En todas partes de África millones de personas viven en condiciones inimaginables para la mayoría de los norteamericanos. Es demasiado simple culpar sólo a los dirigentes africanos. África es también víctima de las buenas intenciones y de las promesas a medias de Occidente. Todos deberíamos aplaudir a Tony Blair por haber convertido a África en el centro de la cumbre del G-8 de Gleneagles. Sin embargo, la principal herramienta que supuestamente debe ayudar a África no está exenta de sospechas. El Reino Unido está a favor del establecimiento de “mecanismos internacionales de financiación” que deberían permitir elevar la ayuda a África. Pero esta disposición carece de un mecanismo que permita garantizar que los fondos occidentales servirán en realidad a satisfacer las necesidades de los africanos. En muchas regiones de África los 50 mil millones servirían para llevar a cabo proyectos inútiles para los africanos y sólo alimentarán la corrupción. Por lo tanto, es mejor atenernos a lo previsto en Monterrey en 2002. Los países africanos verán que las ayudas aumentan cuando se reformen desde el punto de vista político y económico. El proyecto británico mina las bases de la conferencia de Monterrey al continuar fomentando el sistema de asistencia. Ninguna nación ha logrado salir de la pobreza gracias a las ayudas internacionales. Debemos crear una alianza con los dirigentes africanos que deseen abrir sus economías e instaurar Estados transparentes. En Gleneagles, los países del G-8 deben atenerse a los principios de Monterrey, retomados por la Millenium Challenge Account y por la African Growth and Opportunity Act.

Fuente
Chicago Tribune (Estados Unidos)

«Good intentions, effective results», por Henry J. Hyde, Chicago Tribune, 5 de julio de 2005.