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En la página digital del Miami Herald (edición en inglés) aún permanece entre los News Columnists el nombre de Jim DeFede y una sinopsis de sus más recientes trabajos periodísticos, aunque la pasada semana la dirección de esa publicación anunció abruptamente su despido.

La expulsión de ese periodista, nacido en Brooklyn, se produjo luego del suicidio del afroamericano Arthur E. Teele en el vestíbulo del Miami Herald.

Según las informaciones públicas, DeFebe había conversado telefónicamente con Teele días antes y la había registrado en su máquina de grabar sin el consentimiento de éste. Teele estaba acusado por la policía de cargos por corrupción cuando era comisionado de Miami. El propio DeFede reconoció ante la dirección del periódico haber cometido un error, pero ello fue considerado una violación de la ética y determinó la decisión de su expulsión del Miami Herald.

Un análisis elemental nos lleva a pensar que las razones del despido del periodista DeFede no están tan relacionadas con el caso Teele, sino más bien con algunos trabajos de este columnista en los dos últimos meses que se apartaban de la línea editorial del Miami Herald y de sus históricos y escandalosos compromisos con la mafia terrorista anticubana de Miami.

Veamos los tozudos hechos. A principios de junio, DeFede estuvo en La Habana para reportar el Encuentro Mundial contra el Terrorismo, por la Verdad y la Justicia que reunió a centenares de personalidades de decenas de países.

Publicó entonces en The Miami Herald varias columnas sobre ese encuentro y Cuba, entre ellas las que tituló “Next in the Posada saga: a mob twist?” y “The cry in Havana: Posada is murderer” y una entrevista con el guatemalteco Raúl Ernesto Cruz, preso en Cuba, quien cumpliendo órdenes y pagado por Posada Carriles colocó bombas que estallaron en distintos hoteles de La Habana, una de las cuales causó la muerte de un turista italiano. Ni la presencia de DeFede en La Habana ni el contenido de esos reportajes fueron recibidos con agrado por las fuerzas que en Miami dieron refugio y han protegido al terrorista Luis Posada Carriles.

Insatisfacción y disgustos igualmente debieron causar entre poderosas fuerzas políticas de Miami que ejecutan y respaldan la política de terror, amenazas y hostilidad hacia Cuba de la administración Bush, las columnas noticiosas de DeFede sobre el caso del sargento del ejército norteamericano Carlos Lazo, condecorado por sus servicios en Iraq, pero al cual no se le permitió viajar a Cuba para ver a sus hijos. Estos trabajos se publicaron en The Miami Herald los días 6 de junio y 3 de julio bajo los titulares “Combat veteran fighting ¨crue¨ travel policy” y “Vet can’t see this kids”.

Ahora bien, DeFede traspasó los límites permitidos por los que se ufanan de ser campeones en la defensa de la libertad de expresión, cuando tras ocurrir el atentado terrorista de Londres comentó unas declaraciones de la congresista Ileana Ros-Lehtinen sobre ese hecho. En su columna del 7 de julio, bajo el título “Terror is terror, whether it’s London or Cuba” (El terrorismo es terrorismo en Londres o en Cuba), y vale la pena reproducirla íntegramente, escribió:

Aún se sacaban cuerpos entre los escombros el jueves cuando la congresista estadounidense (Republicana) Ileana Ros-Lehtinen hizo pública una declaración condenando lo que ella llamó “brutal atentado terrorista en Londres”. “Atacar a personas inocentes es algo insidioso y muestra una total falta de respeto de los terroristas por la Humanidad”, declaró la republicana de Miami. “Los que cometieron esta cruel acción deben saber que nuestra determinación de neutralizar el terrorismo se mantiene firme y que no cederemos ante tales perfidias.

Pero, ¿dónde estaba la indignación de la congresista cuando salió en defensa de Luis Posada Carriles, un hombre que se jactó de haber organizado una serie de atentados con bombas contra hoteles en La Habana que provocaron la muerte de un turista italiano, un hombre acusado de haber volado un avión civil cubano en pleno vuelo?

¿Dónde estaba su deseo de “neutralizar el terrorismo” cuando ella intercedía hace dos años ante la Presidenta de Panamá para que liberara a Pedro Remón, Guillermo Novo y Gaspar Jiménez?

Esos hombres, junto a Posada, fueron condenados en Panamá por poner el peligro la seguridad pública, un cargo derivado de una supuesta conspiración para volar un centro aniversario que Fidel Castro debía visitar. Ros-Lehtinen, junto a los también congresistas Lincoln y Mario Díaz-Balart, tranquilamente le escribió a la presidenta panameña Mireya Moscoso pidiéndole que perdonara a los cuatro hombres.

Y una de sus últimas decisiones como Presidenta fue justamente esa. Ros-Lehtinen y los Díaz-Balart defendieron la carta que el Herald recientemente sacó a la luz pública, diciendo que los cuatro hombres estaban siendo retenidos en Panamá “bajo circunstancias legales y de procedimiento”, que eran cuestionables.

