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Alexander Lukachenko

Desde la proclamación de su independencia, Bielorrusia sigue siendo un enigma para los corresponsales de prensa extranjeros. El país se ha negado, primero por elección democrática y luego en el marco de un régimen más «populista», a seguir la única vía decretada como inevitable en 1991, la de adoptar una economía de mercado desregulada y acercarse a la OTAN.

En estos momentos, a diferencia de las ex repúblicas soviéticas vecinas de Rusia, «los Bisontes», un grupo de jóvenes formados bajo la égida de «Optor», la organización serbia creada con el apoyo de las autoridades estadounidenses para derrocar a Milosevic, no han logrado encontrar suficientes candidatos para derrocar el régimen en el poder en Minsk.

A pesar de su turbulenta identidad, Bielorrusia sigue poniendo en práctica una política de compromiso a priori imposible de clasificar entre «nostalgias soviéticas», atracción por el «socialismo de mercado» al estilo chino y proyecto de crear un «liberalismo no caótico».

El gobierno de Lukachenko es ciertamente autoritario, pero goza de una base popular que sobrepasa probablemente la de la mayoría de los potentados de la ex URSS. De ahí su longevidad, fruto de un compromiso de facto entre una sociedad poco nacionalista y generalmente desconfiada en cuanto al modelo liberal, una nomenklatura vinculada a sectores industriales que necesitan generalmente la participación del Estado (industria espacial, militar, de transformación) y las presiones del mercado mundial «globalizado».

Históricamente, Bielorrusia sufrió las consecuencias de su posición como lugar de tránsito abierto hacia Polonia y Europa Occidental, al oeste, y hacia Rusia y la masa continental eurasiática al este. Las elites locales eran tradicionalmente polacas o rusas. La sociedad bielorrusa, casi totalmente campesina hasta los años 1920, se sintió atraída por la cultura rusa a medida que se afirmaban componentes populistas y más tarde revolucionarios.

Las revoluciones rusas de 1905, de febrero de 1917 y de octubre de 1917 encontraron un eco particularmente amplio en Bielorrusia, incluso cuando al mismo tiempo nació una corriente nacionalista [1].

Luego de un corto período de autonomía política, de despertar social y cultural, en los años 1920, el poder estaliniano eliminó la mayoría de las elites literarias de la república, industrializó el país de manera forzosa y favoreció el ascenso social masivo de cuadros de origen campesino.

Las masacres nazis provocaron de inmediato el surgimiento de un poderoso movimiento de resistencia que contribuyó a arraigar en esta «república de partisanos» un patriotismo soviético con bases territoriales y «multinacionales».

Los veteranos, a menudo reubicados en la industria militar y en el ejército al final de la guerra, constituyen hasta nuestros días un medio social dotado de gran influencia ya que contribuyeron a legitimar el poderoso sector militaro-industrial. Después de 1945 Bielorrusia sobrepasó el nivel económico de Rusia y se convirtió en uno de los centros industriales de vanguardia de la URSS y en su «taller de ensamblaje».

A pesar de la catástrofe de Chernobil, que la afectó directamente, y de la perestroika la sociedad se quedó perpleja ante las reivindicaciones nacionalistas que amenazaban con privar al país de sus vínculos económicos tradicionales. Y la ideología liberal, que implicaba la desaparición de los logros sociales de la era soviética, provocó, tan pronto como concluyó la perestroika, considerables reticencias en un país que acababa de salir de la miseria y de la inseguridad.

La oposición anticomunista y nacionalista tuvo que enfrentar desde el principio a la reticencia de muchos sectores de la sociedad, ya sea de parte de aquellos que seguían atados a los valores del comunismo, de los que soñaban con un populismo «socialdemócrata» aún por inventar o los que daban la prioridad a la autonomía de las empresas en el marco de una política activa del Estado.

La nomenklatura soviética que permaneció al mando luego de 1991, sin preservar verdaderamente las ventajas adquiridas durante el período socialista ni introducir tampoco los cambios necesarios, perdió rápidamente la autoridad necesaria para seguir al mando por la vía parlamentaria.

Ello favoreció el ascenso de Alexander Lukachenko, cuyo discurso se aproximaba a las preocupaciones populares, que no vacilaba en emplear en sus intervenciones una mezcla de ruso y de bielorruso incalificable desde el punto de vista lingüístico y de quien se burlaron de inmediato los intelectuales, lo que despertaba por consiguiente un sentimiento de proximidad entre él y las capas populares.

