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Argentina

El hambre infantil hace estragos

| Buenos Aires (Argentina)
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La buena salud de la economía argentina desentona hoy con una despiadada realidad: millones de niños salen a diario en busca de un pedazo de pan en el otrora granero del mundo, donde la comida se tiraba.

Casi 400 niños argentinos concluyeron el pasado 1 de julio una caravana contra la pobreza infantil, que fue respaldada por organizaciones sociales y defensoras de los derechos humanos ante la mirada indiferente de los gobernantes.

La Marcha por la Vida, que partió de la empobrecida provincia argentina de Tucumán el pasado 20 de junio, confluyó en la histórica Plaza de Mayo para denunciar las penurias que padecen 9,5 millones de infantes del país sudamericano.

Bajo la consigna El hambre es un crimen, la original caminata transitó en 11 días las provincias de Catamarca, La Rioja, Córdoba, Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires, en demanda de la erradicación de la miseria infantil y el desempleo de los adultos.

La iniciativa estuvo organizada por el Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo, una red de más de 300 organizaciones sociales que se dedica a atender a niños en riesgo en hogares y comedores propios.

Unos 20 mil representantes de agrupaciones sindicales, sociales y de derechos humanos se sumaron a la movilización en su trayecto final hacia la emblemática plaza porteña, ubicada a pocos metros de la Casa Rosada, sede del Poder Ejecutivo.

Fue una fiesta popular, dijo Fernando Cardozo, de la Asociación de Trabajadores del Estado, uno de los gremios que integra la opositora Central de los Trabajadores Argentinos (CTA), cuyo máximo líder, Víctor De Gennaro, acompañó la caravana.

A espaldas de la Rosada, los miembros del Movimiento instalaron un escenario al cual subieron varios menores y adolescentes para expresar que “el hambre es un crimen y no puede tolerarse en un país rico en alimentos”.

“O nos dan lo que los niños, nuestros hijos, quieren, o con ternura, paso a paso, venceremos”, advirtió el coordinador de los Chicos del Pueblo, Alberto Morlachetti, único orador entre los adultos.

Tras agradecer el apoyo de la sociedad, Morlachetti lamentó que los dirigentes políticos hubieran “huido” de sus despachos ante la llegada de los pequeños. Ningún gobernante los recibió, pero igual les dejaron su mensaje, agregó.

Ojalá la emoción y la solidaridad expresada por la gente en nuestro recorrido se traduzca en acciones de los políticos para erradicar la pobreza, enfatizó.

Tanto Morlachetti como De Gennaro criticaron la insensibilidad de mandatarios provinciales y alcaldes.

“Es muy fácil reunirse con los poderosos, ahora, escuchar a pibes (chicos) con propuestas contundentes para salir de la triste realidad que vive Argentina es muy difícil porque es algo que interpela a todos”, manifestó el secretario general de la CTA.

A pesar de un pedido expreso de la presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, el jefe de Estado Néstor Kirchner no recibió a los participantes en la caravana.

Medios periodísticos contrastaron esa actitud con el recibimiento concedido por el dignatario, el mismo 1 de julio, a la nueva estrella del básquet mundial, el argentino Emanuel Ginóbili.

Una sociedad que no piensa en sus hijos perdió el objetivo y el sentido de la vida, enfatizó el Premio Nóbel de la Paz 1980, Adolfo Pérez Esquivel, quien asistió al cierre de la Marcha por la Vida.

De acuerdo con un minucioso estudio realizado por el diputado y economista de la CTA, Claudio Lozano, la infantilización de la pobreza es el rasgo central de una Argentina impresentable desde un punto de vista ético y moral.

Es también la clave para interpretar la realidad destruyendo las falacias del neoliberalismo o del actual discurso neodesarrollista que, bajo otra modalidad, pretende reinstituir la vieja y falsa teoría del derrame, según la cual la expansión lo resuelve todo.

Desde un punto de vista estrictamente económico, que más de la mitad de la población infantil sea pobre supone que en el futuro la capacidad de producción por hombre en nuestro país será menor, advirtió Lozano.

En un mundo donde el conocimiento es la clave del desarrollo, esto determina que si no se modifica la actual situación, en el futuro no sólo no habrá derrame, sino que caeremos de manera peligrosa en una verdadera trampa de la pobreza, agregó.

Para el especialista, resulta evidente que Argentina no es un país africano, por lo cual su capacidad económica no justifica que se desangre por la falta de alimentación de sus pequeños.

“La sola comparación de lo que consumen hoy los hogares argentinos con el valor de la canasta de pobreza indica que en nuestra nación los hogares consumen lo suficiente como para alimentar a 110 millones de personas”, sostuvo el análisis.

Con una población total de 37 millones de habitantes y unos 16 millones de marginados por el modelo, eso significa que mientras algunas familias se quedan con muchas canastas, otras no tienen ninguna, subrayó el informe de la central sindical.

El problema entonces no radica en la ausencia de una capacidad objetiva que debe resolverse mediante el incremento de la riqueza que se produce, sino la consecuencia de la matriz profunda de desigualdad que organiza su funcionamiento económico, apuntó.

A juicio de Lozano, es el déficit que exhibe el representante del interés público (el Estado) en sus modos de intervención en el proceso de producción y distribución de la riqueza nacional.

Si el gobierno quiere acortar la brecha entre ricos y pobres debería crear un ingreso universal para la niñez, por el cual se garantice que ningún menor de edad viva por debajo de la línea de pobreza, manifestó la CTA.

En Argentina, ese flagelo aún afecta a cerca del 40 por ciento de sus 37 millones de habitantes, un indicador elevado pero casi 18 puntos porcentuales más bajo que el registrado a mediados de 2002, cuando la crisis alcanzó su punto culminante.

La realidad parece no estar muy distante de aquel momento: un ejército de pibes y adultos recorren todas las noches los basureros de Buenos Aires para adquirir residuos de comida, algo que la gente sin carencias termina por asumir como parte de la vida cotidiana.

PL

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