La Sexta Declaración es un balance general y repaso panorámico del camino que ese movimiento neozapatista ha recorrido en los últimos once años y medio, pero también y sobre todo, una clara invitación para girar completamente la página y asumir, desde ahora un camino radicalmente nuevo y diferente, que si bien no reniega de los pasos anteriores, ni renuncia a ese periplo recorrido en la última década, si lo trasciende y supera.

Entre la apuesta y el riesgo neo zapatista

De las múltiples lecturas posibles de esta Sexta Declaración, y también del balance de lo conquistado por el Movimiento neozapatista en sus once años y medio de vida pública, queremos rescatar aquí sólo lo que corresponde a tres de los ejes que consideramos principales de dichas conquistas.

Ejes que en su conjunto, permiten entender una buena parte de ese significado múltiple del neozapatismo en Chiapas, en México, en América Latina y en el mundo, pero también permiten descifrar parte de lo que, hacia el futuro, se está jugando en esta nueva propuesta promovida por este movimiento indígena originalmente chiapaneco.

El primer eje se refiere a la situación global, y al papel social específico, que tienen ahora los pueblos indígenas dentro de las distintas sociedades de todo el planeta. El segundo eje es el de la compleja relación, que ahora se encuentra en un profundo proceso de total reconfiguración, entre los movimientos sociales, los distintos niveles del poder del Estado, y el complejo universo de la llamada sociedad civil. Finalmente, el tercer eje es de la verdadera conformación, desde abajo y desde la izquierda, de las distintas formas de gestación del contrapoder popular, es decir espacios sociales genuinamente autónomos, emancipados ya de la lógica social dominante, que desde ahora se encaminan hacia la subversión total del capitalismo, hacia la generación progresiva y activa del cambio social total y radical.

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Un referente de nuevo tipo

El movimiento neozapatista es un movimiento de base social que incluye a decenas de miles y quizá hasta centenas de miles de indígenas chiapanecos. Para estos pueblos la situación actual es muy distinta a como era antes del primero de enero de 1994, pues su condición como indígenas, y además como indígenas rebeldes, no sólo se ha reconocido socialmente, sino que se han constituido en un claro poder local y regional, que no sólo puede “tomar” por ejemplo, la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, primero con las armas, y nueve años después de manera pacífica, sino que se hace presente en todo el Estado de Chiapas, también pacíficamente.

También es claro que este neozapatismo ha funcionado como un verdadero detonador de la nueva visibilidad, del nuevo protagonismo social activo de todos los movimientos indígenas de América Latina, movimientos que si bien existían antes de 1994, no poseían hasta entonces, ni la beligerancia, ni la radicalidad que han desarrollado en los últimos dos lustros.

Siendo entonces, una parte fundamental de esta familia de nuevos movimientos indígenas de toda América Latina, y habiendo sido quizá su precursor y detonador principal, el neozapatismo representa también uno de los destacamentos de vanguardia del actual conjunto de movimientos anticapitalistas a nivel mundial.

Ellos, además, han creado formas de contrapoder popular (“Caracoles” o Juntas de Buen Gobierno Zapatistas, junto a los Municipios Autónomos Revolucionarios Zapatistas). Caracoles zapatistas que además de ser verdaderos “territorios liberados” de la lógica capitalista dominante, son verdaderas escuelas y embriones de nueva sociedad, en donde desde ahora prosperan relaciones sociales de tipo fraternal y comunitario, pero también nuevas formas de educación, una nueva medicina, una forma distinta de asimilar y recuperar los desarrollos tecnológicos más avanzados, nuevos modos de entender y ejercer la política, un nuevo uso de los recursos naturales, y también nuevas maneras de la convivencia social en general.

A la vez que reanimaban a la izquierda mexicana, luego de la caída del Muro de Berlín y de la desilusión provocada por el inmenso fraude electoral de 1988, los neozapatistas se constituían en el faro simbólico y la brújula esencial de esa vasta izquierda social no afiliada a ningún partido, que a diferencia de la decadente izquierda política, no cree ya ni en elecciones ni en partidos, pero tampoco en votaciones o falsas “transiciones a la democracia”, apostando más bien su labor al fortalecimiento de los múltiples movimientos de protesta social: electricistas, petroleros, telefonistas, campesinos, deudores, movimientos urbanos, estudiantes, indígenas o grupos subalternos de todo tipo.

El sentido de la apuesta

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona trata, en lo fundamental, de extender a nivel de todo México las principales conquistas ya alcanzadas a nivel del Estado de Chiapas. Es decir, de convertir al movimiento indígena mexicano en un verdadero actor social reconocido, potente, permanente y capaz de transformar la situación de los indígenas, hasta cumplir la consigna de que “no exista nunca más, un México sin sus pueblos indios”.

Se trata de darle organicidad y permanencia al vasto descontento popular que prolifera en todos los rincones de México, y que hasta hoy sólo se ha manifestado de manera cíclica, esporádica e irregular. Fuerza social nacional, que convirtiéndose en un actor e interlocutor permanente y poderoso dentro del espectro político nacional, se encamine a crear en el futuro cercano esa situación de dualidad de poderes que hoy se vive ya en Ecuador o Bolivia, y hacia la que avanzan también Argentina o Brasil, entre otras naciones latinoamericanas.

La reciente iniciativa contenida en la Sexta Declaración propone explorar los caminos para ampliar y generalizar, a nivel de todo México, la experiencia de las Juntas de Buen Gobierno y los Municipios Autónomos Zapatistas.

Finalmente, el neozapatismo vuelve a recordarnos que el destino profundo de los movimientos anticapitalistas y de distintas iniciativas de rebelión de las clases subalternas, no se juega ya exclusivamente a nivel local, y ni siquiera a escala nacional. Por eso, los neozapatistas van a realizar un nuevo Encuentro Intergaláctico a finales de este mismo año de 2005, en donde sin duda tejerán los vínculos para un diálogo más orgánico, permanente, fluido y diverso tanto con otros movimientos indígenas de toda América Latina, como con todos los movimientos sociales de la actual rebeldía latinoamericana. Y como sucede siempre, la medida de la apuesta es también la medida de los riesgos que ella implica. De manera valiente y admirable, los neozapatistas están dispuestos a perder los enormes logros que hasta hoy han conquistado. Pero corren el riesgo con esta nueva iniciativa de perder un poder local-estatal incontestable y ver desaparecer a esos excepcionales embriones de la nueva sociedad que son las Juntas de Buen Gobierno. También pueden perder su condición de fuerza social y política nacional, lo mismo que su estatus como ejemplo práctico importante y como referente simbólico de todos los movimientos antisistémicos en América Latina y el mundo entero.

Pero, como un jugador inteligente, que sabe que se acerca el desenlace final de toda la partida, apuestan todo esto y al mejor número posible, al número trece. Pues este número era especial en las civilizaciones indígenas prehispánicas. El mes trece de cada año es lógicamente, el nuevo amanecer de un año que es ya diferente, y por lo tanto siempre nuevo.