Inosmi.ru publica una entrevista de Latifullah Hakimi, un supuesto vocero de los talibanes que dice hablar en nombre del mollah Omar. El individuo eclara que su movimiento no negocia con el gobierno de Hamid Karzai, que combatirá contra la invasión estadounidense como combatió contra la invasión soviética y que si entregó a Osama Ben Laden porque Estados Unidos no presentó nunca prueba alguna de su culpabilidad en los atentados del 11 de septiembre de 2001. Termina con un llamado de alerta a los rusos sobre el hecho que Estados Unidos está cercando a Rusia en el Cáucaso con el pretexto de la guerra contra el terrorismo.

Lo que dice este hombre es tan absolutamente imposible de verificar como su propia identidad. Conviene, por consiguiente, ser prudente a la hora del análisis. Aunque nada de lo que dice debe ser tomado como obligatoriamente cierto, es interesante anotar que la publicación de su entrevista en la prensa rusa se produce en un momento lógico. En efecto, se ve progresivamente en sus líneas cómo se ponen en tela de juicio, de forma cada vez más acentuada, los principios que sirven de base a la guerra contra el terrorismo. La cumbre de Bratislava demostró claramente que Estados Unidos ha entrado en una lógica de enfrentamiento con Moscú. Por tanto, los rusos no tienen ya ningún interés en conceder su propio aval a los mitos básicos de una alianza ruso-estadounidense contra el terrorismo, en la medida en que ésta ha dejado de existir.

La guerra contra el terrorismo ha pasado de moda también para la prensa occidental, aunque no por ello es puesta en tela de juicio. Solamente ha cambiado de función. Si antes tenía un carácter político -expuesto por la administración Bush-, ahora no es más que uno de los pedestales que sirven para justificar la nueva «guerra contra la tiranía». La campaña destinada a convencer a Europa de participar en esa guerra continúa en la prensa occidental. Continúa de forma especialmente fácil en la medida en que se desarrolla en nombre de grandes principios sobre los cuales existe un consenso, mediante un vocabulario ampliamente extraído del fin de la guerra fría y sin que se publique el más mínimo argumento en contra. A veces encontramos páginas de opinión que denuncian la guerra contra el terrorismo, pero nadie denuncia el verdadero rostro de la «democratización» árabe.

El 9 de marzo, Le Monde transmitía la prédica democrática de Bush a las elites francesas acompañada de una interrogante que no era en realidad una pregunta: «Movimiento en el Medio Oriente: ¿Habrá que agradecérselo a Bush?». En la época en que el director de ese diario, Jean-Marie Colombani, escribió su famoso editorial intitulado «¡Todos somos norteamericanos!», no tardó en publicar después en su propio periódico las felicitaciones de Colin Powell. Hoy, el hecho de plantear tan trascendental pregunta le valió al «diario de referencia» francés las felicitaciones de Jack Straw, el ministro británico de Relaciones Exteriores. En una corta tribuna, este último exhorta la Unión Europea a asociarse al proyecto estadounidense de «democratización» del Medio Oriente en nombre del ideal wilsoniano. En Le Figaro, un colectivo de personalidades atlantistas se asocia a ese llamado regocijándose ante la política de «democratización» y, más precisamente, de su capítulo libanés. Los firmantes aclaman en coro la «revolución del cedro» en un lenguaje que se aproxima voluntariamente a lo que se oyó en el momento de la caída del muro de Berlín y que trata de aprovechar el capital de simpatía de la «revolución» naranja. El mensaje de ánimo a la oposición libanesa va acompañado de un agradecimiento a Estados Unidos por haber desencadenado ese movimiento mediante las elecciones en Irak. Entre los firmantes de ese llamado colectivo se encuentran, y no es sorprendente, personalidades atlantistas muy conocidas como André Glucksmann, Alain Finkielkraut, Pascal Bruckner, Emma Bonino o Bernard-Henri Levy. Más extraño, aunque no menos revelador, es una fuerte presencia entre ellos de las dirigentes del movimiento «Ni Putes, Ni Soumises» [Ni putas ni sumisas. Nota del Traductor] aunque el llamado no menciona en lo absoluto la situación de las mujeres árabes o musulmanas, que constituye sin embargo, oficialmente, la razón de ser de esa asociación. De la misma manera, Daniel Cohn Bendit se entrega en Libération a su ejercicio favorito: el de realzar la acción europea y apoyar el surgimiento de Europa como potencia mientras que otorga validez a las problemáticas de Washington. El eurodiputado verde afirma así que la ocupación siria en Líbano es comparable a la de los nazis en Francia, que el control sirio sobre la población es equivalente al de la Stasi en Alemania Oriental, que Irán representa una grave amenaza nuclear, que la revolución naranja fue una revolución democrática y que el conflicto israelo-árabe se arreglará únicamente si tiene lugar una «democratización» del mundo árabe. O sea, hace lo mismo que en la época de la guerra de Kosovo, vender la política exterior estadounidense en nombre del ideal europeo.

