Aunque el quinto mandamiento de la religión cristiana ordena no matar, hace pocos días el influyente predicador Pat Robertson, excandidato a la presidencia de Estados Unidos, incitó al asesinato del mandatario venezolano Hugo Chávez, quien es hoy en día uno de los principales blancos del odio de un imperialismo cada vez más sangriento y voraz.

La exhortación de Robertson, que ha escandalizado a la opinión pública internacional, no puede considerarse inocua dadas las constantes agresiones en Venezuela de las fuerzas derechistas, patrocinadas por Estados Unidos, que han incluido desde diversos intentos para derrocar a Chávez, hasta hechos sangrientos, como el asesinato, en noviembre del año pasado, del joven fiscal Danilo Anderson, que estaba a cargo de las investigaciones contra los golpistas que en 2002 quisieron deponer al presidente Chávez.

En esa ocasión, el ministro de venezolano de Comunicación e Información, Andrés Izarra, afirmó que “Desde la Florida hay grupos que operan y que explícitamente dicen que van a llevar a cabo ataques terroristas en contra de Venezuela’’, y puntualizó “nos preocupa que los llamados de esos grupos no tengan ningún tipo de respuesta de parte de un gobierno [Estados Unidos] que supuestamente encabeza una cruzada contra el terrorismo en todo el mundo’’.

Ahora, dirigiéndose a millones de televidentes, Robertson incita al terrorismo en beneficio de los intereses económicos y geopolíticos que se oponen a la gestión del mandatario estigmatizado como “populista” por la derecha internacional.

Ante la indignación pública, incluso de algunos sectores evangélicos, Robertson se ha disculpado públicamente a la vez que el gobierno estadounidense se deslindó de sus declaraciones. Según Robertson, en lugar del asesinato, las fuerzas especiales estadounidenses podrían intentar el secuestro de Chávez, para así eliminar al mandatario a quien además acusa de querer derrocar al presidente Uribe, de Colombia.

Este último es uno de los tantos pretextos que contra Chávez suelen esgrimirse para ocultar la ambición estadounidense por los recursos petrolíferos de Venezuela así como su intransigencia en la imposición del cruel modelo neoliberal.

La falta de escrúpulos de la ultraderecha que pregona el derrocamiento o asesinato de personajes latinoamericanos contrarios a los proyectos de hegemonía estadounidense está ilustrada por la propia trayectoria de Robertson, quien ha amasado una inmensa fortuna mediante la manipulación del fanatismo religioso predominante en amplios sectores de la superpotencia norteamericana, a quienes les ofrece los “secretos de la prosperidad financiera”.

Aunque Robertson alega contra Chávez que es preciso “detener al dictador”, a lo largo de su vida ha encontrado amigos y aliados en personajes como Mobutu Sese Seko, ya fallecido, el sanguinario dictador de Zaire, conocido como “el gran leopardo”; Jorge Serrano Elías y Efraín Ríos Montt, quienes en la historia de Guatemala se destacaron por su fanatismo religioso y su implacable política represiva, así como el mayor Roberto D’Aubuisson, asesino y torturador, fundador de escuadrones de la muerte y del ultraderechista partido ARENA que gobierna ese país.

No todas esas relaciones de Robertson han obedecido a la simpatía personal e identificación ideológica con ellos, como sucedió en el caso de D’Aubuisson, a quien Robertson consideró un compañero “encantador”, sino también al interés común de amasar cuantiosas fortunas. En Zaire, Roberton aprovechó la oportunidad de asociarse con Mobutu para la explotación de minas de diamantes cuyo equipo fue trnasportado en aviones de la Operación Bendición, de Robertson, que supuestamente tenía un carácter no lucrativo. Tan cálida fue la amistad entre ambos personajes que Robertson llegó a viajar a Zaire en el avión de Mobutu, hizo un crucero en su yate y comió en la mansión presidencial. (“Pat’s Mass-Murdering Friends” en www.geocities.com/CapitolHil...).

Desde luego, el carácter convenenciero e hipócrita del credo de Robertson, mera pantalla del afán de lucro, se pone de manifiesto en la incongruencia que implica oponerse al aborto por considerarlo un “asesinato”, como sostienen él y sus compañeros de la derecha religiosa estadounidense, a la vez que pregona abiertamente el asesinato o la “eliminación” de quien puede atentar contra los intereses del imperio.