo la presencia cada vez más palpable del ejército de los pasdaran [guardias revolucionarios] en los círculos políticos de Irán. En el pasado decenio se produjo una profunda división en Irán entre los que se benefician con los ingresos petroleros y aquellos que sufren los trastornos económicos, y consideran que se ha producido una traición respecto de los ideales igualitarios de la revolución. Además, las capas populares acogieron de mala forma el abandono del chiísmo como cultura dominante en las nuevas clases dirigentes. Añadamos a ello la abstención de los reformistas hastiados y el resultado fue la elección de un neoconservador iraní que aplastó a un importante dirigente del aparato estatal. Pero, paradójicamente, si la razón y el realismo prevalecen de ambos lados, esto podría facilitar el diálogo con Occidente con relación al tema nuclear. A partir de ahora, Irán tiene una sola voz.

Fuente
Le Monde (Francia)

«Le paradoxe iranien», por Farhad Khosrokhavar, Le Monde, 1ro de julio de 2005.