Fuera de Europa, la «democratización» del mundo árabe se vende mediante un discurso parecido, aunque no análogo, al que se puede leer en la prensa francesa. John O’Sullivan, ex consejero de Margareth Thatcher y experto de la oficina de relaciones públicas Benador Associates, utiliza también, en Gula News, un discurso cercano al del final de la guerra fría. Va incluso más lejos al comparar el movimiento de «democratización» del mundo árabe con la perestroika, dos procesos que no tienen, es evidente, nada que ver. Sin embargo, en una óptica comunicativa, el hecho de asociarlos en el momento mismo en que se celebran los 20 años de la política emprendida por Gorbatchov permite lograr un mayor impacto en la gente. Además, la perestroika sigue siendo, para los combatientes de la guerra fría, lo que permitió la muerte del principal enemigo que tenían y la aparición de Estados Unidos como única superpotencia, estatuto que la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos pretende conservar a toda costa.

El historiador Arthur Herman hace la apología del mundo unipolar en un texto publicado en Los Angeles Times donde recurre a múltiples aproximaciones históricas. Según él, la historia del siglo XIX nos enseña que los grandes períodos de paz se producen solamente cuando el mundo es unipolar. Herman invita a Estados Unidos a sacar enseñanzas del episodio del dominio británico para mantenerse como la única superpotencia. Esta imagen de un mundo en paz («fuera de algunas crisis») bajo el dominio británico no es históricamente válida y solamente se aplica, a duras penas, a Europa occidental. En efecto, el período descrito corresponde a la época de las guerras de colonización y las masacres de poblaciones indígenas, por lo que se puede interpretar como un mensaje dirigido únicamente al mundo occidental: este último no tendrá que preocuparse por la guerra si acepta el dominio de una sola superpotencia y si participa con ella en la recolonización del resto del mundo. El autor invita además a Estados Unidos a mantener un gran poderío militar y, por tanto, a conservar los medios financieros de hacerlo. Un llamado que llega en plena discusión del presupuesto en el Congreso. Es también en este preciso momento que la US Global Leadership Campaign, colectivo que tiene como objetivo el mantenimiento de una fuerte inversión presupuestaria en el sector de los asuntos internacionales, expone su programa en una tribuna publicada en el Washington Post y firmada por John Edward Porter y Steve Solarz. Estos ex congresistas estadounidenses son miembros del consejo de vigilancia de esta organización, que reúne un gran número de ex secretarios de Estado, secretarios de Defensa y consejeros de Seguridad Nacional. También encontramos en sus filas poderosos think tanks [Centros de investigación, de propaganda y divulgación de ideas, generalmente de carácter político. Nota del Traductor] y grandes empresas como IBM o Procter & Gamble. Este texto se hace eco del que publicaron otros dos miembros de consejo de vigilancia de esta asociación, Warren Christopher y James Baker III, en el Washington Post del 17 de diciembre. Los autores piden al Congreso que apoye el aumento del presupuesto destinado a los asuntos internacionales, presupuesto que el presidente George W. Bush aumentó ya y que debe servir para desarrollar la influencia estadounidense mediante vías no militares. Se trata de una política que la Comisión investigadora sobre el 11 de septiembre había sugerido en su informe. Se trata, por consiguiente, de dar un rostro aceptable a la ingerencia norteamericana.