Ros-Lehtinen está actualmente compitiendo para ser la próxima presidenta del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes, que la convertiría en una de las voces líderes en el Congreso en materia de política internacional y la lucha mundial contra el terrorismo.

Pero, ¿qué autoridad moral puede ella llevar a tal puesto cuando ayuda a individuos que son considerados terroristas? Por ejemplo, Remón se declaró culpable en 1986 por tratar de volar la Misión Cubana en Nueva York. Novo, miembro del violento grupo anticastrista Omega 7, fue declarado culpable en 1976 por el asesinato del diplomático chileno Orlando Letelier.

El veredicto fue más tarde anulado en apelación. Jiménez y otro hombre cumplieron 6 años de cárcel después de secuestrar a un diplomático cubano en México y matar a su guardaespaldas. También lo acusaron por haber plantado una bomba en el auto del comentarista de radio Emilio Milián, quien perdió ambas piernas en la explosión.

Otro fiscal estadounidense anuló la acusación alegando problemas con un testigo.

Y, finalmente, está Posada. ¿Qué diferencia hay entre poner bombas en restaurantes y hoteles en La Habana y hacerlo en trenes y autobuses en Londres. Posada -quien niega haber volado el avión cubano-se jactó de haber organizado los atentados con bomba en los hoteles de La Habana. Cuando ese alarde le causó problemas a los que lo apoyan en Miami, se retractó. Hoy, él no habla de esos atentados...

Yo quería hablar con Ros-Lehtninen. El viernes en la mañana llamé a su secretario de prensa y le expliqué sobre lo que estaba trabajando. Me dijo que me llamaría de vuelta, pero no escuché más de él o de la congresista a pesar de que hice otras llamadas.

Los esfuerzos de Ros-Lehtinen a nombre de estos cuatro hombres no deberían haber sorprendido a nadie. La primera vez que se postuló para el Congreso ella ayudó a otro militante cubano, Orlando Bosch, y eso la ayudó a ser elegida.

Pero lo que hace ganar elecciones en algunas partes de Miami probablemente parecerá hipocresías en otro lugar. O se cree que el terrorismo es algo brutal o no. O cree que los que cometen tales actos no respetan la humanidad o no.

La nobleza de una causa no puede ser una justificación para el terrorismo pues todos los terroristas creen que lo que hacen es lo correcto.

Es, por eso, que la única forma de luchar contra el terrorismo es condenándolo en todas sus formas y no sólo cuando es políticamente conveniente.

Se trata, sin duda, de un documento que denuncia con fuerza la hipocresía de Ros-Lehtinen y del resto de la mafia terrorista anticubana de Miami. Y no hay que ser ningún experto o profundo conocedor para sospechar y llegar a la conclusión de que la decisión del despido del periodista DeFede no es ajena a estos escritos suyos.

Desde hace mucho tiempo La Florida es un estado en que se hace lo que ordenan la mafia y los amiguitos de la familia Bush, que tienen un control total sobre la prensa, la policía, los jueces, los fiscales y otras autoridades e instituciones. No es secreto que toda opinión discrepante o actitud que vaya contra las posiciones políticas o ideológicas de la mafia son, tarde o temprano, amordazadas, amenazadas, perseguidas o castigadas. Desde hace semanas, a DeFede lo estaban vigilando y cazando para pasarle la cuenta por lo que estaba escribiendo en relación con Cuba. Las verdades que estaba deslizando están prohibidas en Miami.

Esperaron que cometiese un desliz o un error, como ese de haberle grabado a Arthur E. Teele sin conocimiento de éste, para responsabilizarlo de haber violado la ética. ¿Alguien puede creer en la ética del Miami Herald? Si alguna ética periodística no violó Jim DeFede fue escribir, de forma profesional, algunas verdades sobre la lucha contra el terrorismo y los terroristas, y no manipularlas o silenciarlas como es costumbre en las páginas de ese diario y más aún en El Nuevo Herald, en español.

Física o biológicamente hablando la figura de DeFede es de una excesiva corpulencia, pero lo que ha escrito, en un escenario tan intolerante como en La Florida, lo es mucho más.

La decisión de la dirección del Miami Herald está siendo cuestionada dentro del mundo periodístico estadounidense. Está circulando por las redes de Internet una carta, que hasta el primero de agosto tenía la firma de 356 periodistas de importantes medios de la Unión, en la cual se solidarizan con el periodista despedido, y se exige su retorno al staff del Miami Herald.

En tal documento se considera cuestionable el cargo de violación ética que se ha esgrimido contra DeFede. En tal carta pública, se hace alusión a que trabajos hechos por DeFebe en el pasado causaron disgusto a poderosas figuras de Miami y, al mismo tiempo, a sus empleadores, lo que puede haber contribuido a su precipitado despido.

En fin, el caso DeFede está sólo en sus inicios. Estamos en presencia de una verdadera bomba de tiempo. Esperemos, pues.