Así pudo «ir al encuentro de su pueblo», con mayor facilidad dado que, como un verdadero viajante de comercio, supo reanudar, visita tras visita, los lazos económicos y comerciales con las regiones y empresas de los restantes Estados postsoviéticos.

Para ello, puso en práctica un dirigismo bastante desordenado, pero que permitió sin embargo a sus compatriotas evitar en parte tener que padecer la degradación económica y social que vivieron sus vecinos luego de la desaparición de la Unión Soviética.

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Ejemplo de pegatina distribuida por los «bisontes»

En ese contexto, las fuerzas de oposición nacionalistas y prooccidentales o liberales y rusófilas se enfrentaron a la incomprensión de gran parte de la población. Lukachenko ha sabido hasta ahora «mantener encendida la llama» en sus partidarios a través de medidas sociales, consideradas como demagógicas por los políticos occidentales, como son el empleo plebiscitario repetido del referéndum, la represión de las fuerzas opositoras, la denuncia de dignatarios demasiado independientes o cuya propensión a la corrupción era demasiado visible.

En cambio, se ha negado siempre a reconstituir un sistema de partido único. Ha mantenido bajo su control a varios relevos políticos competidores (partidos «proestatales», rusófilos o de orientación comunista, administración presidencial ramificada en todo el territorio, ministerios de seguridad, ejército, iglesia ortodoxa rusa, etc.).

La administración presidencial cuenta hoy con más de 40,000 funcionarios y duplica la administración estatal hasta la escala local. Administra sectores completos de la economía, controla las fuerzas de seguridad y varios medios de difusión. En cambio, las fuerzas opositoras son apenas toleradas. El límite que no se debe traspasar es molestar al poder y estar en condiciones de poner en tela de juicio su perennidad.

Los militantes o los periodistas, pero con mayor frecuencia los dignatarios que caen en desgracia, son objeto de intimidación y en ocasiones de la represión abierta. Las organizaciones de defensa de los derechos humanos señalan casos de desapariciones o de asesinatos sospechosos.

Los resultados electorales son dudosos. Pero no debemos considerar por ello que la masa de la población rechace, al menos por el momento, el poder personal de su presidente. Los partidos opositores nunca han logrado movilizar una masa suficiente de militantes y mucho menos de electores.

El poder controla los medios de difusión audiovisuales nacionales pero la población tiene acceso a los medios rusos, con frecuencia bastante críticos con relación al presidente Lukachenko. En cuanto a la prensa de oposición, en el mejor de los casos sólo se vende fuera de los puntos de distribución que controla el Estado.

Señalemos que estos métodos «duros» no difieren mucho de los aplicados en la mayoría de los Estados postsoviéticos o en otras partes del mundo y que las «revoluciones teledirigidas a través de Interflora» no han logrado grandes cambios en ese sentido, algo que el ejemplo de Georgia confirma con creces.

En todas partes, los aparatos estatales postsoviéticos dan la prioridad, debido a la fuerza de la costumbre, a los métodos expeditos y se encuentran pocas veces en condiciones de pensar en una política coherente a largo plazo desde que perdieron su «brújula ideológica».

Pero como la única vía que proponen Estados Unidos y sus socios es la de la inestabilidad de las condiciones de vida, se entiende porqué las denuncias internacionales contra el régimen de Lukachenko provocan vacilación entre sus compatriotas ya que sus causas son evidentemente geopolíticas y tienen poco que ver con una real preocupación por los derechos humanos.

El poder personal del presidente Lukachenko se apoya además en una constitución comparable a la que está en vigor en Moscú, así como en muchos Estados considerados plenamente democráticos según los criterios que predominan hoy en el mundo.

Los bielorrusos saben mejor que nadie que el saldo del «cambio constitucional» que organizó Yeltsin en Moscú en 1993 fue un baño de sangre para los parlamentarios rusos, seguido de un referéndum falsificado que contó en esa época con el apoyo de los «liberales» anglosajones y que dio la prioridad a la «apertura económica» antes que al respeto de las normas democráticas y de la vida humana.

Hoy, esos mismos «liberales» se declaran mucho más vigilantes con respecto a la democracia en Rusia, en el momento en que las elecciones se desarrollan de forma menos criticable, pero precisamente cuando Moscú ha decidido reconstruir una política nacional de desarrollo y volver a hacer irrupción en el escenario internacional.

