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“Más allá hay monstruos”, solían advertir los mapas medievales a partir del último punto conocido. Con mayor propiedad, hoy podríamos decir que más acá hay monstruos. En los días inmediatos al atentado en Londres, como ya había ocurrido después del de Atocha o de los del 11 de setiembre de 2001, hemos oído y leído hasta el hartazgo los términos monstruo, monstruoso, monstruosidad.

Por cierto que no se hace tanto derroche de indignación y de espanto cuando, todos los días de todas las semanas de todos los meses, actos tan o más sangrientos sacuden a Irak. En parte, porque justamente la reiteración cotidiana provoca una naturalización. Pero, por sobre todo, porque no reciben la misma consideración los muertos de un país “subdesarrollado”, que los de territorios propios de la “civilización occidental”.

Pero aun si dejamos de lado esta mirada discriminatoria y autorreferencial, los hechos de Londres bien merecen el calificativo de monstruosos. Sólo que esta calificación nos deja todavía en ayunas sobre sus causas profundas y su verdadero origen.

A medida que se van conociendo las identidades de los autores de la atroz matanza en Londres (tanto más atroz cuanto que sus víctimas no fueron los responsables de las agresiones al pueblo iraquí, sino trabajadores que iban a sus tareas) surgen algunas cuestiones que invitan a profundizar en el análisis.

En primer lugar, el carácter relativamente improvisado del grupo autor del atentado ratifica lo que muchos especialistas ya venían señalando: contra lo que sostiene la propaganda oficial de los gobiernos de Washington, Londres y otras capitales imperialistas, Al Qaeda no existe. Seguramente, en algún (o algunos) lugar del mundo hay una pequeña organización de ese nombre y seguramente, Osama Bin Laden se frota las manos en su escondite cada vez que estallan bombas cuyos autores se dicen miembros de ella.

Pero Al Qaeda no es aquella estructura centralizada de alcance mundial que pretenden Bush y sus acólitos. A esta altura, es la referencia a la que se acogen grupos diversos con escaso, si tienen alguno, contacto real con algún “centro terrorista”. Los autores de los atentados que se atribuyen el nombre Al Qaeda quieren de ese modo marcar una identidad, seguros como están de que no serán desmentidos.

Si el actual terrorismo fundamentalista puede tener esta existencia difusa, dispersa y mayormente inconexa, es simplemente porque no se propone alcanzar objetivos concretos. Su propósito es simplemente causar daño al “enemigo occidental” y para ello no necesita grandes despliegues de organización.

Una segunda observación apunta a un hecho que seguramente causará regocijo a los analistas que, con superficialidad deliberada, atribuyen los atentados a la mera “maldad” de sus autores, negando que tengan alguna relación con las cada vez más grandes “maldades” que el capitalismo globalizado desparrama por el mundo (¿es necesario hacer referencia puntual al hambre, la desocupación, la explotación inmisericorde o el consumismo insolente al lado de la miseria inclemente?).

Los autores de los atentados, como ya muchos apologistas del capitalismo habían destacado de los que tiraron abajo las Torres Gemelas, están lejos de contarse entre los más desheredados y más desposeídos. Estos apologistas ocultan que la crisis social creciente, la realidad de una sociedad cada vez más deshumanizada y enajenada, no sólo afecta a quienes sufren sus peores consecuencias, sino que golpea también sobre aquellos que no están en el último peldaño de la escala social pero que no son indiferentes a los males omnipresentes.

En tercer lugar, merece una reflexión el hecho de que uno de los autores y organizadores del atentado, el ciudadano británico de origen paquistaní Mohamed Sidique Khan, fuera maestro de niños discapacitados, muy querido por los chicos y por los padres de los chicos, y puesto como ejemplo por el suplemento educativo del diario conservador Times. ¿Es ese el perfil de un monstruo? ¿Es el perfil de un monstruo sanguinario? Si los autores de los atentados fueran monstruos, deberíamos preguntarnos qué clase de sociedad es la que produce monstruos.

Pero si uno de ellos, en su vida y en su trabajo, era justamente lo contrario de un monstruo, debemos cuestionarnos con mayor razón qué clase de sociedad es la que hace que quien no es un monstruo cometa una monstruosidad.

La respuesta no ofrece dudas: es una sociedad monstruosa. No hay monstruos más allá, como en los mapas medievales; estamos metidos en el mismo vientre del monstruo.