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Desde los bombardeos de la Alemania nazi o de una que otra escaramuza bélica del IRA, en Londres no pasaba nada. Pero ahora, con el atentado terrorista, atribuido a esa razón social genérica denominada Al Qaeda, no sólo quedan los muertos ingleses, sino otra vez el camino para una reflexión sobre los terrorismos: los de Estado y del imperialismo, y los otros, que son respuesta a los ataques de aquéllos.

La incursión estadounidense en Irak, amparada con una mortaja de mentiras prefabricadas, sigue teniendo secuelas. La invasión a un país soberano, el haberse pasado por la faja a la ONU, la lluvia de bombas “inteligentes” y de racimo, el feroz ataque terrestre, en fin, llevado a cabo por Bush contra Irak ha generado nuevas maneras de resistencia y, por supuesto, sofisticados contragolpes del terrorismo internacional.

Bush, que en un comienzo creyó que su voraz expedición iraquí duraría pocos meses y que vencería con facilidad a un pueblo, que, al fin de cuentas debió haber sido el que barriera del poder al dictador Hussein, está ahora encartado con sus tropas en la antigua Babilonia.

Estados Unidos, que tomó como pretexto el derrocamiento de su ex aliado Sadam para invadir Irak, ha aplicado en ese país las formas más criminales del terrorismo: sus bombas y artillería han matado millares de civiles, entre ellos niños y mujeres; además de haber destruido invaluables tesoros culturales, patrimonio de la humanidad.

Su rapacidad para quedarse con el petróleo iraquí y por instalar un lucrativo negocio de reconstrucción, en el que están involucradas diversas multinacionales, la encubrió con una retórica vulgar, como decir que se trataba de una exportación de democracia y libertad. O de autodenominarse como el “campeón” de la justicia en el mundo.

Para el efecto, además, ha señalado a otros como pertenecientes a un presunto Eje del Mal, mientras él y su grupo de halcones se matriculan en los ejércitos de querubines y otros seres de bondad. Es decir, el terrorismo que practica el imperialismo no lo es. Son acciones bienhechoras, liberadoras, democráticas. Es, según ellos, una “guerra humanitaria”.

Ese tipo de terrorismo institucional es bastante viejo. Lo han practicado los Estados Unidos en todo el mundo. Desde los tiempos del genocidio de Hiroshima y Nagasaki han retorcido el planeta con diversas atrocidades. Con la CIA, por ejemplo, derrocaron gobiernos legítimamente constituidos, asesinaros opositores, patrocinaron dictaduras militares, coadyuvaron en la creación de planes siniestros de exterminio, como el Plan Cóndor en el Cono Sur del continente, causante de miles de muertos, torturados y desaparecidos.

Y como un modo sutil de enmascarar el lenguaje, a determinadas operaciones las camuflan para darles otro sentido. Así, los muertos civiles causados por ellos en Irak o en Afganistán no es un asunto de terrorismo sino de “daños colaterales”.

En esa misma dirección podría decirse que un “daño colateral” es la reacción suscitada entre sus víctimas. Esa que sin duda utiliza métodos terroristas, pero cuyas causas están en el otro terrorismo, en ese que aparece con un vestuario “bondadoso” y “democrático”. Ambos, desde luego, repudiables.

No hay duda, entonces, que la política externa de los Estados Unidos, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, ha promocionado y servido como caldo de cultivo a la aparición de movimientos terroristas, como los que atacaron el 11 de septiembre el corazón del imperio, o como los que, posteriormente, llenaron de sangre y destrucción a Madrid.

Los recientes atentados en Londres hay que enmarcarlos en el cuadro de horrores que es el mundo contemporáneo, en el que, por un lado, el imperialismo devasta naciones y se yergue como el gendarme universal, y, por el otro, es la causa de la irrupción de células y grupos terroristas.

España e Inglaterra no tenían razones para apoyar una sinrazón: la ilegal ocupación estadounidense de Irak, y hoy, como ayer, pagan con un alto precio su apoyo a la rapiña de Bush. Y lo peor de todo, es que, de nuevo, las víctimas son civiles inocentes. El corresponsal de guerra inglés Robert Fisk lo escribió hace poco de una manera más gráfica: “Lo que enfrentamos aquí es un ataque específico, directo y centralizado contra Londres como resultado de la “guerra contra el terror” en la que lord Blair de Kut al Amara nos ha atrapado”.

Sí, porque, aparte de Bush, al que muchos califican como el gran terrorista mundial, los otros culpables de los atentados de Madrid y Londres han sido José María Aznar, que ya el pueblo además le cobró su participación como lacayo de los gringos, y Tony Blair.

El día de la inauguración del G-8 y de las celebraciones por la designación de Londres como sede olímpica, ese otro terror puso en jaque a los servicios de seguridad ingleses y causó muerte, desolación y pánico. Como suele pasar, a diario, en Bagdad y otras ciudades de la martirizada nación iraquí, pero que ya no son noticia.