Nada puede entonces explicar a los ojos de muchos bielorrusos que se mantenga a su país fuera del Consejo de Europa. Todo el mundo ha entendido bien que se trataba de oponerse a un gobierno que se niega a aplicar una política de privatización sin límites y que coopera con Rusia, China, Irán, Vietnam y Venezuela, que sigue produciendo y exportando armas, piezas para la industria aeronáutica y productos relativamente poco caros hacia los mercados del tercer mundo. Bielorrusia hace la competencia a países más desarrollados que ofrecen productos tal vez mejores pero netamente más costosos.

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¿Y todo será más bonito?

Sin partido único, y también sin un verdadero sistema multipartita, son las divisiones en el seno del gobierno las que reflejan de manera deforme las brechas que existen en la sociedad. Algunas personalidades están a favor de la restauración de un Estado fuerte, que dirija la economía, mientras que otras se inclinan hacia una privatización prudente y controlada.

El mantenimiento de estructuras industriales y económicas heredadas de la URSS y después el restablecimiento de lazos estrechos con los países postsoviéticos, en particular los pertenecientes a la Comunidad Económica Euroasiática (CEE) que desde el año 2000 agrupa a Bielorrusia, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán y Tadjikistán, permiten comprender por qué el derrumbe de su economía fue, en primer lugar, claramente menor que en los países vecinos y la recuperación ha sido allí más rápida [2].

Minsk no sufrió un deterioro de los servicios sociales, educativos, sanitarios, económicos tan intenso como el que han padecido todas las demás sociedades ex soviéticas. Vista desde Minsk, la «terapia de choque» que conoció la Rusia de Yeltsin o las prudentes «reformas oligárquicas de mercado» aplicadas en Kiev, son un fracaso.

Pero el «deslumbrante» modelo polaco y báltico tampoco marcha bien y, si acaso éste pudiese tentar a algunos bielorrusos, la mayoría de ellos sabe cuáles son sus costos sociales, pues hay muchos que trabajan en esos países en condiciones ilegales. Asimismo, la instauración del «muro de Schengen», como resultado de la ampliación de la Unión Europea, ha contribuido a desarrollar el sentimiento de que «la libertad de circulación de hombres y de ideas» esgrimida por las potencias occidentales en la época del Tratado de Helsinki, no era más que una consigna destinada a debilitar la imagen del campo soviético. Lukachenko encontró en ello un argumento verosímil para su propia propaganda.

Pero Bielorrusia es un país empobrecido, y su sistema económico sigue arrastrando muchos lastres que datan del período soviético, además de que las innovaciones económicas que vinieron después se hicieron con vacilación. Ese fenómeno comienza a preocupar al gobierno desde que la recuperación se ha hecho evidente en Rusia e incluso en Ucrania.

Bielorrusia necesita cada vez más inversiones en la esfera de la alta tecnología para mantenerse a flote y seguir adelante con un desarrollo verdadero. El dirigismo sin visión de futuro, las privatizaciones en beneficio de determinados magnates del régimen que continúan dependiendo del gobierno, los controles estatales y la creación de un sistema de trueque con la CEI o el Tercer Mundo, no bastarán siempre para mantener la estabilidad política.

El establecimiento de un nuevo equilibrio entre el poder público y los actores económicos se ha hecho indispensable [3].

Desde hace más de cinco años, el gobierno se ha enfrascado en la elaboración de un «modelo» inédito de «liberalismo no caótico» que pueda permitirle conservar el control macroeconómico. Este intento de reforma choca con múltiples resistencias. Además, requiere legitimidad ideológica y nacional para obtener estabilidad. El rechazo al gobierno de Minsk por sus vecinos occidentales ha hecho que algunos reaccionen con un sentimiento de orgullo herido.

Pero Vladimir V. Putin también ha expresado su irritación ante las vacilaciones del régimen y las ambiciones de Alexander Lukachenko en el escenario postsoviético. Lukachenko ha tratado de construir una legitimidad «local» que no sea nacionalista ni tampoco únicamente «eslavófila», y menos aún, sistemáticamente «rusófila». Juega la carta del respeto por los intereses de su país en el marco de la integración del espacio postsoviético.

Aprovechando además la posición estratégica de su país para el tránsito de los hidrocarburos y los productos rusos, esta política ha permitido al presidente Lukachenko negociar con el Kremlin con varias cartas de triunfo a su favor. Bielorrusia oscila, pues, entre métodos de gestión «postsoviéticos» e intentos de liberalización «controlada», entre independencia nacional e integración regional, entre democratización y autoritarismo. Pero la sociedad bielorrusa está bien educada y su juventud es cada vez más impaciente, factor que han tratado de aprovechar, hasta el momento sin éxito alguno, los emisarios del movimiento serbio Otpor, que han ayudado a la formación de los « bisontes » en Bielorrusia.

