Tras las revoluciones rosa de Georgia y naranja de Ucrania, la «revolución de los tulipanes» en Kirguizistán materializa las aspiraciones democráticas de las ex provincias de la Unión Soviética, abriendo una nueva esperanza para el pueblo kirguizio y sus vecinos. Sin embargo, lo que presenciamos no tiene nada de espontáneo, es fruto de una larga preparación a propósito de la cual podemos todavía hoy preguntarnos si refleja fielmente esa voluntad popular que le atribuimos.

Desde los anos 90, se creó un gran número de ONG financiadas por la ONU o el Banco Mundial con miras a promover cierto modelo de sociedad. No existía entonces en Kirguizistán ninguna ONG local en el sentido en que lo entendemos. Desde su llegada, la ayuda internacional se articulará sin embargo en torno a dos ejes principales: la promoción de un marco legislativo y social favorable a la creación de ONG locales, y la ayuda financiera y técnica que se ofrece a sus miembros. Su objetivo era crear una sociedad civil fuerte que pudiera servir de contrapoder al Estado. Ello tuvo lugar mientras que los ciudadanos Kirguizistán, como los de Georgia o de Ucrania, pasaban bruscamente de su condición de ciudadanos de la segunda potencia mundial a la de habitantes de un país en vías desarrollo a los cuales había que dar consejos después de una independencia por la cual no habían luchado. Esos «consejos» se basaban en la percepción de la mayoría de los sovietólogos norteamericanos durante la Guerra Fría: la destrucción de la sociedad civil era uno de los elementos centrales del totalitarismo soviético, caracterizado por su capacidad de limitar toda acción independiente, y esto en todas las esferas de actividades. La ayuda internacional se va a convertir entonces en un factor de cambio en ese aspecto.

Esa política se basa en dos premisas:
- La sociedad civil no es una construcción social de Occidente sino que sería en realidad un tipo de emanación «natural» de toda organización democrática, y por lo tanto, independiente de la cultura específica en la cual se fundamentará.
- La «sociedad civil» dependerá estrechamente del contexto cultural. No se trata, podríamos decir, de pretender imponer un modelo proveniente de Occidente, sino más bien de hacer que resurja la especificidad cultural contra la uniformidad del modelo soviético. En otras palabras, la sovietización del país se habría logrado por la imposición de un modelo único, mientras que el aporte de la «sociedad civil» sería justamente lo contrario.

La promoción de las ONG locales en la sociedad kirguizia no sería pues una imposición traída del exterior. Esa sutil diferencia permite legitimar las políticas de asistencia pero quizás permite también, sobre todo, achacar la responsabilidad de los fracasos, retrasos y resistencias a la persistencia de arcaísmos directamente surgidos del modelo soviético. Según esta óptica, la creación de ONG locales dispuestas a derrocar un poder centralizado por una revolución correspondería, por consiguiente, a la victoria de la democracia gracias a la palanca de la cultura, mientras que la menor resistencia a ese movimiento estaría dejando de lado a la cultura y correspondería solamente a la uniformización social predemocrática.

Para Estados Unidos, la victoria sobre la URSS no es suficiente. Se necesita la conversión total al punto de vista del vencedor para evitar que el poder estatal tienda a retornar al modelo de gobierno heredado de la época soviética, precisamente lo que se esbozaba en Kirguizistán en estos últimos años.

Se trata, por ende, para las organizaciones internacionales, de contrarrestar esa posibilidad favoreciendo el surgimiento de ONG locales, contrapoder ante el Estado y garantías de la victoria de cierto modelo económico liberal. Fue eso lo se hizo con la «revolución de los tulipanes».

Fuente
Libération (Francia)
Libération ha seguido un largo camino desde su creación en torno del filósofo Jean-Paul Sartre hasta su adquisición por el financiero Edouard de Rothschild. Difusión: 150,000 ejemplares.

«ONG à l’aide du Kirghizistan», por Laëtitia Atlani-Duault, Libération, 31 de marzo de 2005.