El estreno mundial del filme de Steven Spielberg «La guerra de los mundos» de hecho ha coincidido con los atentados en Londres. En esa extraña coincidencia se puede percibir ciertos signos del destino mundial. Herbert Wells escribió su novela en 1898.

Era la época en que todo el mundo estaba enamorado de los nuevos descubrimientos técnicos. El teléfono, la radio, los primeros automóviles y aeroplanos, todo le infundía a la Humanidad la fe en el progreso científico. Los inventores y aviadores se convertían en ídolos. La gente creía en que el progreso técnico traería la felicidad general.

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Pero más tarde se averiguó que se trataba de un trampa tendida por el autoengaño general, de una ilusión de que la historia fuese sinónimo del progreso, lo cual no dejó de alegrar a millones de personas sensatas. Impulsó la creación de la novela la sensación científica del año 1877: el astrónomo italiano Schiaparelli, al descubrir en el Marte unas líneas geométricas, anunció que eran canales cavados por los marcianos para luchar contra la sequía.

La novedad fue acogida con mucho entusiasmo: el Hombre ya no estaba solo en el Universo. Pronto nos daremos un apretón de manos. Nadie dudaba de que los marcianos y los terrícolas se parecían como dos gotas de agua. Se creía que en todo el Universo se repetían formas que se desarrollaron en la Tierra y que un ser razonable debía tener los brazos, las piernas, la cabeza y los ojos.

Herbert Wells fue el primero en dudar del alegre cuadro del progreso histórico que se esbozaba. ¿Y si los logros técnicos se ven en manos de unas fuerzas del mal? ¿Y si los marcianos no son unos bonachones y no se parecen en nada a nosotros?

Esos recelos engendraron una novela llena de horrores de cómo los marcianos se apoderan de la buena Inglaterra vieja. Al caminar sobre unos trípodes parecidos a unas torres e intercambiar unos vocablos que suenan como «ulla, ulla», los monstruos dotados de tentáculos liquidaban con unos rayos que emitían la fe en el futuro.

La novela de Wells fue la primera antiutopía que se hizo realidad ya al cabo de 16 años, el escritor pudo ver con sus propios ojos la realización de sus ficciones: muchedumbres de refugiados, caos en los caminos de Europa, gases tóxicos, los primeros carros blindados, bombardeos a ciudades y otra pesadilla hecha realidad.

Un paso igualmente brusco de la euforia a la realidad Inglaterra lo dio también hace unos días, el 7 de julio. Parecía que al buen país insular no lo afectan los males que achacan al resto del mundo. Afuera los terroristas colocan bombas en el metro, pero aquí reina paz entre las culturas. Y no es nada que en Londres haya 300 mezquitas y alfombras puestas en calles, en las que rezan a cielo abierto miles de musulmanes, y se pueda ver a millares de muchachas que viajan en metro y autobuses con “hijab” puesto.

Quizás hoy día los británicos ya lo enfoquen de distinto modo: el Marte «musulmán» ha demostrado que no se ha logrado domesticarlo. Unos jóvenes que crecieron dentro de la mentalidad inglesa y son ciudadanos de Inglaterra, según su cédula de identidad, han decidido morir en aras de mostrarse solidarios con sus correligionarios continentales. Los gritos marcianos «ulla, ulla», con una sola letra añadida, resuenan desde hace mucho ya sobre Londres en horas matutinas, cuando el molá llama a los fieles a elevar su oración a Alá.

Los ingleses necesitarán tiempo para darse cuenta del cambio operado en su mentalidad. Una metamorfosis análoga - del enternecimiento hacia la furia - la experimentó también un estadounidense: el director cinematográfico Steven Spielberg. Antes de crear su actual blockbuster «La guerra de los mundos», él rodó dos cintas de los alienígenas: «Los contactos de primer grado» y «El Extraterrestre», que eran unos cuentos de hadas sobre el humanitarismo de los contactos espaciales y sugerían que el Espacio no entraña ningún peligro.

Qué simpático e indefenso era su Extraterrestre, parecido a Cheburashka, popular personaje de los dibujos animados rusos.

El propio Spielberg se llamaba embajador de buena voluntad en los contactos con las civilizaciones extraterrestres. Pero de repente el cineasta declaró: estoy harto de crear cintas así, desde hace mucho he soñado con rodar un filme sobre una incursión, pues mi juventud se desarrolló en un ambiente de temores ante una guerra nuclear que podía estallar entre las superpotencias. E hizo una película sobre la incursión de los despiadados marcianos. Resulta que sus creaciones anteriores ya no son sino una ilusión desechada.

Esta es una prueba elocuente de que todos nosotros, abierta o subrepticiamente, hemos vuelto otros. Después del 11 de septiembre en Nueva York, la tragedia de Beslán y el 7 de julio en Londres, para muchos ha llegado la hora para declarar que la guerra de los mundos ya se está librando. Se debe reconocer honestamente esa realidad.

Pero ¿habrá mucha novedad en ello? Durante un largo tiempo, el papel de horribles y repugnantes marcianos lo jugábamos nosotros, los rusos. Éramos encarnación de todos los pecados capitales. Por ejemplo, en el filme «Armagedón», un astronauta ruso medio tomado anda por la estación espacial con gorro ruso puesto, peligrando al mundo entero.

Era un típico embuste propagandístico. Hoy día, a los rusos ya no nos perciben como a enemigos del planeta. Pero ello alegra poco. Ya se ha hallado un nuevo enemigo. Para los cristianos, es un marciano que está en lo alto de la mezquita y con un «ullah, ullah» exhorta a librar la guerra santa, o el «yihad». Pero para los musulmanes es ese «mil millones blanco» que se enriquece, contemplando con indiferencia los sufrimientos que pasa el Oriente pobre.

La receta de la solución del problema es sencilla. Hace falta corregir a la otra parte. Por ejemplo, izar sobre Big Ben la bandera de Alá. O al contrario, incorporar a Iraq a la red de «McDonalds».

Es una nueva trampa emocional en que ha caído la Humanidad: sólo después de vencer a la otra parte nos encaminaremos hacia la prosperidad general, se cree.

Deplorablemente, se trata de una nueva utopía. ¿Dónde está la salida? ¿Quizás esté en las ideas del gran hindú Ramakrisna, quien al amanecer elevaba una oración a Ala, de día adoraba a Jesucristo, al atardecer a Buda y de noche a la diosa Kali? Dios es uno, sólo tiene nombres distintos, decía él.

Es probable que tengamos que recorrer un largo camino para renunciar a los diversos nombres del Todopoderoso.

Cuando en 1988 la sonda espacial Pionero se acercó al Marte y los terrícolas vimos a través de sus cámaras el semblante auténtico del Marte, nos estremecimos: el planeta apareció atravesado por una hendidura gigante, de varios kilómetros de profundidad, sobre su desértica superficie se destacaban negruzcos cauces de ríos secados, los que hace un centenar de años tomamos, jubilosos, por canales.

En el Marte no había ni un marciano. El Marte muerto nos sugería en silencio: la Humanidad tendrá que combatir sólo contra ella misma.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

Ria Novosti 18 julio 2005