Desde su elección en 1994, Lukachenko instauró un régimen centralizado, debido a que la vieja nomenklatura no supo constituir partidos políticos coherentes después de 1991, y a que las fuerzas opositoras, nacionalistas, después liberales y por último comunistas, raramente han sabido dar muestras de capacidad para enfrentar las preocupaciones de la masa de sus compatriotas.

El Frente del Pueblo Bielorruso constituido tras la desaparición de la perestroïka, cayó rápidamente en un nacionalismo a ultranza, casi etnicista, inaceptable para la mayoría de los bielorrusos, mucho más cuando el apoyo dado a un programa de desrusificación marchaba a la par con un sometimiento cada vez mayor a los medios compuestos por los emigrados en los países anglosajones. Pero estos medios a menudo son vistos con desconfianza, sospechosos de provenir de antiguos colaboradores de los nazis, siempre despreciados en el país.

Este «Frente», por tanto, nunca logró alcanzar más del 15% de los votos antes de 1995. Los demás grupos opositores, liberales o social-demócratas, constituidos junto a él, en verdad tampoco lograron construirse una base social estable. Y después de 1994 los comunistas se dividieron entre una facción opuesta a Lukachenko en nombre de la vieja consigna reencontrada, «todo el poder a los soviets», y los que lo apoyan en nombre del acercamiento con los Estados postsoviéticos y la preservación de los logros sociales heredados de la URSS.

Las altas personalidades allegadas a la antigua nomenklatura soviética titubearon después de 1991 entre adoptar una actitud de espera pasiva y una política de reformas «a la rusa». Este vacío conceptual permitió entonces la súbita aparición de Alexander Lukachenko, un «outsider», ex jefe de sovjós que supo presentarse, por sus discursos y por su estilo, como el vocero de la «Bielorrusia profunda, traicionada por las elites arribistas», ya fueran las de la oposición comunista o las provinientes de la nomenklatura [4].

Debido a su estrategia de acercamiento a Moscú y el empleo de un discurso «populista», Lukachenko recibió el apoyo de una parte de las capas populares que sentían nostalgia de la URSS. Él, que se declara «ortodoxo ateo», llegó a combinar la nostalgia soviética con el apoyo de la Iglesia Ortodoxa rusa. Asimismo, en beneficio de numerosos directores de empresas en peligro, organizó el retorno de éstas a los mercados postsoviéticos [5].

La Rusia de Boris Yeltsin y después la de Vladimir Putin apoyó con reticencia al presidente Lukachenko, a pesar de que éste ha sabido dar pruebas de firmeza en las negociaciones comerciales y aunque frenó las privatizaciones en provecho de los oligarcas rusos y aplazó el pago de las facturas por los hidrocarburos importados. Pero también ha reedificado relaciones de cooperación con los militares rusos y el sector militar e industrial, facilitando así la recuperación de ambos países, y, sobre todo, a partir de la llegada de Putin, lo que en parte permite obstaculizar la ampliación de la OTAN.

Alexander Lukachenko sabe también utilizar ideas irrealistas, pero que le garantizan la simpatía de los medios que desconfían del mundo anglosajón. Nadie creyó nunca, por ejemplo, en el proyecto que lanzó cuando la guerra yugoeslava de 1999, referente a una «unión» estatal de su país con Rusia y Serbia. No obstante, aquello le aseguró la simpatía de una parte de sus compatriotas, y de sectores políticos influyentes en el mundo ortodoxo.

Vladimir Putin, al inicio de su presidencia, hizo pensar que deseaba tratar en Minsk con un dirigente más «presentable» en la arena internacional, y sobre todo menos independiente en sus iniciativas y menos ambicioso en el escenario postsoviético. El Kremlin parece preocuparse también por satisfacer los apetitos de los «nuevos capitalistas» rusos que ambicionan las empresas bielorrusas susceptibles de privatización.

Las luchas entre facciones en el seno del gobierno en Minsk permiten pensar que el Kremlin busca colocar allí sus peones, en particular los «reformadores» del KGB local y allegados del FSB ruso [6]. Pero las decepciones del Kremlin ante los resultados de la política de apertura hacia Estados Unidos, en especial después de las «revoluciones Interflora» en el mundo post-soviético, parecen haber obligado a Moscú y a Minsk a encontrar un modus vivendi.

