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Es común escuchar entre los venezolanos de clase media, así como entre muchos de los intelectuales opuestos al proceso revolucionario provenientes, por lo general, del mismo sector, descalificaciones de las expresiones culturales populares con los recurrentes epítetos de desprecio de: indios, niches, cerrícolas, perraje, zambos, monos y un largo etcétera. Es la misma gente que jura y perjura que en este país jamás se discriminó a nadie por su raza o condición social. Obvian que es natural que no se discrimine lo que no existe.

Es ahora, cuando ese “perraje” salió de la zona cero, del limbo invisible, cuando ha adquirido voz y corporeidad, cuando se hace presente en los espacios de la cultura y el quehacer social, antes reservados a las élites privilegiadas, cuando se pone a prueba la pretendida ausencia de tendencias discriminatorias.

Les era muy fácil tenerles hasta simpatía de lejos, incluso ver con cierto mohín de agrado las lucecitas de los ranchos, allá, lejos, en los cerros, como en la representación de un Nacimiento tamaño natural. Una cosa es tenerle “cariño” a la nana, a la muchacha de servicio y otra tener que compartir los espacios con ellas como igual, me recordaba esta mañana la compatriota, amiga y fregoteadora de la palabra, María Antonieta Guevara...¡Cuanta razón!

Pero, lo que no es auténtico, lo que es impostura, no requiere de pruebas muy severas para exhibir su naturaleza, basta el más leve roce para que la capita encubridora se le caiga. En esta Venezuela, la misma en la cual se confundió el igualitarismo, fruto de la Guerra Federal, -lo único que le quedó como saldo al pueblo- con igualdad, la misma en la cual se edificó una ilusión de armonía sobre el silencio de las mayorías, es natural que los primeros, acaso sorprendidos, por el bagaje de intolerancia que llevaban en el alma hayan sido esos mismos sectores.

Resulta qué, como con todas las ilusiones, la realidad las somete a la dura prueba de su esencia. No importa como quiera nombrarse un objeto, -con todo y el peso que la fuerza de la palabra posee- su condición lo descubre en su estricta naturaleza. En ese sentido, estas conductas no son nuevas. Su aplicación responde a la creación de una ideología de supremacía racial, social, económica y académica, proyectada sobre el común mediante la fuerza y la intolerancia. Se trata de desconocer el derecho a la vida general y ver en él un enemigo peligroso para la estabilidad del sistema social. Lo vemos cada día, cuando líderes de estos sectores sueltan perlas como estás en la televisión venezolana: “¿Qué puede esperarse mientras el voto de ignorantes y marginales valga igual que el de uno?”, o “Mientras siga votando la chusma a Chávez no lo saca nadie”.

El bien común, sin exclusiones, fue algo propuesto en el ideario de la revolución burguesa que el Estado burgués no pudo ni puede cumplir. El Estado burgués pronto, más allá de los postulados, se manifestó como un instrumento al servicio de la clase dominante. De hecho es así, en cualquier caso, desde que nació el Estado. Esa clase dominante es capaz de hacer concesiones siempre que estas no afecten el poder que detenta. Cuando esto ocurre, cuando la amenaza deja de ser cosa de intelectuales o círculos académicos, cuando la amenaza se hace pueblo, especialmente, cuando la amenaza se comienza a tomar el Estado, la clase dominante reacciona. Los colmillos de la intransigencia, la intolerancia, -en definitiva-, el colmillo fascista, salta como impulsado por un poderoso resorte.

El pensamiento discriminatorio, fascista, toma cuerpo en primer lugar en la clase media, la cual percibe más de cerca lo que considera una terrible amenaza. Encantada, mirando hacia la inalcanzable clase superior, le horroriza el surgimiento de las clases inferiores de las que huye. Es la clase social y económica que más profundamente cree en la necesidad de las diferencias sociales. Sin argumentos profundos, pues no los hay, la necesaria diferenciación social la apoya en argumentos racistas y académicos.

Este terror a la igualdad, de la que huye despavorida, es un excelente caldo de cultivo para la única clase que tiene razones para temerle: la gran burguesía o la oligarquía agraria. Todo el poderío propagandista de la clase superior es volcado, desde una aparente indiferencia, sobre la vulnerable clase media. El mensaje constante, machaconamente repetido, está siempre referido a la exaltación de valores como el éxito por la competencia, el esfuerzo propio y la superación personal, -tan caro a este segmento de población- tanto como a la presentación del pueblo como horda despreciable, culpable de su propia situación, flojo, pedigüeño, irresponsable, sin méritos para acceder a lo que con tanto esfuerzo y sacrificio obtuvieron ellos.

Allí están las razones por las cuales las mayores expresiones de odio, de enloquecimiento, intransigencia y desprecio, no hayan tenido lugar en el Country Club, sino en las urbanizaciones de la clase media. Los de arriba de verdad, saben muy bien lo que hacen, son los que planifican y proyectan las inyecciones de odio diario, son los que preparan la sopita de alacrán de todos los días. No necesitan odiar ni perder la sindéresis, todo lo contrario, requieren del cálculo frío para alcanzar sus objetivos. Los otros, los del medio, esos son los instrumentos propicios, la herramienta al servicio de los poderosos.

Sumidos en una brutal ceguera inducida, son incapaces de ver quienes son sus verdaderos enemigos, quienes amenazan con sus hipotecas sus viviendas o sus automóviles, quienes les convierten a los hijos en consumidores insaciables e insensibles, quienes les ponen precios de ruina a los servicios de salud o educativos. La disociación es tal qué, las conquistas alcanzadas para ellos, pues el pueblo no tiene apartamentos, carros ni tarjetas de crédito, son despreciadas, rechazadas y vistas con horror como una materialización de la horrible amenaza popular.

No es nueva la cosa. La situación hace recordar la experiencia vivida por Simón Bolívar, recogida en el Diario de Bucaramanga, cuando al ver una procesión del pueblo llano, sumisamente detrás de unos curas y unas cuantas imágenes, expresó, adolorido la pena que la causaba ver las víctimas inconscientes, marchando y orando, detrás y por sus verdugos.