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Islam Karimov presidente de Uzbekistán.

El control sobre el Asia Central es la apuesta clave en el Gran Juego que se viene desarrollando desde hace siglos.

Sólo cambian algunas figuras: Gran Bretaña renunció a sus ambiciones imperiales y fue relevada por otra nación que ya se las plantea, Estados Unidos; también ascendieron a la condición de jugadores autónomos varios Estados que ni siquiera estaban en el mapamundi hace unas cuantas décadas.

Los acontecimientos más recientes - la emblemática cumbre del Grupo de Shanghai (OCS) celebrada en Astana, la gira del secretario de Defensa norteamericano Donald Rumsfeld por la zona centroasiática y la exigencia de Uzbekistán de que EE.UU. desmantele su base militar estacionada en este país en un plazo de seis meses - no son otra cosa sino una nueva etapa del Gran Juego cuyos actores se están guiando cada cual por los intereses propios.

Estados Unidos quisiera asegurarse que su presencia política y militar en la zona, una vez terminada la pacificación de Afganistán, se va a preservar en el futuro. Primero, porque el actual Gobierno afgano de Khamid Karzai difícilmente podrá considerarse estable incluso después de celebrados los comicios parlamentarios, previstos para otoño próximo, de modo que EE.UU. seguirá necesitando una infraestructura de transporte para poder trasladar las tropas hacia Afganistán.

La segunda causa tiene que ver con la intención de afianzarse en el Asia Central a expensas de Rusia, que tradicionalmente la incluye en su zona de influencia, y China, la cual también persigue un interés propio en esta región.

De aquí, la gira centroasiática de Rumsfeld cuyo objetivo ha sido asegurar en Kirguizia y, a ser posible, en Uzbekistán la posición de EE.UU., debilitada después de que el Grupo de Shanghai sugiriera a Washington definir hasta cuándo planea mantener en la zona sus bases militares. El secretario de Defensa norteamericano ha cumplido la tarea mínima: la base aérea de EE.UU. en Kirguizia podrá mantenerse en el futuro.

En cuanto al segundo objetivo, resultaba extremadamente difícil conseguirlo porque Washington quería preservar la base en Uzbekistán y a un mismo tiempo continuar la política de presiones sobre el régimen de Islam Karimov, para forzar la democratización. Esta última circunstancia contribuyó a que el presidente uzbeco exigiera desmantelar la base en un plazo inesperadamente breve. Se supone ahora que EE.UU. deberá apostar principalmente por la base aérea en Kirguizia, lo cual implica algunas incomodidades porque los aviones con destino a Afganistán se verán obligados a reabastecerse en el aire.

Por consiguiente, no se descarta la posibilidad de que Washington busque alguna manera de instalar en el espacio postsoviético una base más, por ejemplo, en Azerbaiyán, donde su presencia estaría motivada por las garantías de seguridad necesarias para el oleoducto BTC, Bakú-Tbilisi-Ceyhan.

Rusia, a su vez, procura desarrollar una línea propia en el Gran Juego. No quiere pelear abiertamente con EE.UU. expulsando las bases americanas desde el Asia Central, pues en tal caso la acusarían de torpedear la coalición antiterrorista. El objetivo de Rusia es limitar la permanencia de los militares estadounidenses en esta zona con el «mandato afgano», o sea, prevenir que la presencia militar de Washington en el Asia Central sea perpetuada.

Es evidente que semejante postura está a tono con el planteamiento hecho durante la reciente cumbre del Grupo de Shanghai en Astana. El mantenimiento de la base norteamericana en Kirguizia, siempre y cuando esté vinculado a la evolución de los acontecimientos en Afganistán, no se contradice en principio con los intereses de Rusia a largo plazo y encuadra perfectamente en dicha estrategia.

Otro componente de la actuación rusa en el Gran Juego es la preservación de su propia presencia militar en la región, a saber, en Kirguizia y en Tayikistán.

La retirada de la base norteamericana exigida por Uzbekistán es una noticia sensacional y demuestra que Tashkent se está guiando por intereses propios aunque acentúa cada vez más su orientación hacia Rusia.

Semejante decisión de Tashkent resulta muy conveniente para Moscú, la cual no se responsabiliza por las acciones de Islam Karimov y, hasta donde conocemos, no le ha empujado ahora hacia un paso tan drástico. Para el mandatario uzbeco es muy importante demostrarle a Rusia, así como a China, que ha quemado los puentes en la relación con Washington.

Es una especie de «regalo geopolítico» a cambio del apoyo manifestado por los respectivos países a raíz de la crisis de Andizhan. La postura de Tashkent no se ha visto influida por cierta moderación de las críticas norteamericanas contra Karimov en vísperas de la visita de Rumsfeld. El líder uzbeco entiende perfectamente que EE.UU. seguirá insistiendo en la democratización forzosa de su régimen.

El patrocinio estadounidense en relación con los refugiados uzbecos, quienes pudieron desplazarse de Kirguizia a Rumania gracias a la asistencia de Washington, no ha sido para Tashkent más que otro factor irritante porque la decisión de principios ya estaba tomada.

En cuanto a los intereses de otras naciones, cabría mencionar que el nuevo Gobierno kirguiz quisiera estructurar un sistema de relaciones equilibradas tanto con Moscú como con Washington, la cual pretende otorgarle a Bishkek un crédito con interés cero por importe de US$200 millones, equivalente a un 60% de los ingresos públicos de Kirguizia, en realidad, a cambio de la preservación de la base aérea.

Tayikistán, por lo general, está orientada hacia Rusia. China aspira a reforzar su influencia en Kirguizia, sin grandes éxitos hasta la fecha. «El eventual estacionamiento de una base militar china en el territorio de Kirguizia se ha debatido a un nivel muy alto pero nuestra postura a este respecto es inequívoca: no pensamos transformar Kirguizia en un polígono político militar» - sostiene el vicepresidente en funciones del Gobierno kirguiz Adakhan Madumarov.

También es verdad que Moscú y Pekín no tienen a día de hoy discrepancias sustanciales en lo que concierne al enfoque de los problemas regionales.

De esta manera, el Gran Juego Centroasiático se va desarrollando sin ventajas evidentes para alguno de sus protagonistas y, básicamente, bajo la alfombra: parece un concurso a puerta cerrada, de modo que los resultados salen a flor de piel sólo de vez en cuando.

Todo indica que la rivalidad entre diversos jugadores se irá acentuando a futuro. Es poco probable que China renuncie a la idea de consagrar su presencia política y militar en esta zona.

También es difícil que Estados Unidos acepte retirarse así no más de Kirguizia incluso después de lograda la pacificación total de Afganistán.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

Ria Novosti 2 de agosto 2005