Ello no impide a Lukachenko efectuar purgas periódicas contra los elementos de su gobierno que parecen contar con particular simpatía de parte del Kremlin. No obstante, nada impide pensar que Putin hubiese preferido encontrar un candidato rusófilo menos tenaz en la defensa de los intereses específicos de Bielorrusia.

Moscú, sin embargo, no puede sino titubear ante la idea de lanzarse a una prueba de fuerza con el presidente Lukachenko, al menos mientras su gobierno no manifieste, como ocurrió en Kirguizistán, signos visibles de asfixia y choque con la oposición tenaz de Estados Unidos. Sobre todo teniendo en cuenta que Bielorrusia permite bordear una parte de Ucrania para suministrar hidrocarburos rusos a Europa occidental.

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Las reticencias que Minsk ha manifestado con respecto a los llamados de Occidente, así como la dureza que ha demostrado Lukachenko, tanto hacia las potencias extranjeras como hacia sus oponentes, han contribuido a frenar el surgimiento de mafias y de oligarcas «independientes». No obstante, existen fenómenos de delincuencia y de desintegración social, pero parecen estar relativamente controlados por el momento. Incluso la corrupción parece ser tolerada dentro de ciertos límites, a cambio de la fidelidad al poder político.

Desde hace varios años, Minsk se ha dado a la tarea de elaborar una nueva «ideología de Estado» que no logra, empero, concretarse en forma coherente. Por el momento, si bien sus compatriotas no muestran mucho entusiasmo por su presidente, tampoco parecen dispuestos a rebelarse para obtener un cambio que las experiencias actuales de los países vecinos hacen ver como dudoso.

La historia, en particular los horrores de la II Guerra Mundial y el papel militar central desempeñado más tarde por Bielorrusia en el contexto del Pacto de Varsovia, parecen haber enseñado a sus habitantes la importancia de la geopolítica, lo cual hace más difíciles los esfuerzos de los jóvenes «bisontes» que proclaman una democracia con brillo de lentejuelas. Pero la sociedad bielorrusa, y en particular su juventud, está bien educada, lo que la hace cada vez más impaciente. Desea una política bien pensada de apertura al mundo, que podría pasar por Europa, Rusia o, con mayor amplitud, por Eurasia.

[1] Sobre las razones que justifican el empleo del término rusianos (o rutenos) para designar a las diversas poblaciones procedentes de Rutenia (o Rus) de Kiev, de los cuales los rusos (o Grandes Rusianos vinculados al Estado moscovita o Rossiya) son sólo un componente, ver B. Drweski, La Biélorussie, PUF, París, 1993, pp. 5-9. El empleo del término «Belarus» desde 1991 fue impuesto por Minsk para destacar esta diferencia, pero además de que este término resulta artificial para el francés, retoma la transcripción alemana de «Bielarus» utilizada durante la ocupación nazi, lo cual naturalmente provoca grandes reservas.

[2] En 2002, la producción, calculada sobre la base del índice 100 para 1990, fue de 90 para Bielorrusia contra 75 para Rusia y 50 para Ucrania. Sin embargo, en estos dos últimos países la recuperación parece ya más rápida. En la CEI, ni Uzbekistán ni Bielorrusia sufrieron una caída significativa de su producción después de 1990. (Fuente: obra colectiva dirigida por J. Radvanyi, Les États postoviétiques - Identités en construction, transformations politiques, trajectoires économiques, Armand Colin, 2003, 235 p.). El PIB per capita fue de 2.198 dólares en 1999 en Bielorrusia contra 2.138 en Rusia y 837 en Ucrania (CEI 1999-2000. Faits et chiffres, Op. Cit.). En cuanto al IDH, Bielorrusia ocupaba el lugar 61 en el mundo mientras que Rusia acaba de superarla al ocupar el lugar 60 y Ucrania ocupa la posición 80 (Idem).

[3] Bruno Drweski, «Biélorussie. Les limites d’un système», Le Courrier des pays de l’Est n°1010, noviembre-diciembre del 2000, pp. 27-40.

[4] Ver Alexandra Goujon, Jean-Charles Lallemand, Virginie Symaniec (dirig. por), Chroniques sur la Biélorussie contemporaine, L’Harmattan, París, 2001.

[5] Ver Alena Lapatniova, Biélorussie: Les mises en scène du pouvoir, L’Harmattan, 2001, 133 p.

[6] El aparato de seguridad heredado del KGB soviético fue dividido en varias estructuras diferentes, algunas de las cuales parecen ser responsables de las desapariciones o asesinatos de opositores, y sobre todo de ex dignatarios corruptos o en desgracia.