Nueva Orleans era una ciudad especial, la única que se podía acariciar. Encontraba tonto el cliché «recuerda a Francia», la ciudad tenía su propio aire de elegancia perdida. Pude apreciar la ternura de esa ciudad, tanto en la terraza de un café soleado como en un elegante restaurante criollo climatizado, donde el mozo con guantes blancos nos servía la deliciosa cocina cajún.
Debido a que una administración totalmente incompetente no fue capaz de construir diques eficaces y de proteger la población antes de la catástrofe, hay más de un millar de muertos en la ciudad desaparecida bajo los excrementos, el fango y las aguas albañales. Los Estados Unidos se consideran una superpotencia, tienen la potestad de atacar a Irak utilizando medios militares colosales sin que ese país lo haya amenazado. Día tras día derrochan 186 millones de dólares, es decir 5 600 millones mensuales por esa idiotez. Sin embargo, no hay suficientes barcos para salvar a la gente en Nueva Orleans. No existe suficiente agua potable. La situación sería risible si no fuera tan trágica. La señorita Rice debería prescindir por una vez de su bello traje blanco inmaculado.
¿Lo que deseo? Que el cortejo infinito de pobres que sólo tienen su camisa, las madres con sus hijos muertos en sus brazos, se ponga en marcha hasta las puertas de la Casa Blanca y que detengan al hombre con chaqueta de aviador y le notifiquen que debería pasar cuatro años en la devastada ciudad en lugar de jugar con sus perros en su rancho.

Fuente
Die Zeit (Alemania)

«Mein wütendes Klagelied», por Fritz J. Raddatz, Die Zeit, 2 de septiembre de 2005.