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A estas alturas, pese a la calma de agosto y la época vacacional, en el seno de expertos norteamericanos en materia de Rusia arden las pasiones, motivadas por el informe «El Ocaso de Putin y la Respuesta de Norteamérica» presentado por Anders Aslund, director de los programas rusos y extranjeros de la Fundación Carnegie.

Si este informe fuera presentado por un particular, se podría simplemente pasarlo por alto, ya que no resiste críticas y atestigua un precario nivel profesional del autor la mayoría de sus postulados, por ejemplo, los vaticinios respecto al derrocamiento inevitable de Putin por las fuerzas del KGB, o bien a resultas de una insurrección de las masas populares.

Sin embargo, el hecho de que el texto íntegro del informe fuera insertado en el sitio oficial de la prestigiosa Fundación Carnegie y que esa institución tiene su filial en Rusia, no permite a cuantos siguen atentamente el estado de las relaciones EE UU-Rusia aparentar que sólo es la opinión de cierto politólogo inadecuado.

Pero se trata de que el informe contiene toda una serie de recomendaciones -a mi modo de ver, sumamente controvertibles- a la Casa Blanca, y si, no lo quiera Dios, esas recomendaciones sean de agrado de algunos funcionarios de la Administración Bush, resultaría imposible evitar grandes problemas.

Propiamente dicho, los acalorados debates se libraron después de haber sido enviado el informe de Aslund a varios miles de suscriptores al «Johnson Russia List», una de las publicaciones Internet más respetadas por la comunidad de expertos. David Johnson, propietario de esa publicación, rogó a sus lectores comentarlo, y la aplastante mayoría de expertos sometieron el informe de Aslund a las críticas más acerbas.

A mi manera de ver, la parte más peligrosa del informe es la relativa a las recomendaciones a la Administración norteamericana, en las que el autor la invita, de hecho, a subsidiar una nueva revolución, esta vez en Rusia. He aquí varias citas tomadas del informe: «La ayuda norteamericana ha de ser destinada, ante todo, para asegurar el control de las elecciones, y, según demuestra la experiencia, el papel de observadores corresponde a las organizaciones no gubernamentales... Estados Unidos puede ayudar a organizar exit-polls independientes el día de la votación.

Las manifestaciones de protesta más eficaces en los países de la región transcurrían orquestadas por las organizaciones sociales estudiantiles: «Otpor» en Serbia, «Kmara» en Georgia, «Zubr» en Bielorrusia y «!Pora!» en Ucrania. Sus métodos son harto conocidos, y esta experiencia puede y debe hacerse extensiva a Rusia».

De esta manera, Aslund y, en realidad, la Fundación Carnegie llaman a la Casa Blanca a repetir en Rusia la experiencia ya ensayada con éxito de las revoluciones de color en Ucrania y Georgia. El líder de la revolución rusa, esta vez de «los abedules», ya está destinado; al parecer ese líder va a ser Mijaíl Kasiánov quien se encuentra hoy en el estado de prófugo o vacacional indefinido.

Es obvio que Aslund está prestando a Kasiánov un mal servicio que podrá alargar por mucho tiempo las vacaciones «extranjeras» del Yúschenko ruso. Pero esto no es lo principal. No sería tan grande el mal, si estas ideas proliferaran exclusivamente en los Centros ideológicos washingtonianos, a propósito, también apoyados, entre otros, por el dinero ruso de la Yukos.

Lamentablemente, a veces la influencia de esas ideas se percibe también en los pasillos de la Casa Blanca, lo que ya es un fenómeno muy peligroso, puesto que las consecuencias de la revolución de los abedules en Rusia serían catastróficas no sólo para Rusia, sino también para el resto del mundo. Es comprensible que teniendo en cuenta la desmoralización completa de los demócratas rusos que carecen del líder carismático, incluso en caso de que sus esperanzas ilusorias se hagan realidad, ni siquiera lograrán reunir el 10% de votos. Y, en resumidas cuentas, al poder llegará la gente que, quiera Dios, que el personal moscovita de la Fundación Carnegie tenga tiempo suficiente para hacer maletas.

Por cuanto yo he votado por Bush y me catalogo entre los del ala derecha del Partido Republicano, creo que tengo el derecho moral a decir a mis compañeros George Bush y Condoleezza Rice lo siguiente: Queridos George y Condy, comparto por completo sus sueños con divulgar la libertad y democracia a escala mundial.

Al mismo tiempo, hemos de comprender que será un proceso muy duradero, y Norteamerica, pese a todo su poderío, no podrá realizarlo en un breve período histórico en todos los países simultáneamente. Establezcamos el orden y las prioridades. En el mundo hay muchos países, en comparación con los cuales Rusia, a pesar de todos sus defectos, es el faro de la democracia. Por esta razón, quisiera pedirles hacer caso omiso de los consejos inoportunos y dejar en paz a Rusia. Primero vamos a arreglar nuestros problemas con Iraq, Afganistán, Irán y Corea del Norte.

Norteamérica no tiene muchos aliados seguros, y me parece bastante insensato imponer nuestros valores por fuerza a cuantos quisiéramos atraer a nuestro lado. ¿No sería conveniente, al menos, pedir opinión de los rusos y, tal vez, tendría sentido efectuar el sondeo sociológico en Rusia sobre el particular? Me parece que la aplastante mayoría de los ciudadanos de Rusia quisiera indudablemente vivir en un Estado libre y democrático. Pero estoy seguro de que ellos prefirieran construir tal Estado con sus propias fuerzas sin la injerencia desde fuera.

Actualmente, Norteamérica tendrá que resolver muchos problemas de política exterior. Tan sólo hace unos años, estos problemas se limitaban, en lo fundamental, a los países del «eje del mal». Sin embargo, ahora de año en año aumenta el número de problemas en la región euroasiática.

Pekin fortalece sus posiciones geopolíticas ansioso de elevar el estatuto de la Organización de Cooperación de Shanghai e incorporar a ésta a los partenaires tan importantes como la India, Pakistán e Irán. En cierto momento este poderío euroasiático colectivo podrá superar el poderío norteamericano, y de Rusia dependerá en muchos aspectos hacia dónde se incline la balanza, por lo menos, en esta parte del mundo.

Hoy Rusia, poseedora de colosales recursos energéticos bien protegidos por su escudo nuclear, tiene opciones. Ya no necesita más la ayuda norteamericana, ni siquiera sus inversiones. Además, Rusia está cansada de escuchar permanentes instrucciones y sermones de parte de Washington.

Por esta razón, teniendo en cuenta la presente situación geopolítica, Norteamérica ha de revisar su actitud y concentrarse en los esfuerzos tendientes a crear la alianza estratégica EE UU-Rusia. Por lo menos, cuidarse de echarla en brazos de China.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

Ria Novosti 23 agosto 2005